La humanidad debe ser otra cosa
Hace un poco más de cien años, Nietzsche presentó la idea del superhombre. Sin embargo, su teoría fue mal interpretada, vinculándola con el nazismo o resignificada y absorbida por Hollywood asociándola a la idea de Super Man y su criptonita. Es que ya de por sí, "interpretación norteamericana" son dos términos contradictorios, diría mi profesor de filosofía.
En verdad, la idea de superhombre envuelve una cuestión menos banal: Nietzsche imagina un momento en que el ser humano irrumpirá en toda su potencialidad, desarrollando sus aptitudes al máximo, despojándose de sus miserias y mezquindades. El hombre (y no peco de machismo; en efecto, el hombre y no la mujer es quien más ha metido la pata, y a drede) ha configurado valores que se han instituido como verdades, modelando la subjetividad de las personas y limitando, explícitamente, la capacidad creadora que a todos nos es innata. Nietzsche no acaba su refutación de los valores universales en su diatriba al cristianismo, sino que supone que, una vez muerto Dios, si no rompemos esquemas y volvemos a empezar, nuevos dioses emergerán y se impondrán como modelos homogeneizadores, verbigracia el Estado (tal como luego sucedió con los regímenes totalitarios del siglo xx), o distintos fetiches (modas, fútbol, televisión) que asumiesen el rol de valores supremos e interpelativos.
Este somero - y por mucho superfluo - análisis del pensamiento del filósofo alemán sirve, sin embargo, como preludio para la siguiente hipótesis: hoy en día, la consigna es boludear. No creo aportar nada novedoso con este análisis; apenas aspiro a una débil aprehensión de la compleja realidad que nos compete.
De hecho, siempre se ha conjeturado sobre esta ostensible tendencia hacia el privilegio de las cosas intrascendentes. Platón lo describió metafóricamente en su Alegoría de la Caverna, un ámbito oscuro donde sus habitantes (los ciudadanos de la polis) sólo percibían las sombras y las apariencias de las cosas en sí, de aquello que era lo genuinamente Verdadero y que sólo podía percibirse con un giro total del alma. Más allá de la sideral distancia entre ambos filósofos (no sólo temporal: Nietzsche descree de la metafísica, quien tiene en Platón, creo yo, su máxima expresión), bien puede establecerse la siguiente analogía: hoy, como siempre, el ser humano ha vivido distraído.
A riesgos de sonar extremista, podría concluirse que nos cuesta asumir la vida terrenal (esta vida, la palpable, la que nos interesa), que se asemeja más a una sala de espera de dentista (mirando el techo o una revista cualquiera) que a un camino que nos desafía con su destino incierto aunque superador y aleccionante. Eduardo Galeano nos dice que la utopía es inalcanzable, que al acercarnos un par de pasos ella se aleja un tanto más, pero que en ese transitar nos enriquecemos y arribamos a una vida más plena.
Párrafo aparte para el cristianismo, movimiento que, de tinte revolucionario en sus orígenes, terminó negando el mundo inmanente, suponiendo nuestra existencia como apenas un parco tránsito hacia una tierra desinfectada de pecados originales. Se suele decir que el catolicismo ha entrado en decadencia, que la humanidad propende a sortear tal oscurantismo; mentira. Vos le podés preguntar a un adolescente si es católico y te va a decir que no. Pero va a condenar la infidelidad, la promiscuidad en la mujer y el aborto, y se va a mostrar pudoroso ante cualquier tabú sexual. El catolicismo, desde la hoja de parra en el Edén hasta el siglo XXI, continúa más vigente que nunca. Dios es invocado por todas partes: lo oímos de la boca de Bush y de los mismos terroristas islámicos. Dios es fundamento de guerras y criterios morales que corrompen y no liberan. Pareceríamos retroceder los posmodernos hacia un nuevo medioevo, ¡DIOS nos libre!
