Tuesday, June 27, 2006

Paternidad de los instantes

Un instante será nuestro destino. Primero aclaro qué entiendo por destino: entiendo el cúmulo de cosas que suceden en una vida, pero jamás preestablecido y aburridamente a priori. Decir que sólo de un instante pende nuestra tragicomedia es exagerado, claro, entonces concederé que no sea uno sino un modesto puñadito de instantes-papás; la razón es que la vida siempre va a estar atada a esos segunditos anónimos y decisivos pero jamás a la totalidad de momentos, porque o estos son hijos de dicho puñado o sencillamente no sirven para nada.

Me acuerdo de un cuento de Borges, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, donde se dice: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Bueno, en mi caso también hay la idea de momentos cumbres, pero al revés. Borges habla de destino como fatalismo: ese momento insigne sería la fundamentación de todos los demás. Pero yo propongo (falto de maestría borgeana) a algún que otro momento como causa de los demás; cuanto menos su condición de posibilidad.

Así pasa que una decisión, en apariencia trivial, termina forjando nuestras felicidades y glorias. Que estarán escritas o no; eso nunca lo sabremos. Entonces elegís una carrera y conocés a ese amigo que conoce a esa que te va a enamorar. O más opaco todavía: elegís por error esa carrera que después vas a cambiar, pero en el intervalo conocés a ese amigo a partir del que, por una (aparente) insignificancia como una fiesta, conocés a esa misma del caso anterior. ¿Y qué importa si después es amor o no? Oscilará la calidad de instantes-hijos, pero no habrá modo de torcer esa repentina historia, por el simple hecho de que “lo hecho hecho está”. Y así nos vamos por un camino entre tantos otros, posibilidades innúmeras y huérfanas que andá a saber adónde irán a parar.

Esto, claro, si convenimos que hay personas irreemplazables, y que el llegar a un destino distinto no hubiera sido lo mismo. Porque sino el devenir del tiempo se hace anárquico y nuestra indiferencia no se la juega. ¡Cuidado eh! Ahora sabemos que los instantes-papás existen pero no sabemos cuáles son. Y se tarda en escrutarlos, quizás siglos; tal fue el caso del soldado romano que clavó las manos de Jesús: no tenía idea de cómo torcía la historia con cada insulso golpecito de martillo. Es inquietante: dichos instantes podrán pasar un año, diez o hasta siempre en el anonimato, del lado de la realidad al que el hombre aún no llegó.

Tuesday, June 06, 2006

El hábito

Todo ese barrio le encanta, pero su predilección más tierna es para esa cuadra. Se la puede ver haciendo tiempo, desparramada en el pasto del parque como una hoja seca más, hasta que se hace la hora y se pasea, sin excepción, por su cuadra de siempre. En abril el empedrado se viste del mejor amarillo en plaza, y sus pies, festivos, surcan los charcos de hojarasca a la manera de lanchas. El sauce de la mano de enfrente la entristece; por eso conviene que esté de la mano de enfrente. Y así se hace pleno el otoño y su paz. Pero el postre llega de noche: los adoquines de la calle trocan en una blanca opacidad que a ella le resulta lunar; lástima le da gastar tal belleza en unos cuantos pasos. Y nunca dar la vuelta manzana y pagar su boleto de nuevo: tal vez por inercia de boca de subte, tal vez por celoso afán de dosificar aquel tesoro. Puede ser muy infeliz durante las horas de clase pero a la vuelta de la esquina siempre llega la amnistía: la cuadra la espera vetusta y pacífica, con su sauce y sus enredaderas y neones. Es su magnánima reconciliación con el mundo.
Hasta que una tarde de esas vacías improvisó y cambió su cuadra por otras. Se topó con nuevos empedrados y árboles de troncos calcados y mudos. Los sintió indiferentes. Vivió el bochorno de verse en una ciudad brotada de manzanas y bellezas clonadas. Sufrió; sintieron el despojo sus pies peregrinos. Es que su cuadra ahora se fundía en una secuencia desatinada y terminaba por ceder. Y bueno, fue tal su desamparo que eligió un cordón de vereda cualquiera para frenarse y dejarse llorar. Porque: ¿tanta fortuna para ella sola? ¿Cómo podría retener ese otoño vespertino que la agredía y la mecía a la vez? Deseó mucho esa cordura que la invitó a cerrar los ojos y respirar, y fue entonces que, de golpe, un sol eterno cabalgó por sus párpados.
Perdida y urbana, cayó en el hábito de su felicidad más corriente.

