Friday, March 20, 2009

¿Quién es quién, abuelo?

Antes éramos nosotros los que teníamos razón. Decíamos que fumar estaba mal y todos asentían, incluso los fumadores más orgullosos. Hoy ya no es así, hoy es todo lo contrario, hoy estoy solo: aquella tierna primera persona del plural sólo sirve para ejercitar mi nostalgia.

Se trató de un tiempo que yo no viví. Me lo contó mi abuelo. Fue obvio ¡claro! que el hábito del tabaco ¿es, era? nocivo para el cuerpo y el alma. Hasta tuvimos las leyes de nuestro lado. El Estado prohibía que se fumase en lugares públicos y el aire aún se podía respirar. Nuestro pecho se hinchaba de ideales y blancura. Fue un tiempo que yo no viví, claro, pero lo presiento en mis sueños despiertos: ¿no somos siempre cada uno de nosotros, acaso, una prolongación más o menos lograda del alma de nuestros grandes antepasados? Déjenme esa torpe ilusión. Un abuelo mío llenó mi niñez de sus viejas vivencias, libres del humo fatídico; mis padres ocuparon un tiempo histórico de transición y poco tuvieron para contarme; para mí, para los de la especie de mi abuelo, hoy todo ya está perdido.

¡La soledad turba mi buen criterio, abuelo! ¿Podrá un solitario tener la verdad y que todos los demás...? Lo único que hago es sentir mi propio malestar y de allí deduzco que mi anhelo de pulmones limpios está en lo cierto.

El viraje del tiempo fue lento pero seguro; hoy sólo respiramos sus últimas consecuencias. Un día, fumadores de toda cepa -ricos y pobres, cultos e incautos- se alzaron en bronca contra un gobierno que no supo a qué atenerse. Mi abuelo nunca pudo precisarme cuántos eran. "La plaza de llenó de chimeneas con sombrero" solía decir, con el mismo espanto de un chico que dice haber visto al cuco. Como solución o mecanismo de defensa, el gobierno fue lentamente aboliendo las leyes, los impuestos, los cartelitos en los bares. Para el tiempo en que nací, mi triste abuelo tuvo que presenciar cómo cualquiera fumaba en cualquier lado. Sólo él y unos pocos más aún mantenían la mirada pura y fija en alguna gran montaña. Más fácil era que la nicotina corriese por las infinitas venas de la ciudad y que todos fuesen ya como una gran bola espesa y olorosa.

Mi abuelo murió de tristeza y, bien mirado, tuvo suerte. Su espanto no tendría fin si presenciase que hoy la ley es al revés, que hoy el que no fuma no es, que hoy hasta en los subtes y los jardines maternales hay carteles que obligan a los hombres a fumar. ¿Habrá alguien allá afuera, ridículo, que aún resista? Uno acaba recluido en su casa, las ventanas cerradas, perdiendo todo contacto con los de su vieja y dorada especie. Defendimos la salud y la gracia de los músculos y la mente, creímos en la humanidad, pero ahora soy sólo un joven que escribe sobre el pasado. Para colmo, ellos también se declaran humanos y fuman. ¿Quién es quién, abuelo? En los museos o en esta casa la humanidad brilla por su ausencia. Y afuera, mal que nos pese, las toses y los gritos han ocupado todas las cátedras.

Monday, March 02, 2009

los payasos y las moscas

yo sé de pasillos burlones, sé de un espejo que ya no devuelve palabras, sé de un laberinto en cuyo centro te han puesto a tí, al payaso, sé de tirarme sin ropa al cemento de febrero y que sea común para todos, raro para nadie, nada para nadie. Y sobre todo sé de una fecha fría en que ni el cemento podrá salvarse: por eso es que ahora, yo, tengo mis sacudones, ya; ahora mis brazos hacia vos, mi risa urgente yo, ahora que nada pesa, ya,
qué gran pena si sólo me quedara pensando yo, ya, en la misma suerte, en aquel mismo espejo que comparten los payasos y las moscas.

