Saturday, February 25, 2006

Vivir es un absurdo tan bien disimulado, pensó sentado en el mismo banco de plaza de siempre, en ese rincón de la ciudad donde el barullo llega quizá en diferido o filtrado. El circense barullo de la convivencia gregaria, recitó de golpe, con evidente placer. Y vivir era eso, básicamente esconderse, maquillar la desgracia en algún amor, ideal o reunión de borrachos. Qué inútil se sentía respirando y caminando por una ciudad que no se daba cuenta de él. Tampoco de sí misma. Él, después de todo, ocupaba un espacio y tiempo ínfimos, del todo anónimos. Nací un día pero nunca se lo pedí a nadie, voy a morir también contra mi voluntad. ¿Así que dónde encontrar la dicha? Vio a un grupo de pibes enquilombando el asunto. No, era tonto pensar que la dicha estaba en la fórmula de la camaradería. Era más prudente seguir en su puesto y saber que eso era sólo una sensación, que un rato después iba a ser de vuelta de día y el arte del disimulo volvería a ejecutarse con fina precisión. Su vida, aunque diese la impresión de despelote cósmico, también brillaba por su aparatosidad y cachivaches: Pero igual mañana me levantaré con la amnesia de siempre (especulaba, levantando la vista y dejándose invadir por un techo de tupido ramaje que junto al semitapado cielo daban la imagen de pantano al revés o patas pa´rriba, salpicado por musgos), pensaré en las mismas personas, soñaré paisajes eternos y sentiré miedo de cualquier infortunio, pero claro, para eso primero había que considerarlos. Los gestaba, luego los veía corretear impunemente. Porque, suponiendo el absurdo que esa noche entretejía, la felicidad era - clarostá - una puerilidad, pero más aún lo era la angustia. Tal vez sólo podría justificarse una moderada tristeza y en estado puro, producto de una desdicha indeclinable.

Lamentó no tener con qué escribir. ¿Pero qué ganaría con describir la abúlica monotonía de sus pensamientos? Le daba risa aquel hábito de refugiarse en papeles cuando el bienestar más sensato podía estar en la charla con algún otro. Pero si se ponía a recorrer se sentiría invadido por las grotescas figuras con las que cada tanto tropezaba. No podía sentirlos sus iguales. Recordó cuando una vez afirmó que un polvo no se le niega a nadie, pero una charla tampoco, y se le escabulló una risa que no tardó en extinguir. Comunicarse, claro, era tan sencillo. Te entendías con uno y al rato podías irte a dormir sanamente, es que el insomnio no se atrevería con un alma que ratos antes se había tuteado con otra. No obstante todos parecían adherir a ese tácito y concurrido teatro de distraer las miradas de la verdadera (y por eso patética) escena. Por algo en Grecia los actores se llamaban hipócritas, razonó con victorioso sarcasmo. Y entonces cómo arrancarlos de la farsa, ¿cacheteándolos, mordiéndoles los dedos meñiques, hundiéndoles la cara en un tarro de lavandina? Inmerecidamente (pero los adverbios venían de yapa, como si no bastase el solo y de por sí mentiroso pensamiento) se acordó de esa rubiecita que se había terminado por asustar de él, y que no te gastes en insistir, gran bobo, que no eras lo que yo buscaba y que quiero ser libre. Pero inconcebiblemente él aceptaba las reglas y como buen payaso autómata rogaba una vuelta atrás, como siempre era tantan cómodo hacer lo estipulado. En el fondo era como un chiquilín que quería darle otra vuelta a la calesita y ganarse su sortija, aunque ya sin la inocencia. Y en vano pedía, claro, porque los mujeres son así de inentendibles viejo, quelevamoacer, y qué flor de plantón digno de bolero se bancó el pobre, cuando en realidad esa rubiecita sería la primera candidata para el balde de lavandina o mierda, según el síntoma y el exorcismo coyespondiente.

¿Y alguna pastillita che? El arte del disimulo podría derruirse en un santiamén. Pero sus torpes cavilaciones sobre el suicidio jamás pasaban de pasatiempo; ya en Hamlet había aprendido que cualquier cosa menos la inexpugnable nada que podía adivinarse tras la muerte. Entonces nuevamente lo abrumaba la idea de que escribir era de cobardes, que sólo un cagón inmundo sacaba su cuadernito o se escapaba a tal plaza o lago o amor platónico cuando ahí en derredor suyo una realidad ya estaba pautada y sólo era cosa de domeñar la botonera, never press the red button, las instrucciones lloverían como paracaidistas esporádicos cuando la experiencia, claro; pero en todo caso una experiencia sólo válida para tal y cual establecimiento de compra, entonces puffff de nuevo el subrepticio disimulo y de la buena pipa ya a esta altura. Oh Disimulo, El Inexpugnable. ¡Mejor dicho la sensación! La inexpugnable y requetealérgica sensación de estar disimulando en una sanata secular.

Se paró del banco, el frío ya lo poseía entrándole por la raída lana del pullover. Entonces el cobarde asumiría su condición de tal, sus peripecias constarían en actas y más tarde vendría el burdo gesto de compartir (qué verbo tan preescolar, catalogaba rememorando maestras en blanco y negro) con terceros su modesta ofuscación con el mundo todo, siempre terco y hasta jactándose de su distinguidísima desgracia.

Mientras volvía condescendió a suponer que siempre había alguna belleza que lo distraía. ¿Pero pretender una manito de ella no sería una nueva ingenuidad? (la primera, ofcors, sería suponer que existía y másalládetodoraciocinio) ¿Y para qué escribo y después lo muestro si sé que esto no es creación ni destrucción sino virulentos escupitajos sin razón de ser? Olas que se desmoronan al pisar tierra, furibundos latigazos pero hechos de azúcar. Ya en hogardulcehogar y frenéticamente tipeando, le resultó bárbaro ver con qué gracia se reproducían los renglones siempre y cuando el capataz que los revoca anda desquiciado. Alguna vez tuvo la ilusión de sostener que sólo las alegrías merecían ser escritas, no tardó en entender que lo que necesitaba relatar eran sus tormentos y no sus días de sol apacible. Y le parecía pelotudísimo pero experimentaba algún placer al concebir ese absurdo de vida, comprendiendo entonces que nada podía pasarle, o mejor dicho que nada era significativo ni tremendo en un Universo que implacablemente lo ninguneaba. ¿Para qué frustrarse, entonces, cuando ya de antemano había sido condenado?

2 Comments:

At 3:31 PM, Blogger rep-t said...

Bah! ahora no te vengas a decir que esto que escribiste es malo, porque esta tan-bien-escrito que provoca raras sensaciones en el lector. Aunque -a-veces- quieras esconder ese escritor que hay en vos (y aunque esto suene a propaganda de cereal) basta una sola leida a estas cosas para saber que sos un ciclotimico en poceso de entendimiento. Y sino mostrale a Sábato, a ver que te dice. Parte importante de un buen-gran escritor es reconocer el bien de lo que escribe.

Fijate que ahí postie lo que decia de: "El que no escribe todo lo que le fermenta la testa es un eunuco de la Capilla Sixtina. Eso no es un hombre."

¡saludos mocho!

 
At 4:02 AM, Blogger Gonzalo said...

Muchas veces siento que cuando no estoy muy bien anímicamente logro generar cosas más ricas y valiosas en cuanto a lo artístico y cuando me encuentro en el estado de felicidad temporaria mis cosas son frívolas y vacías ya sea dibujando escribiendo o en el escenario con la excepción de la última obra que hice ya que me encontraba realmente contento y sin embargo creo haber dado una de las mejores actuaciones de mi vida.

 

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