Saturday, June 03, 2006

Breve y peculiar defensa de lo absoluto

Se disculpará el sesgo eminentemente filosófico de este texto, pero ojalá se sepa distinguir la verdadera razón que me lleva a escribirlo: atacar a la filosofía desde la filosofía misma, o al menos a la parte de ella que más me incomoda. Jactanciosamente se estaría sugiriendo una adolescente, modesta y hasta pueril, por qué no, antifilosofía filosófica. Si se me permite.

Arranco con Camus que nos dice ahí nomás en la primera página de su Mito de Sísifo: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio." Y más adelante amplifica hermosamente su provocación: "Nunca vi a nadie morir por el argumento ontológico". Claro que en verdad Camus no hace más que filosofar a la hora de poner en vereda ciertos matices de la filosofía misma, incluso hasta cuando exalta la histórica abjuración de Galileo que no se jugó por su verdad científica más preciosa. Porque tal acto es filosóficamente deshonesto, sí, y entonces relativizar la decisión del astrónomo es reconsiderar el peso mismo que la "verdad" ostenta en los vehementes y testarudos corpus filosóficos de los siglos de los siglos, por el mero hecho de no jugarse la vida misma en ese dilema que le impuso la Inquisición. Entonces, aquí parecería banal pronunciarse o no por la rotación de la Tierra alrededor del sol, puesto que al hacerlo no se ahonda en las vicisitudes más entrañables de nuestra raza. Pero yo no quería llegar tan lejos.

¿Defender lo absoluto, entonces? ¿Pero no iba a defenestrar, éste, a la filosofía? Sí, pero sólo a su aspecto que reconozco más frívolo e insustancioso. Su matiz monstruosamente deshumanizado. Qué sé yo si Galileo fue o no vanidoso o fútil a la hora de juguetear con su telescopio, pero sí que hay actitudes que me provocan absurda y recurrente picazón. Me voy a referir a dos asuntos puntuales y notables que, de distinta manera, pretenden sostener un potente absolutismo más allá de las instancias particulares y contingentes de nuestro terrenal mundo: platonismo y monoteísmo. Ambas teorías han sido vastamente atacadas, claro, pero acá me referiré sólo a dos o tres de esas piedritas en el camino de esos dos gigantes absolutistas. Para luego abogar por ellos, claro.

Empiezo con Dios que resulta menos académico y más digerible. El otro día escuché un argumento "lógicamente irrefutable" (epíteto este último tan repulsivo y rimbombante) en contra de la omnipotencia de Dios, que supongo se referirá a la divinidad de los vituperados cristianos. Dice masomenos así: si Dios es omnipotente, es capaz de crear cualquier cosa. Ergo, podrá crear una piedra muy muy grande y pesada, tanto es así que podrá crear una que ni él mismo podrá levantar. Si no la levanta, no puede que sea omnipotente. Ahora, si al gozar de omnipotencia es capaz de levantar cualquier piedra, entonces nunca podrá crear una piedra de tal tamaño que ni él mismo podría levantar. ¡Nuestra suprema deidad será incapaz de crear tal piedra! ¡Wow! ¡Magnífico, imponente, lúcido! Jamás se nos volverá a ocurrir, ni por asomo, tal cosa como la idea (o la sensación) de un Ser todopoderoso...

No tiene sentido acá buscar validez deductiva entre premisas y conclusión. El argumento ha de ser semánticamente brillante e intachable en el ámbito del lenguaje objeto de la lógica. Pero sólo en ese ámbito. Muy que les pese a estos malabaristas del símbolo y el rigor, los inefables hombres seguiremos elucrubando viejas y nuevas deidades que afiancen nuestra espiritual existencia a una creencia que la ampare, la refugie. ¡Cuanto menos el sentimiento! ¡La nostalgia de un absoluto, una comprensión, una Causa! Resulta inherente a nuestra raza el indagar en los más recónditos intersticios del orbe para luego imaginar candorosas o descabelladas energías o potencias que todo-lo-atraviesen, todo-lo-provoquen, todo-lo-sean. Desde Heráclito y su célebre logos. Etc. Etc.