Sunday, February 22, 2009

Al fin

A eso de los veinte ya tenés una buena edad como para saber que tenés que entrar ahi, al gran edificio de papeles y zapatos, de números y sellos, de piso con baldosas rojas y amarillas dispuestas en forma de tablero de damas. Es bien temprano, entrás, contigo se cuela una brisa mínima de mañana, una frescura que rápidamente es reducida por la sustancia inmóvil que allí hace las veces de aire. Oís que lloran dos o tres bebés. Un policía bonachón te advierte que hay que sacar número. Y que a esa hora, imposible sentarse, joven mozo. Por eso permanecés de pie; un papelito con tu número se aferra heroicamente a tu mano izquierda porque por nada del mundo querría perderte. Él es tu número aunque tú a la vez eres su joven. Tu número y vos irán juntos a partir de ahora, aunque en realidad no irán a ningún lado. El papelito aguardará que una voz sin cuerpo lo llame y que tu mano lo arrastre consigo. Al menos, eso es lo que te han dicho que sucederá. La espera, la voz, el mostrador. Allí - te han asegurado - será un breve intercambio de papeles, sobrarán las palabras. Luego al fin podrás irte por una puerta que quedará yendo para no sabés dónde - lógico, aún sos nuevo en la gran sala. Pero allí dentro te indicarán con precisión - te han tranquilizado.

De modo que será sólo un tramite: te lo respirás con filosofía. Así es como el tiempo y los números empiezan a pasar: pasa un rato, luego pasa otro, crecés, ciento ochenta y nueve, las rodillas empiezan a pesarte y dan su mejor chillido egoísta, de cuando en cuando caminás inquieto, aunque luego conjeturás que acabarás cansado y que es mejor estarse quieto; crecés más, ya no de cuerpo pero sí de ojos y de manos, doscientos veintidós, pero aún sos joven, de modo que es tu deber mantenerte erguido y vital: los lindos asientos que se van liberando apreciarán más otros traseros, los más arrugados, nunca el tuyo. No te lo mereces tú, hombre de gran genio, sería un desperdicio. Así es como te mantenés firme y heroico, sos todo un Aquiles de salón. El numerito yace húmedo en la palma de tu mano porque toda ella ha sudado un poco. Tu cuerpo de hombre ya maduro, también. Trescientos dos. Suspirás y hasta se te ocurre odiar aquel edificio, que es como una catedral pero sin dios. Sin embargo, luego te mantenés estático, como el aire de la gran sala, y no tarda tu piel en sentir frío por el viejo sudor que tu camisa porta. Tu vieja idea de sentarte se tranforma ya en obsesión: odiarías a cada uno de los sentados, si no hubieses comprobado que son todos una manga de pobres viejecillos. Y tú aún eres hombre, por eso aguantas y cargas con tu número. El mostrador no llega. Cuatrocientos cuarenta y cuatro. No parece cerquita. Sin embargo, para esa altura la misión ya está viciada y confusa: ¿a qué has venido? ¿es el mostrador o el asiento lo que en verdad deseás con más fuerzas? Te preguntás qué será eso del mostrador y para qué estará: concebís improbable la concreta existencia de algún algo que reemplace al sonido "mostrador". Lo que querés es un asiento, y considerás con buen tino que ya estás más grande, que ya bastante han soportado tus rodillas. Tu numerito no sabe cómo confesarte que hasta a él le gustaría sentarse. Cuatrocientos novent… Armado de canas y un ceño bien fruncido, mirás a un joven mozo que recién ha entrado al edificio y ya se ha sentado en el último asiento en ser desocupado. Un geniecillo, sin dudas. Pero de todos modos, un insolente. Y ni siquiera carga con su número, el muy pajarón. Lo mirás con odio y luego con ansia: él esquiva tu súplica, pero luego cae, al fin, en la de todos; ha ido a buscar su número, siéntese señor hágame el favor y disculpemé, quinientos cincuenta, oh gracias joven mozo; y al fin te sientas, eso sí, a dos o tres números de que te toque el tuyo, pero qué más da, el tiempo no ha sido en vano, has sido un buen soldado, al fin eres viejo, viejo tranquilo y perezoso, al fin eres viejo y puedes sentarte.

