Sunday, November 27, 2005

La humanidad debe ser otra cosa

Hace un poco más de cien años, Nietzsche presentó la idea del superhombre. Sin embargo, su teoría fue mal interpretada, vinculándola con el nazismo o resignificada y absorbida por Hollywood asociándola a la idea de Super Man y su criptonita. Es que ya de por sí, "interpretación norteamericana" son dos términos contradictorios, diría mi profesor de filosofía.
En verdad, la idea de superhombre envuelve una cuestión menos banal: Nietzsche imagina un momento en que el ser humano irrumpirá en toda su potencialidad, desarrollando sus aptitudes al máximo, despojándose de sus miserias y mezquindades. El hombre (y no peco de machismo; en efecto, el hombre y no la mujer es quien más ha metido la pata, y a drede) ha configurado valores que se han instituido como verdades, modelando la subjetividad de las personas y limitando, explícitamente, la capacidad creadora que a todos nos es innata. Nietzsche no acaba su refutación de los valores universales en su diatriba al cristianismo, sino que supone que, una vez muerto Dios, si no rompemos esquemas y volvemos a empezar, nuevos dioses emergerán y se impondrán como modelos homogeneizadores, verbigracia el Estado (tal como luego sucedió con los regímenes totalitarios del siglo xx), o distintos fetiches (modas, fútbol, televisión) que asumiesen el rol de valores supremos e interpelativos.
Este somero - y por mucho superfluo - análisis del pensamiento del filósofo alemán sirve, sin embargo, como preludio para la siguiente hipótesis: hoy en día, la consigna es boludear. No creo aportar nada novedoso con este análisis; apenas aspiro a una débil aprehensión de la compleja realidad que nos compete.
De hecho, siempre se ha conjeturado sobre esta ostensible tendencia hacia el privilegio de las cosas intrascendentes. Platón lo describió metafóricamente en su Alegoría de la Caverna, un ámbito oscuro donde sus habitantes (los ciudadanos de la polis) sólo percibían las sombras y las apariencias de las cosas en sí, de aquello que era lo genuinamente Verdadero y que sólo podía percibirse con un giro total del alma. Más allá de la sideral distancia entre ambos filósofos (no sólo temporal: Nietzsche descree de la metafísica, quien tiene en Platón, creo yo, su máxima expresión), bien puede establecerse la siguiente analogía: hoy, como siempre, el ser humano ha vivido distraído.
A riesgos de sonar extremista, podría concluirse que nos cuesta asumir la vida terrenal (esta vida, la palpable, la que nos interesa), que se asemeja más a una sala de espera de dentista (mirando el techo o una revista cualquiera) que a un camino que nos desafía con su destino incierto aunque superador y aleccionante. Eduardo Galeano nos dice que la utopía es inalcanzable, que al acercarnos un par de pasos ella se aleja un tanto más, pero que en ese transitar nos enriquecemos y arribamos a una vida más plena.
Párrafo aparte para el cristianismo, movimiento que, de tinte revolucionario en sus orígenes, terminó negando el mundo inmanente, suponiendo nuestra existencia como apenas un parco tránsito hacia una tierra desinfectada de pecados originales. Se suele decir que el catolicismo ha entrado en decadencia, que la humanidad propende a sortear tal oscurantismo; mentira. Vos le podés preguntar a un adolescente si es católico y te va a decir que no. Pero va a condenar la infidelidad, la promiscuidad en la mujer y el aborto, y se va a mostrar pudoroso ante cualquier tabú sexual. El catolicismo, desde la hoja de parra en el Edén hasta el siglo XXI, continúa más vigente que nunca. Dios es invocado por todas partes: lo oímos de la boca de Bush y de los mismos terroristas islámicos. Dios es fundamento de guerras y criterios morales que corrompen y no liberan. Pareceríamos retroceder los posmodernos hacia un nuevo medioevo, ¡DIOS nos libre!
