Tuesday, January 17, 2006

Ser y estar

Noten lo que noto de diferente entre los verbos ser y estar, disimilitud que la podemos expresar en una comparación tan banal como el decir "es buena" y "está buena", en alusión a una persona y a una minita, respectivamente. Cuando decimos que es buena, hablamos de una cualidad inherente a ella, perenne y constitutiva. Si decimos que está buena, en cambio, nos referimos a lo momentáneo, por no decir frívolo. No estaba buena a los cinco años, criaturita del señor, ni lo estará a los setenta, vieja bien chota. No lo está cuando caga en el baño o si está recién despertada con su cara más lúgubre. Pero cuando se es buena, se es buena en todos los casos.

Ser y estar, verbos tantan contradictorios como nosotros mismos, que por algo nos empecinamos tanto en estar, dónde-cómo-para quién sea, sin advertir en el fondo lo que somos, e incluso que somos.

Wednesday, January 11, 2006

"¡Va usted a matar a un hombre!"



Hace tiempo que tengo en mente escribir algo sobre este hombre. Quise hacerlo en forma de ensayo, construyendo una de esas torres de pulcros párrafos que siempre tienen olor a prolijidad y a cierto dominio de la situación. De lo más cómodo: juntaba unas cuantas citas, recopilaba hechos históricos y luego emitía mi opinión. Vida y obra de Ernesto Guevara en mil quinientas palabras. Y listo.

¿Pero cómo escribir de manera correcta, cuando se trata de un sentimiento? ¿Cómo no titubear a la hora de expresar una idea que es bien profunda, extrínseca a las vicisitudes corrientes y las trivialidades nuestras de cada día? El Che es más que un ensayo académico, es más que un cuento, es más que estas insolentes palabras. Quise también que sea poesía, pero no me animé. Es que no se trata de los ojitos de una mina o un sugestivo paisaje, sino de un Ideal enorme y del que apenas puedo rasguñar alguna verdad.

Sin embargo, qué nos queda a los seres humanos cuando estamos tristes sino comunicarnos con otros, aún cuando los medios sean tan precarios, casi ridículos y de sobra obsoletos.Y digo tristeza porque llegué a un estado de angustia... Morir, ser vilmente asesinado y humillado, ¿ese es el precio que pagamos por soñar más de la cuenta? ¿Tan caro nos sale ser libres, dignificar nuestra existencia? Se equivocan quienes encasillan la personalidad del Che: guerrillero, intelectual, político, loco, héroe, revolucionario, comunista. Antes que todo eso, el Che Guevara fue un ser humano que soñó una utopía. Utopía, palabra rimbombante si las hay. Lugar que no existe. Concepto que surge por oposición a la realidad, por rebeldía frente a lo establecido, que las más de las veces suele tener olor feo, cuando se trata de hombres y civilizaciones. Luego el Che fue construyendo su moral, que es básicamente acción, método, estilo de vida. Y ese jugarse enteramente por un Ideal, ese llevar hasta las consecuencias últimas sus objetivos más nobles y puros, esa intransigencia y fortaleza frente a lo más sórdido de la condición humana, toda esa actitud heroica es, en definitiva, lo que ha catapultado su figura a la celestial condición de mito.

Porque el Che es símbolo de libertad. La de los oprimidos, pero también la de los que creen en una vida más plena. Un rebelde con causa. Un tipo que pensó y actuó siempre en pos de la dignidad. Antes que argentino, fue latinoamericano. Antes que camarada socialista fue revolucionario y antes de eso un tipo de sensibilidad exquisita que sintió en carne propia toda injusticia y añoró como nadie un radical cambio en las relaciones humanas. Por eso me parece tan mezquino - tratándose de un fenómeno tan excepcional - debatir y comentar sobre imperialismo, materialismo dialéctico, colonialismo, justicia social. Acá se trata de plasmar una emoción tan sincera como despelotada: la de un pibe que admira a un hombre y se desvive por contarlo.

Recién preguntaban en tevé a jóvenes alemanes sobre el Che y las utopías. No me sorprendió que muchos desconocieran su existencia y que sí, en cambio, tuvieran la mayoría el deseo de ganar mucha plata en el futuro. No en vano el socialismo anda herido de muerte en estos posmodernos años. Es que el 8 de octubre de 1967, en Bolivia, un pedazo de esa utopía, la del hombre nuevo, se marchitó. Otro gran pedazo se desgajó con el Proceso, que se cobró treinta mil ilusiones. Y otro con el Mayo Francés, cuando la imaginación y la libertad del espíritu osaron inmiscuirse en las ignominiosas fortalezas del Poder. Y así con cada injusticia, cada ataque al corazón humano que anhela una realidad menos ingrata. Y he aquí la tristeza de la que les hablaba al principio: si bien, por suerte, la Humanidad nunca careció de ángeles, por desgracia nunca han faltado sus verdugos. Una vez leí algo así de Shakespeare: el verdadero hereje no es quien va a la hoguera, sino quien la enciende. Comete la peor de las herejías: atentar contra su propia especie. Por estupidez, claro, porque la insólita maldad no encuentra otro asidero que la incapacidad para ver y sentir.

El Che no es, en definitiva, algo más que un hombre que se entregó enteramente a lo que sentía. Como tantos otros grandes espíritus: Sócrates y la cicuta, Cristo y su cruz. Pero vivimos en un presente tan agobiado de egoísmo, ignorancia, desesperanza, hombre light, que es la figura romántica del Che la que no deja de cautivarme. Desde ese ícono desafiante que, tristemente, está a la venta en todas las vidrieras de ropa, o ese rostro impávido con sus ojos abiertos que, ya caído y desvencijado, lucía lúgubre rodeado de la celosa custodia de cobardes vestidos de uniforme. Y su nombre también cautiva, sonido estrepitoso y movilizante que desafía cualquier tipo de orden social, tres letras que son antítesis de la unánime mediocridad que nos han impuesto. Y su legado alecciona, esas ganas de refundar a la humanidad. El hombre nuevo, es decir, un sujeto que sea conciente de sí mismo y que sea partícipe de su historia. Que piense y actúe por libertad y no por necesidad.

Se creyeron muy victoriosos lo de la CIA cuando mataron al revoltoso de boina. ¿Pero saben qué, señores que arrebataron su cuerpo pero nunca su espíritu? El Che también es sinónimo de victoria. Por no entregarse jamás, por creer que la vida vale la pena ser vivida, con iguales dosis de alegría y sacrificio. Por perpetuar con su muerte la figura de un soñador que fue realista y quiso lo imposible. Y también porque, cuarenta años después, un pibe lo admira y de él aprende y con él sueña.

Yo no me atrevía a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande,
enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentí que se me hechaba encima y cuando
me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che
podría quitarme el arma.

-Póngase sereno - me dijo -. ¡Y apunte bien! ¡Va usted a
matar a un hombre!