Tuesday, January 06, 2009

Lo que vale

Al fin de cuentas, ¿qué es lo que vale? Ser dos estrellas inmundas que repentinamente se ven y se reconocen formando una línea, eso es lo que vale; converger durante un delicado tiempo en una misma trayectoria de vientos y sueños y heridas y muerte. Si respetás las coordenadas de mi propio rumbo, podrás ser mi amigo; serás así, por una noche, o quizá varias, testigo de las mismas constelaciones que veo yo. Una vez que hayamos permanecido en esa misma sintonía, que hayamos accedido a una misma orientación y anhelo, será más fácil despedirte, ya no habrá más culpa en dejarte ir. Por momentos que ya ocuparán lugares fijos has sido parte esencial en mi respiración y en mis pasos extasiados, por eso es que no nos quedará ese sinsabor de aquellos que no han podido lograr conexión. No, nosotros no nos quedamos cada uno de su lado, fríos, blancos, mezquinos, temblorosos y resentidos: mordidas las uñas, mudos a falta de una voz que resuene más allá de lo hueco. Hemos sido buenos compañeros y por eso es que ahora aceptamos que las mareas necesariamente separen nuestros surcos indelegables. Hay una fatalidad mayor a nosotros mismos que lo vuelve todo ocasional y variable, pero no nos importa. Es que ahora hay una nueva canción que sólo ha existido cuando nuestras voces se han juntado. Hay una nueva huella que se ha hundido en arena fresca y que ya es como el oro del otoño para el alma de alguien que busca.