Si de la cotidianeidad se trata, es sábado a la noche y la noche está preciosa y apacible, pero la humanidad se esconde en boliches bulliciosos donde la comunicación es nula. El alcohol abunda y las neuronas se abstienen de ser. Otras drogas, no legalizadas aunque legitimadas, también cumplen su rol estupidizante. Y la "música", con el perdón de Ludwig Van, es esa vacua prosecución de ruiditos metálicos que vacía espíritus y organiza estupendas coreografías que restringen cualquier modo de moverse que no sea el de aletear sincrónicamente las brazos o bambolear las cabezas como si fueras un péndulo contento. Pero ahí afuera, impasibles, los bancos de las plazas nos esperan, ávidos de escucharnos soñar y pensar realidades distintas. Ser jóvenes y no aspirar a cierta rebeldía, es servir precozmente a un sistema que encubre una máquina de hacer mentes estrechas y, en misma proporción, panzas obesas y famélicas; iguales dosis de colesterol mcdonaldístico e incertidumbre de no saber si mañana vas a comer algo.
¿Cómo se explica, entonces, tal miopía, tal deliberada tendencia al boludeo? Una posibilidad es la del atajo. Porque el no pensar y el apostar a lo nimio (no confundir con simpleza; la felicidad, de hecho, es simple) constituyen variantes fáciles de alcanzar cierto bienestar, aunque tan efímero como una borrachera o una cámara cómplice de tinelli. Boludear es cómodo, accesible, socialmente legitimado. Pero las generaciones pasan, silenciosas, y la vereda sigue enchastrada.
Por lo demás, el germen de la obsolescencia no es privativo de los menoscabados y distraídos adolescentes. Los docentes no enseñan lo que piensan sino lo que alguien les contó, alguien que, por caso, construye una imponente estatua de Roca a metros de la Casa Rosada o pone en el mismo escalafón a personajes tan disímiles como Saavedra y Castelli. Además, no es casual que a nivel mundial se le tenga repulsión a la política. La política es una actividad global y de fines universales, nos compete a todos y de ahí que sea imprescindible. Pero nos agobia la cultura del individualismo, la del "no te metás". Es un notemetás asimilable al setentista: ambos son disuasivos a la hora de pensar el mundo. Si me aumenta la nafta la compro igual, si me voy de viaje de egresados que se caguen en el contrato si total yo voy de joda. El egoísmo es tan vigoroso que preferimos cambiar el coche o comprar una licuadora en cómodas cuotas, a salvar a millones de compatriotas que mientras tanto se hunden en la bancarrota. O quemar los bosques o contaminar los ríos o ningunear culturas enteras, costumbres bien arraigadas entre los occidentales desde que Colón puso su primer piecito de este lado del mapamundi.
En lugar de pensar en grande, es decir, entendernos como un todo en el que cada individualidad aportaría lo suyo, optamos por malgastar el tiempo, y no sólo mirando maradona-show o estremeciéndose con los policiales de Suar o los titulares de Crónica TV. Dedicar una vida a trabajar de algo que nunca hubiéramos concebido constituye un ejemplo atroz. Porque pobre no es aquel que no llega a fin de mes o no cambia la pollerita para ir a bailar, sino el que ve pasar los atardeceres sin pena ni gloria. Vivimos volátilmente, es la nefasta cultura del zapping. Numerosos dioses parecen someternos y los días pasan impunemente. "Los dioses compartimos un terrible secreto: los hombres son libres y no lo saben", escribe Sartre en Las Moscas.
Y de hecho nunca las condiciones fueron más óptimas para sacarle el jugo a nuestra existencia. Internet es un océano de diversidad y sólo es cuestión de bucear un poco; los libros, antaño censurados e incluso quemados y devastados, hoy aguardan que nuestra curiosidad los rescate del sopor abisal de las bibliotecas. Apagá la tevé, reíte de la mass media; la verdad está dentro de cada uno con ese único anhelo de ser escuchada. ¿Pero no es que le tendremos miedo al amor, la naturaleza, la autodeterminación, la libertad...?
Nunca es tarde para despertarse y siempre es hora de despertarse. Un haz de dignidad debería asomar por encima de la mediocridad nuestra de cada día, catapultándonos hacia una realidad más interesante, más humana.Estamos para otra cosa: la humanidad debe ser otra cosa.

