Sunday, December 25, 2005

Eternidad se busca

Busco un río, una hoja en el piso, un viento furioso o brisa sedosa, un sonido, un sol, un paisaje milenario. Todo lo que está más allá de nuestro lado breve, de nuestra era, de nuestra milimétrica estadía en el Universo. Es un escape que me regalo cada tanto. Es cuando se infla la percepción y siento arañar algún atisbo de eternidad. Es eso que permanece ahí, intransigente y limpio, como el trinar de un pájaro o la mirada de un perro que nos lleva a otro mundo. Yo y la inmensidad, que es inmensidad de una inmensidad mayor que es el Universo; vago abismo que emerge inefable hasta deshacerse. Este río que hoy es testigo de mí, hace cien o mil años fue testigo de otro. Contemplarlo es apersonarse en el umbral mismo de lo místico. Pienso en Heráclito que desde un irónico pasado parece avisarnos que nada es igual nunca, que jamás dos veces en un mismo río. Pero qué más da si cuando te siento, río, comunicás con tu larga mansedumbre que la sabiduría es tuya, que de este lado de las cosas todo es caótico, pero que en esa dimensión la naturaleza impone belleza y misterio en iguales cantidades, dulce sortilegio que no me resigno a no entender.

Friday, December 16, 2005

Aerosilla

Sé que me equivoqué. ¿Pero para qué ese negarme a ascender, obstinarme en ese sobrevivir los pedazos renunciando al todo? Pagué la aerosilla y tu mirada reprobatoria se encargó del resto: aprehendiste la sinrazón y te quisiste salvar al menos vos pero no. Perdón. ¿Qué más querés que te diga? No había ido por los esquís y el chocolate para mamá eh. A tu lado lo posible significaba todo (y en la base se rumoreaba temporal allá arriba, me repetías) y me creí con derecho a soñar, qué esperabas sino que me juegue entero, a doble o nada.
Mi mano obcecada llevó la tuya (a la defensiva, casi agnóstica) como ciego capricho de nene que arrastra a su mamá a la juguetería. Pronto volábamos y creeme que eso creí y sentí a esa altura y al lado tuyo. ¿Cómo percatarme del descenso si había pagado para subir? Vos que me seguías mirando y yo que te prefería: eran impecables el infinito de montañas blancas y el lago diáfano chorreado de azul, pero más podía el otro azul, ese que enmarcaba tus pupilas que ya a esa altura rogaban más piedad que cordura. No te sostenía la mirada porque si te miraba no era más que un náufrago chapoteando a la deriva entre tanto océano de sensaciones.
Aún así, tus silencios no eran tan implacables como el frío, y yo que ni en guantes había pensado. Suspiramos y nos encogimos de hombros: la vida era eso. Mirábamos a los que venían por el otro lado (¿bajando, subiendo?) no con envidia sino admirándolos. Tal vez se apiadarían y de sus limoznas podríamos juntar a duras penas lo que ellos. ¡O la fórmula! La ecuación para devenir parejas felices. Pero quizá ni ellas lo fueran, y éste sería el costo por soñar más de la cuenta, el impuesto a la quimera agregada.
De felicidad habrán sido no más que segundos, cuando creí burlarme de las escalofriantes limitaciones de nosotros los mortales. Pero se impusieron las quejas y luego la sucesión de vómitos y lágrimas y con ellas el amor que hacía rato se nos escurría; abdicando, caprichoso. Fue demasiada realidad y de zopetón. La tortura no perecedera, la gotera inmortal de la canilla mal cerrada. El temporal que copaba la parada y nosotros, como fantasmas impunes, seguíamos boludamente, tal vez por inercia física de aerosilla o metafísico impulso de ilusión caduca.
Pero que calzábamos el mismo talle de futuro no lo dudo, dejame tener una certeza más allá de la oscura certidumbre del fracaso. Pobre de mí que elegí arena y no cemento para mi castillo, pobre de vos que te dejaste elegir. (Lo consentiste, aunque tu famoso miedo a las alturas, y los chocolates para mamá en vez de.)
Y pobre de la aerosilla, dispuesta a ser verdugo de cuantos se le animen.

Wednesday, December 07, 2005

Cómo, por qué y para qué

Qué hábito más extraordinario el de escribir. Qué hecho tan místico el de un ser humano dejando testimonio. Imagínense al primero, porque siempre ha habido un primero a la hora de todo. Una idea, una necesidad, una inquietud trascendental y, de repente, una oración que postuló un sentimiento. En ese tipo o tipa reunidos todos: Sófocles, Cervantes, Dante, Borges y hasta yo mismo, miren qué caradurismo.
Ahora, ¿cuándo hay verdaderamente algo que valga la pena ser escrito? O, al vésre: ¿cuándo hay algo que merezca ser leído? Kafka afirmaba que un libro no podía tener otra función que la de romperte la cabeza. Y cuánta grandeza en esa apreciación, cuántas ansias de cambiar la realidad. Él no pudo salirse de ella sino que en ella se sumergió, pero con la probablemente inconciente esperanza de que, dejando testimonio de un presente sórdido, el futuro pudiese ser rectificado.
Entonces podríamos reflexionar sobre la innumerable cantidad de libros que se llevan escritos y su presunta imprescindencia. Y su contingencia, porque podrían haber no-sido. Qué si Shakespeare hubiera entrado en balbuceos literarios y su Hamlet quedaba suspendida sólo en su bella alma. Qué si a Sócrates le tocaba una vida menos ociosa y no se le ocurría saber que sólo sabía que no sabía nada. Qué si a las mujeres u oprimidos los hubiesen educado más y hubiesen podido contar su verdad. Este análisis, en apariencia meramente entretenido, pone en una gran encrucijada al escritor o intento de. ¿Escribo o no escribo?
Para seguir con los grandes nombres, hubo uno (Mallarmé creo que era) que hablaba sobre el pánico de encontrarse frente a una hoja en blanco. ¿Qué poner, cómo transmitir eso que impunemente se gesta dentro mío? ¿Cómo expresarme sin salirme del lenguaje, ese acotadísimo campo de acción del que se dispone? Es complejísimo ponerse a escribir algo - y después mostrar ese algo - para aquel que alguna vez se ha cuestionado cosas por el estilo.
Hace un año escribí sobre lo mismo, diciendo una cosa muy ingenua: a todos nos compete una Mano, sí, que con su Gran Pluma bosqueja todos los escritos de la historia. Muy sabia ella, todo lo que se lleva escrito es producto de esa gran inspiración que cada tantos seres humanos y siglos aparece. Pero ahora pregunto: ¿qué hay de lo que no se contó? Qué hacer con esta idea que a la par de todo esto me carcome... ¿la escribo o no la escribo? Bien podría apagar todo e irme a no-pensar por ahí, y al carajo con mis aires de escritor. Incluso podría mandar todo esto a la papelera de reciclaje. Pasaría a constituir no más que un ínfimo espacio en el para nada conmensurable océano de ilusiones abortadas y amores truncos que baña las costas de la eternidad, la nuestra, de la que desde hace un puñado de siglos los seres humanos podemos dar fe.

El cómo, entonces, corresponderá a una arbitrariedad. El por qué yace en las más intrincada obscuridad, de seguro en la misma esencia (incognoscible) de la humanidad. Y el para qué es notorio: entender, más allá del tiempo y el espacio, este absurdo que llamamos vida.