Incidentes

1) No pude hacer del viaje en micro algo especial porque durante una buena parte la pastilla contra el mareo me dejó planchado. Encima, desperté con ese gusto horrible en la boca que la siesta siempre deja. Al llegar, la ciudad estaba vacía, como era de esperar. Me pareció increíble que durante el año existieran esas calles, esos semáforos, esas vidrieras. Mientras es junio y uno se hace café, mira el noticiero o viaja en subte, todo aquello está y está, se manda un largo bostezo y calla. Que la pequeña ciudad duerme en invierno queda muy claro cuando uno no encuentra en ella una sola persiana abierta. Tampoco hay olor a comida hecha. Todo eso, que explota de ruido en el verano, todo eso estaba también ahora, aunque me hablaba con otro tono, como contándome una verdad inconfesable. ¿Sería eso lo más cierto, entonces, la ciudad vacía y mis ojos abarcándola de a poco?
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2) Me fui sintiendo más ligero mientras iba dejando las huellas en la arena. Y sabía que algún día ese viento fatal las borraría. Y quizá las huellas incluso no duraran más que el instante en que los pies se hundían en la arena antigua. Una vez la voz de un piano me señaló la existencia de campos sin explorar. Otra vez fue una florista borracha en el extremo de una calle. Yo busqué con todas las partes de mi cuerpo algún lugar en donde realizar mi obra. Y ningún signo, ningún color: sólo había el húmedo silencio creado por mí.
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3) Uno bien no sabe si lo que uno busca es por capricho, hambre seria o fatalidad. Lo cierto es que al fin sentí algún alivio al ver cómo, a esta edad, desembocaban mis años en esa perfecta burbuja de aire frío y doloroso. Todo se había encaminado para que yo diera aquellos profundos pasos por la arena hostil. Era inútil y ocioso pensar en cualquier otro escenario posible; así me lo aseguraba la contundencia del entorno. Todo eso no podía llegar a ser un logro, pero al menos era lo más justo; era un alivio que todo estuviese dispuesto de la manera en que estaba.
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4) Definitivamente, violé cada rincón secreto de la ciudad sin nombre; elegí no correr la suerte de un poste de luz o una vaca rumiante. Me rebelé ante cada vidriera muerta, ante cada letrero que me ponía cara de póker. Anduve suelto, pero también es cierto que añoré sonidos y voces ausentes. Sin embargo, concebí bastante en serio la idea de que todo no era más que un equilibrio de faltas y sobras, y que mis piernas trabajarían para que yo no me hundiese con éxito en esa pasta inestable. Porque esas voces en realidad habrían neutralizado la redonda y pequeña ciudad de tumbas agradables y ya no habría tal equilibrio, tal imparable ruido de olas que llegaba hasta la calle principal, hasta cada médano y hasta cada baño en que me metía.
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5) Hasta compré el diario y me divirtió que todos esos titulares vinieran de tan lejos y pareciesen tan irreales aquí, en este globo de aire impasible. Aire a veces en movimiento y sin ganas de que lo nombren con voz humana. Sin embargo, en el vacío hotel de enfrente y en el kiosco de mi cuadra había algo que ya empezaba a hacer juego con mis pasos grises y mi aliento a café instantáneo. Fui a caminar por los mismos lugares del sábado, es que a la mayoría los recordaba. Pasé por un puentecito y me divirtió la posibilidad de que ahí tuviese lugar un amor genial. Pero no era ésta una tierra de genios ni de grandes poetas. Sin embargo, ese puentecito sin amor estaba y estaba, firme y real. Y ese domingo sería yo quien lo pisara.
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6) Desde la terraza pude ver mejor que a la pequeña ciudad le daba igual que yo estuviese o no mirándola. Incluso parecía estorbarle porque llegaba hasta mí un viento que era un espanto. ¿Cómo seguir, cuando uno al fin ha comprendido que arrojarse desde una terraza no significa, para el mundo, más que un rápido y seco ruido sobre la vereda que está abajo? Me apoyé en la baranda y miré unos pájaros, mientras ponía especial atención en los ruidos. Una pala, luego un motor, luego otro motor, y del fondo venía la respiración de las olas. Cada elemento jugaba su propio duelo con el viento feroz: comprendí que nada de todo aquello podía servir a mis viejos propósitos. Nada era especialmente amargo o marrón, nada ocultaba ningún misterio. Desde allá arriba, la cantidad de terrazas se multiplicaban y a cualquiera podría yo haberme subido; sin embargo, era ésa la terraza que por algún claro designio iba a entrar en esta historia. A su vez, fue más fácil dejar que todo desfilara y se ordenara sólo, a su capricho. Fue natural que entonces todo acabara en una risa que se unió al resto de los pocos ruidos.

Tuesday, December 30, 2008

A pesar de, gracias a

Todo, pero todo,
la noche que dice soy única
la noche que hace como todas las demás,
el dolor, el baile,
el pelotón, la calma;
todo, pero todo, se irá.
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Todo, el olor a nuevo de los zapatos
la voz de Edith Piaf
los viajes que recién empiezan
las manos limpias y tibias de mamá;
el camino más borracho, el sofá más terso
las calles de San Telmo, de Roma, de Tilcara
el diccionario y los puentes colgantes
esta g de gancho que cuelga gratis gozá cuán gratis
tu nombre, el mío,
hasta la letra m que me mima, el equilátero y el número pi;
cada fresco y brillante tomate que agarra nuestra vieja palma de mano
cada vieja palma de mano;
hasta las sirenas, griego, que han volcado tu café,
o el amigo más seguro, tan largo y paciente como el incienzo;
todo
los días enanos y calcados,
pero también las promesas que pitucas pesan
y que jamás nunca nadie nada.
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Le llegará su gusano hasta al gusano que explore tu cráneo.
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Todo se irá, quedáos tranquilos vosotros los mezquinos:
las pequeñas mentirillas en que se hunde el hombre común,
pero también las grandes verdades que los héroes se forjan.
Aunque éstas, como la espuma y la respiración de las olas,
solas locas soplan,
juegan a que vienen llegando desde abajo,
desde siempre,
(gracias a nada, a pesar de todo
a pesar de nada, gracias a todo)
como si nada,
como si no hubiera nunca mayor meta que la de insistir.