Saturday, November 26, 2005

De cómo enamorarse (y no morir en el intento)

Primero, no se gaste ud., Romeo o Julieta en potencia, en escoger el individuo a ser amado; sería tan inútil como intentar elegir que mañana amanezca lluvioso o haya un sol que pele. Fácil la entrada pero difícil la salida, Lope de Vega dixit. Si el susodicho es más quimera que realidad, salga como un gladiador al coliseo, chi chi chi, con el no descontado, a sabiendas de que la muerte está consumada, ya premeditada por viles emperadores. A comerse el mundo antes de que el mundo lo coma a ud. Si, en cambio, cada tanto hay alguna miradita correspondida o charla fluida de msn (siglo xxi, señores) entonces ud. ha de sostener el juego perverso o partido de tenis hasta el game over o paso de nivel. Apele al siempre simpático sms celularístico y olvídese, desde ya, de rosas envueltas en cartas: a la hoguera por cursi o practicante de sodomía. Ahora atentti, si la cosa marcha demasiado viento en popa y el susodicho corresponde al fatal sentimiento inescrupulosamente, el muy pánfilo, entonces viene maquiavelo y napoleón y el narigón bilardo y kasparov juntos. Cual partida de ajedrez, los contrincantes han de recelar cada jugada del otro, sacrificar peones y quimeras o enrocar piropos y mentiras. Acabar en tablas, imposible.Por último, si en verdad ud, su giménez o corchito rodriguez en potencia, está experimentando las inquietas y célebres maripositas en la barriga, olvídese ya de los pasos anteriores, henchidos de chabacanería e imbecilismo, y enamórese y salga a la calle y vea a la gente que parece más buena como predica el palito y tucumano ortega.

Tuesday, November 22, 2005

Clandestinos

Es el año 2032 y a nosotros no nos va tan mal. Todo el mundo sabe lo inmundo que es este mundo, por algo la gente nos guarda rencor. Es que resistimos lo más humanamente posible, lejos de los demás.
Entendemos el progreso y la lógica que lo mueve, pero no lo compartimos. Bien nos podríamos oponer, pero sería muy fatigoso, por no decir tonto. Entonces preferimos ocultarnos.
Hace ya unos quince años que ha dejado de ser gratis pisar la tierra en la Tierra. Tal es la omnipresencia de nuestra Internet: se ha expandido, vigorosa, por todos los lados; hete aquí que ahora es gratis, como solía ser el aire en algún tiempo.
Ahora es el aire lo que hay que abonar, aunque las cosas vayan mejorando. Hace quince años, el cambio fue tan brusco (cuarta revolución industrial, vaticinaron, los amantes del eufemismo) que dejó desamparadas a las grandes compañías. Internet se les había esfumado; ergo, no hubo manotazo de ahogado más feliz que el de imponer una novedosa tarifa al aire. Entonces los precios eran gigantes y sólo unos pocos - los más pudientes - podían acceder a los parques y las plazas, más allá de algún romántico vagabundo que aún restaba por desterrar. Pero la sana competencia hizo que con el correr de los tiempos los precios amedrentasen, por lo que cualquier pobre diablo pudo acceder a tomar un poco de aire. Los más optimistas anhelamos que el ciclo se complete, es decir, que el paulatino abaratamiento devenga gratuidad. Y que vuelvan a cobrar Internet, a mí qué carajo.
Pero insisto que nosotros resistimos, aunque nos cueste. Yo, por ejemplo, al final me vi obligado a falsificar un certificado de usuario del aire (CUA), luego de haber caído preso unas diecisiete veces. Siempre nos sucede al atardecer, el momento más cotizado, cuando más gente hace uso del servicio. Ahí cuando el crepúsculo se incendia la humanidad sacude su plástica modorra. Los Guardianes del Aire saben que entre los usuarios siempre hay infiltrados, entonces no tardan en localizarlos y llevarlos a cualquier cárcel, que por cierto son muy cómicas. No son celdas, son computadoras. Conozco un amigo que por infinita reincidencia fue condenado a cadena perpetua, pero el muy pícaro logró escabullirse y por acá anda, fugitivo, aunque temeroso.
Somos solamente rebeldes, que nadie nos tilde de revolucionarios. Y por eso el rencor, porque saben que nosotros sí podemos salvarnos. Cuando todos duermen, febriles autómatas, nosotros caminamos y sentimos el viento. Respiramos con devoción, abrazando el aire cada vez que nos sentimos poca cosa. Nos dejamos sonreír, a veces. Y cultivamos la esperanza.