Si de la cotidianeidad se trata, es sábado a la noche y la noche está preciosa y apacible, pero la humanidad se esconde en boliches bulliciosos donde la comunicación es nula. El alcohol abunda y las neuronas se abstienen de ser. Otras drogas, no legalizadas aunque legitimadas, también cumplen su rol estupidizante. Y la "música", con el perdón de Ludwig Van, es esa vacua prosecución de ruiditos metálicos que vacía espíritus y organiza estupendas coreografías que restringen cualquier modo de moverse que no sea el de aletear sincrónicamente las brazos o bambolear las cabezas como si fueras un péndulo contento. Pero ahí afuera, impasibles, los bancos de las plazas nos esperan, ávidos de escucharnos soñar y pensar realidades distintas. Ser jóvenes y no aspirar a cierta rebeldía, es servir precozmente a un sistema que encubre una máquina de hacer mentes estrechas y, en misma proporción, panzas obesas y famélicas; iguales dosis de colesterol mcdonaldístico e incertidumbre de no saber si mañana vas a comer algo.
¿Cómo se explica, entonces, tal miopía, tal deliberada tendencia al boludeo? Una posibilidad es la del atajo. Porque el no pensar y el apostar a lo nimio (no confundir con simpleza; la felicidad, de hecho, es simple) constituyen variantes fáciles de alcanzar cierto bienestar, aunque tan efímero como una borrachera o una cámara cómplice de tinelli. Boludear es cómodo, accesible, socialmente legitimado. Pero las generaciones pasan, silenciosas, y la vereda sigue enchastrada.
Por lo demás, el germen de la obsolescencia no es privativo de los menoscabados y distraídos adolescentes. Los docentes no enseñan lo que piensan sino lo que alguien les contó, alguien que, por caso, construye una imponente estatua de Roca a metros de la Casa Rosada o pone en el mismo escalafón a personajes tan disímiles como Saavedra y Castelli. Además, no es casual que a nivel mundial se le tenga repulsión a la política. La política es una actividad global y de fines universales, nos compete a todos y de ahí que sea imprescindible. Pero nos agobia la cultura del individualismo, la del "no te metás". Es un notemetás asimilable al setentista: ambos son disuasivos a la hora de pensar el mundo. Si me aumenta la nafta la compro igual, si me voy de viaje de egresados que se caguen en el contrato si total yo voy de joda. El egoísmo es tan vigoroso que preferimos cambiar el coche o comprar una licuadora en cómodas cuotas, a salvar a millones de compatriotas que mientras tanto se hunden en la bancarrota. O quemar los bosques o contaminar los ríos o ningunear culturas enteras, costumbres bien arraigadas entre los occidentales desde que Colón puso su primer piecito de este lado del mapamundi.
En lugar de pensar en grande, es decir, entendernos como un todo en el que cada individualidad aportaría lo suyo, optamos por malgastar el tiempo, y no sólo mirando maradona-show o estremeciéndose con los policiales de Suar o los titulares de Crónica TV. Dedicar una vida a trabajar de algo que nunca hubiéramos concebido constituye un ejemplo atroz. Porque pobre no es aquel que no llega a fin de mes o no cambia la pollerita para ir a bailar, sino el que ve pasar los atardeceres sin pena ni gloria. Vivimos volátilmente, es la nefasta cultura del zapping. Numerosos dioses parecen someternos y los días pasan impunemente. "Los dioses compartimos un terrible secreto: los hombres son libres y no lo saben", escribe Sartre en Las Moscas.
Y de hecho nunca las condiciones fueron más óptimas para sacarle el jugo a nuestra existencia. Internet es un océano de diversidad y sólo es cuestión de bucear un poco; los libros, antaño censurados e incluso quemados y devastados, hoy aguardan que nuestra curiosidad los rescate del sopor abisal de las bibliotecas. Apagá la tevé, reíte de la mass media; la verdad está dentro de cada uno con ese único anhelo de ser escuchada. ¿Pero no es que le tendremos miedo al amor, la naturaleza, la autodeterminación, la libertad...?
Nunca es tarde para despertarse y siempre es hora de despertarse. Un haz de dignidad debería asomar por encima de la mediocridad nuestra de cada día, catapultándonos hacia una realidad más interesante, más humana.Estamos para otra cosa: la humanidad debe ser otra cosa.