Thursday, October 30, 2008

Estafa

A veces miro caras que parecen decir: "me estafaron, no era esto lo que me habían prometido". Son caras lánguidas que no parecen soportar la perversa movida del demonio que sabe vestirse de seda. Y en verdad, alguien que se siente estafado es alguien que ya no cree en Dios. No ve a nadie de su lado. Porque la estafa existe, y es ese abismo inmundo que de ahora en más esperará a la vuelta de cada esquina. Porque antes del naufragio, las vidrieras de la calle acogían la vista y de algún modo dictaban que había que ir de un acá para un allá. Las caras parpadeaban y eran felices sabiendo que cualquier precio podría llegar a estar, con algún esfuerzo, al alcance de la mano. El asunto es que ahora uno es colocado en un barrio de casonas viejas y calles limpias y desérticas, y por supuesto que el primer impulso consiste en caminar un poco. La noche aligera las piernas. Pero también es cierto que no se hace fácil la caminata cuando se ven todas las persianas bajas y el barrio ya no es aquella peatonal cuyas vidrieras se brindaban con toda su miel. Esas casonas mudas no quieren saber nada de invasores o clientes. Así es que las caras se paralizan, pero al día siguiente parecerían ya ni recordar aquella noche que las aplastó. Y sin embargo, nada vuelve a ser exactamente como antes. Ahora hay bronca, miedo, desesperación. La estafa sólo queda consumada, no cuando el maleante se sale con la suya, sino cuando la parte engañada se da cuenta que hubo una estafa. Y ocurre la siguiente paradoja: la mayoría de los estafados persiste en seguir con este juego macabro. La tontería es la más fácil y eficaz de las armas contra el miedo. Pero cuando uno sólo cree que cree, es porque ya no cree. ¡Cuántos amantes engañados hay, que fingen credulidad! Para ellos, la pequeña calle de comercios sigue siendo el único camino verosímil. Callejón luminoso y señalizado. Por lo demás, a veces noto ese fastidio y desdén que al final es la mayor sabiduría del hombre de callejón. Ayer, de noche, caíste en un barrio incierto cuyas únicas señales eran las persianas bajas. Y no supiste que ahí, y sólo ahí, yace un espacio negro y abierto, aquello que siempre está y que la estafa no pudo esconder.

Wednesday, September 03, 2008

gente rara

gente absurda y ocurrente, que se desliza y mea por encima de todas las cosas, gente marginal, a veces genial, fea, que nunca se compraría un auto ni buscaría saber lo que es el amor o la felicidad o la libertad, gente parca, loca, dejada, de orgullosa letrina, que hace notas sin pentagrama y del sarcasmo un estilo de vida, gente coherente a fuerza de no serlo, gente balbuceante, ni seria ni alegre, ni feliz ni infeliz, de un escepticismo ni siquiera meditado, gente libre y terrestre, que se hace su propia biblia, gente solitaria pero gregaria, social y antisocial, gente frívola de tanto no serlo, disfrazada con disfraces heterodoxos, gente de la nada, del vinito y la mandarina y la ginebra, gente con la que, en fin, si yo tuviera que tratar seguido, acabaría en la más espantosa de las soledades.

Thursday, August 21, 2008

martín buscador

está en su naturaleza, él es buscador, alguien que busca, alguien que busca y que no encuentra... y no puede ir contra ello. la vida se le ha planteado como mera búsqueda, vivir para él no es más que buscar: sólo le vendrá la muerte cuando la búsqueda termine: encontrar lo que busca, para él sería como morir, sería morir, porque en su naturaleza ya está desde siempre el buscar. y esto no es algo que él considere bueno o que se proponga como regla moral: él nunca busca la búsqueda sino que la búsqueda lo busca a él. si hay algo que no busca, eso es la búsqueda. (y esto no es mero juego de palabras; describe su drama). Y es así porque las cosas ocurren así y es tonto querer que sean de otra manera.

