De la imprescindencia de la necedad (o de su graaan vinculación con la inteligencia)
Podríamos decir sutil en lugar de gran, ahora que lo medito, si no queremos sonar tan descabellados. Hay dos tesis que propongo y me impongo sostener acá: a) que sin necedad no se vive; b) que siendo necios estamos siendo inteligentes.
Se me ocurren unas cuantas citas o referencias pero no me demoro en eso: voy al punto genuino, que siempre es ser entendidos - idea felizmente comunicada de por medio - y nunca ostentar erudición por ese nunca correspondido amor a la vanidad. Veamos, en el diccionario las nociones de necio e inteligente son ambivalentes, por lo que ya desde el vamos cuento con el sentido común contra mí, es decir, nado contra la corriente. Me acuerdo de ese refrán que sentencia: "corrige al necio y te odiará; corrige al sabio y te amará". Necio como sinónimo de estúpido y terco; la sabiduría como atributo indispensable para aprender y crecer y amar. Según el mataburros, encima, sería necio aquel que carece de inteligencia, discreción y sentido de la oportunidad. Pero nótese la segunda acepción que encuentro, en la que deposito toda mi esperanza filosófica: "se aplica a las cosas ejecutadas con ignorancia, imprudencia o presunción"... un nuevo antónimo de inteligencia, me dirán, pero no según como yo la entiendo...
Desde la primaria que el tipo inteligente es aquel que razona. ¿No será desde el Renacimiento o aún desde Sócrates, che? me dirá algún militante antiracionalista que desde una barricada de romanticismo discutirá la preeminencia de la lógica y el raciocinio por encima del instinto. Pero es así: no asociamos la idea de inteligencia a la de felicidad. Le decimos "qué inteligente" al aplicado niño que cierra su año con nueve coma sesenta y seis periódico de promedio, pero no lo hacemos con ese que nos cuenta, eufórico, qué buena que estuvo la noche de anoche. (Pero basta de digresión y vuelvo neciamente a mi punto que es re sencillo). Para mí que la inteligencia está más ligada a la solución que al problema; más cerca de un pragmatismo que de una contemplación abúlica y abismal de todaslascosas. Creo que tal concepción la saqué del mismo Borges (oh borges, vaya tipo metafísico y poco canchero), ese poeta de la erudición, ese obstinado profeta de la sesibilidad intelectual. Más allá de la cuestión problemática (es que puede sonarles hasta trivial la clásica distinción nudo-desatanudo de la bicéfala intelección), hay un argumento más radical: cuanto más pensás menos sos y viceversa. Perdóneseme pero acá me urge citar: no es "pienso luego existo": es actúo luego existo. El sonso de descartes hablaba de la duda como prueba de la existencia. ¡¡DUDA!! Como si fuera tan plácido andar por la vida dudando de todo. ¡Viva norteamérica, ese bochornoso paraíso de la practicidad! Bueno, tampoco la pavada.
Les pongo un ejemplo bien simpático. ¿Cuántas veces hemos dudado si tirarnos o no a la pile, por temor a que el agua esté congelada? Metemos el piecito y lo sacamos, no nos zambullimos por temor a. Lo que se sigue de eso es que cuanto más razonamos acerca de la presunta temperatura del agua y sus presumibles consecuencias en nuestra angelical sensibilidad corpórea, más nos demoramos en el chapuzón final, que trágicamente es in-e-vi-ta-ble, a la corta o a la larga. ¡Cuan inteligentes aquellos que toman conciencia de tales factores! Por ventura siempre habrá algún necio que tome carrera y se meta de una, salpicando a los otros, los sabios, con su estrepitoso bombazo.
Bueno pero basta de jugueteo: para vivir nos hace falta ser necios. Desensuciarnos de prudencia y tomar el toro por las hastas. Y para eso fíjense si no hay siempre algo de necedad o capricho en las cosas más gloriosas: un invento científico, una revolución, una relación sexual. Necedad haría las veces de locura en este caso. Si el ser humano, por un instante al menos, no se despoja de toda esa tara epistémica y metodológica que lo inclina a la sabia contemplación de los hechos, entonces no podrá acometer nunca esas-sus más loables proezas y satisfacciones. Esto es muy básico señores: el que no arriesga no gana / persevera y triunfarás / o aquel "yo me juego entero, qué le voy a hacer" gardeliano.
Y acá es cuando entra en juego mi concepto de inteligencia. ¡Qué inevitable se nos hace la necedad cuando queremos lograr algo! Si después (en el canoso epílogo de nuestro andar) las cosas fundamentales terminan siendo dos o tres, ¿por qué reparar en insignificancias, tales como la opinión de los demás, una lluvia torrencial, un acotado presupuesto económico, la severa reprimenda de un Dios? ¡Este ensayo es un gran lugar común, de eso ni hablar! Si hace quinientos años se escribía Elogio de la locura con ansias similares. "La necedad de vivir sin tener precio", Silvio Rodriguez dixit. Y las referencias me vienen atolondradas, podría estar días hablando sobre otros que también entendieron la perentoriedad del tratamiento de este asuntillo.
¿Qué hay si nos equivocamos? ¿Acaso nacimos infalibles? La necedad reina en todos los placeres de nuestra terrenal vida, que es de la única que tenemos constancia. Yo por ejemplo ahora he pecado de necio: estaba por ponerme a estudiar, pero esta Causa fue más fuerte que yo y aquí me hallo, al pie del cañón. Reitero: en la evaluación de costos y beneficios no está la dicha, que me disculpen los gurúes de la economía de mercado. Vuelvo a la segunda acepción de necio que la real academia etiqueta: "con ignorancia, imprudencia o presunción". ¿Acaso este tal Platón, "ignorando" su socrática ignorancia - aquel soslayado saber del no saber -, no fue un poquitín "imprudente" al supeditar nuestro espíritu a la "presunta" Idea del Bien? Mierda que en los genios hay necedad y en generosas entregas. Y para no prestarme a ambiguedades, ya que la filosofía siempre ha oscilado entre las dos nociones de inteligencia expuestas, les nombro a Maradona, que para gambetearse medio equipo inglés tuvo que creer, de alguna forma, en esa lunática estupidez de querer hacer un gol corriendo desde mitad de cancha, sin atender al saludable manual que le hubiese aconsejado "diego, tocásela a valdano, que este es un deporte que se juega en equipo". Y no que Maradona me caiga muy simpático eh. Pero imaginemos un mundo atiborrado de sabios y sesudos analistas de la madre natura: los notaríamos cabizbajos, con esa mueca de desdén de quien se ufana de ser testigo de su realidad. Acabarían en un suicidio masivo, tristes porque esa dorada entelequia - esa porquería, en la única que hubieran podido vivir satisfechos - nunca fue, nunca fue dada a luz. (Menos que menos por ellos).
El ser humano tiene poco y nada de estoico. (O de divinidad). Caeríamos en un trillado pecado si las nuevas generaciones siguiesen fetichizando la corrección, la prolijidad, la "discreción", el criterio, las verdades absolutas, la tierra prometida y cuanta soberbia fabricación mental se les ocurra. Porque si algo nos distingue de los animales es la soberbia (léase razón). Soberbia que no nos deja ver con claridad que nosotros, como nuestros cofrades los monos y las moscas, somos seres mortales, que a la temprana o a la larga se irán, intrascendentes, a tocar el arpa con (o sin) sus correspondientes antepasados. Y ya será muy tarde para todo.

1 Comments:
He me aquí en lugar de haciendo la bendita guía de química.
Quien dice necio dice mentecato, zoquete, inepto, torpe, idiota, bobo, tonto, imbécil, estúpido ¿y qué hombre acaso no es algo de eso –por no decir todo junto-?
Desde mi punto de vista, necio seria el que permanece mirando el agua de la pileta sin siquiera tocarla; sabio, aquel que se tirara de una, sumergiéndose en continuos intentos por develar el secreto del extraño flujo; y vulgar, ese otro que con suerte nota que el agua lo moja.
Todo buen genio sabe de correr riesgos, esas son las necedades de las que hablan. Y pues si son verdaderamente necedades, ¡alabados los necios!
Me gusto esto otra vez.
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