Sunday, August 17, 2008

Garabato

De golpe es molesto y fresco a la vez, es una necesidad joven de esparcirse y salpicar baldosas. Decirle que no al miedo, ese antiguo verdugo de los hombres; tal rebeldía nos redime. Es que sino: ¿qué otro uso darle a los músculos? No ha de ser aquél de siempre, que sólo circula por caminos gastados, ni este mismo, que apenas se afana en mover mi mano derecha. Es esa sed que no puede ser saciada, aunque sí ignorada. Ganas andantes de pintarse de ciudad o brisa mareada. ¡Ah!, en veces así, cuánto daríamos por hacernos un hábito de flecha.
...
Esas ganas de esparcirse se montan impunemente a las palabras y luego parecería que nos hacemos eternos, trazando y barnizando viejas cultas cumbres de belleza. / Y es verdad que un garabato más o menos logrado acaba por conformar a cualquier ojo humano/ Pero no, no se trata de eso. Todo eso descansa en un mármol tallado. La cosa es más bien molesta y se rehúsa a convivir con uno en paz, aunque también es callada y sabe esperar en silencio. Nunca es silencio, pero igual se parece a ese ruido de los grillos que, al no ser atendido, acaba por fundirse al silencio de la noche. Que se contenga o estalle, de uno no depende. / De uno, es decir, de ese granito de la piel que es nuestra voluntad conciente / Cuando se dice que llueve, no se dice que yo tú o él esté lloviendo: simplemente se dice que llueve.

Saturday, August 09, 2008

Trasbordo

Estoy yendo en un tren de Adrogué a Avellaneda, donde voy a empalmar con otro tren que me va a llevar a Quilmes. Estoy yendo en tren de Adrogué a Quilmes. Sin embargo, ahora estoy yendo a Avellaneda, es decir, hacia el norte: y Quilmes va quedando cada vez más lejos, al sudeste de mi ubicación. Estoy yendo a Quilmes pero me estoy alejando de Quilmes. ¿Me estoy alejando? En efecto, sí, afirmará algún riguroso amante de los hechos concretos. Pero si en verdad me estuviera alejando, no lo dudaría un instante y me bajaría del tren: y eso nunca se me ocurriría.
Esta ociosa paradoja arroja, por lo menos, dos cosas:
1) así pensada, la aporía no tiene solución (me estoy acercando y alejando de Quilmes, a la vez), a no ser que se especifiquen distintos sentidos en que uno puede acercarse o alejarse de algo, o que miremos mis dos primeras oraciones, nos pongamos aún más sutiles y descubramos, al menos, una salida lingüística: no es lo mismo decir "estoy yendo en tren" que "estoy yendo en un tren".
2) el único motivo que me llevó a querer contar una anécdota tan inútil: esta situación de aparente alejamiento, pero real (y querida) aproximación, suele suceder, en otros órdenes de cosas, más de lo que uno cree.

Tuesday, July 29, 2008

Compañero

Puedes andar solo y sin nada que ocupe tus maniobras. Así es que los días no marchan hacia adelante sino que se van deshojando uno por uno, despacito. Van formando, así, una copiosa hojarasca que los vuelve iguales y difusos. La ruta que siguen va del futuro impreciso al pasado impreciso.
Pero puedes también ir acompañado de un enemigo y que los días, que ahora pasarán a ser los tuyos, marchen en un sentido humano. Si tu enemigo te persigue y viene desde el sur, sabrás, con alivio, que tu meta es el norte. Pero correrás hacia el sur, la sangre galopante, si en cambio él está parado allí, esperándote. Bendice a tu enemigo, entonces: en todo caso, siempre sabrás adónde ir.

Saturday, June 14, 2008

Amar a cercanía

Escuché que "amar a distancia es una gran prueba de amor". En realidad, cualquiera puede amar a cualquiera desde la distancia. Porque siempre sucede en esos casos que, para lograr enamorarse, basta con amarla a ella, a la distancia. La gran prueba de amor consiste en amar estando cerca.

Tuesday, April 29, 2008

El desvío

Discurso de un hombre ya esclarecido:
En un determinado momento de sus vidas, cierta raza de hombres poco sensatos incurre en un desvío. Este desvío consiste en abandonar el ámbito de lo real para así remontarse, de manera abrupta, a un ámbito nuevo y seductor, el de lo ideal. No es este último, como habitualmente se cree, un ámbito contradictorio con el primero, sino que hay un exacto punto del espacio-tiempo en que lo real acaricia a lo ideal; a ambos les es esencial una precisa convergencia que se da en el momento mismo en que el nuevo ámbito se gesta. Sin embargo, la escisión fundamental ya ha sido operada desde ese principio. El hombre que la padece bien podrá localizarla en su pecho asfixiado, y no precisamente porque ande escaso de oxígeno.
La imaginación, en sí misma, no puede ser algo peligroso o fatal. Como sucede con la ciencia, lo que la vuelve poco confiable es el uso perverso que le suelen dar los hombres. Ahora podemos precisar la naturaleza del desvío: la raza de los hombres imaginativos llega a creer en la existencia autónoma de las imágenes que crea, o que, en el mejor de los casos, "se le aparecen", pero que en verdad sólo están en ese novedoso ámbito de lo ideal. El problema no está en el desvío en sí mismo - inevitable y heroico, quizá - sino en lo que con él se hace. Sucede que se abre un período de búsqueda desgarradora e inútil de eso que se imagina. El hombre imaginativo es - parafraseando a algún poeta - el hechicero perfecto, pues es aquel que logra hechizarse a sí mismo. En otras palabras: no es que lo ideal no exista. Pensar es, en algún sentido, lo mismo que ser: pero sólo en algún sentido. Y esta fina distinción es lo que el corazón de un hombre imaginativo nunca entenderá o aceptará, aunque su razón logre, ocasionalmente, susurrárselo. El hombre imaginativo disuelve las partes (lo real y lo ideal) en el todo, tomándolas por lo mismo. Es claro que el todo sólo existe y puede ser entendido en base a sus partes; no se trata de negar ni una ni la otra. Sin embargo, nuestro buen hombre busca dentro de una de las partes aquello que, por esencia, sólo puede pertenecer a la otra. Entre ellas dos no hay contradicción sino todo lo contrario: una vez nacido lo ideal, ambas partes co-existen y la totalidad sólo es y puede ser concebida si cada una ocupa su lugar específico y distinguible. Sin embargo, no por eso dejarán de ser opuestas.
(Si todo esto resulta muy abstracto, échese una mirada al siguiente argumento, lleno de dramatismo, ya menos meditado y quizá algo machista: lo ideal no es otra cosa que el hijo bastardo de la imaginación y la realidad, padres divorciados - o, mejor aún, casuales - que jamás querrán reconocer su respectiva paternidad. La primera, que es la madre, soslaya su cuota de culpa, que es toda, y que consiste en haber abierto las piernas sin reparar en el hecho de que el padre, de mejor sabiduría, sólo estaba dispuesto a brindar unos cuantos minutos de placer)

Friday, March 28, 2008

Identifíquese, Señor.

Un día cualquiera finalmente murió Juan Pérez. Ascendió a los cielos y fue al encuentro de Dios.
- Qué tal, tome asiento - lo recibió Dios, con tono burocrático -¿Quién es usted?
- Yo soy el señor Pérez, ¿y usted?
- Yo soy el Señor - dijo Dios.
Y así fue que a Pérez de repente le vino una iluminación. Calló, esperó que el barbudo de enfrente terminase la frase.
-...
Frente a la impavidez de su nuevo huésped, repitió Dios: "Ejemm, yo soy el Señor"
- Sí, macanudo, ¿pero el señor cuál?
- ¡¿Cómo que el señor cuál?! Yo soy "el" Señor.
-Ah. Igual yo preguntaba otra cosa. Gracias igual.
Visiblemente ofuscado, Dios no quiso responder, o tal vez no pudo. El señor Pérez se paró y se fue a buscar otro lugar donde poder caerse muerto. Entre tanto, este buen hombrecito había burlado una trampa que llevaba ya varios milenios cumpliéndose a la perfección.