Quizás mi repentina reacción a favor del cristianismo más casto sea también un efecto de la banalización total que sufre el espíritu religioso en la actualidad. Considero, por lo demás, que el cristianismo dista de ostentar una verdad consistente y ni que hablar de las cíclicas torpezas y atrocidades de su Iglesia. Pero no es a partir de vacuos razonamientos lógicos o supermegaarchiproducciones cinematográficas o literarias que vamos a desenmascarar esa pretendida farsa que - criticada con más razón que sin - se dice que monta su obstinada feligresía.

Rápido y sin chistar vayamos sin demora al segundo de los tópicos: Platón y su Teoría de las Formas. Como breve reseña para el total profano, Platón creía en un mundo de Ideas inteligibles, inmutables, eternas, reales y verdaderas que fundamenta nuestro ámbito sensible, plagado de imperfecciones y hombres miopes y errantes. (No por nada, obsérvese, tanta analogía se ha hecho entre platonismo y cristianismo). Nos encontramos aquí ante un nuevo absoluto, pulcro y diáfano, producto de la sofisticada intuición de un genio ya atemporal. Pero nuevamente aquí entran en escena las objeciones artificiosas y cesudas en exceso. Paradójicamente se las formula el mismo Platón, en el Parménides. Se podría apreciar desde mi imberbe perspectiva que tal cosa fue innecesaria, pero ¡qué admirable, che, que él mismo haya tratado de refutarse o cuanto menos cuestionarse! Hombría de pocos hombres. Y no olvido aquí que filosofía es también juego, simulacro y abstracción en lontananza, mal que me pese.

Un primer argumento cuestiona la extensión de las Formas, que pretenden ser un todo indivisible e inmaterial. Sin embargo, al estar presente (en el caso de que tal presencia sea concreta) una determinada Forma en cada una de las cosas sensibles que participan de ella, tal entidad inteligible se desvanecería y quedaría separada de sí misma, ya que los múltiples están obviamente escindidos. Es decir, un pedacito de Forma en cada cosa. Así lo manifiesta Parménides en 131c: "En cosecuencia, Sócrates - dijo - las Formas en sí mismas son divisibles en partes, y las cosas que de ellas participan participarán de una parte, y en cada cosa ya no estará el todo, sino una parte de él en cada una." Nuevamente estamos ante una maniobra hábil y pintoresca, pero que, según mi criterio, no menoscaba ni por asomo la profunda convicción plátonica acerca de la existencia de esencias a la manera de modelos y causas de lo que nos rodea. Otra de las cosas que sostiene el Parménides platónico es la sugerencia de que, al existir una idea de lo Grande en sí, no es conveniente aplicársela a las cosas, ya que unas serán grandes respecto a unas pero pequeñas respecto a otras. Sí, probable. Otra cosa bien simple: si seguimos con lo de la participación concreta y escindida, una cosa grande participará de una parte ¡pequeña! de lo Grande en sí. ¡Oh no, qué tropelía, vaya contradicción insoslayable! ¿Sería una incongruencia, ergo, seguir intuyendo una idea de grandeza que gambetee tales coquetos y engreídos palos en la rueda? ¿Habrá de resignarse nuestra regocijada contemplación a naufragar en ese gris océano de logicismo y plástico?

Veamos un último caso: el conocido argumento del tercer hombre, luego sostenido por Aristóteles. Nos dice que en su Teoría, Platón se vería obligado a apelar infinitamente a una Forma tras otra. Porque si lo Bello en sí es bello, entonces ¿cómo explicar qué es esa propiedad de bello que tiene lo Bello? "Y bue", diría socarronamente el astuto refutador de todo cuanto se le interpone, "acudamos al socorro de una nueva Forma". Claro, semejante regresión constituiría una enorme pelotudez gnoseológica. Acabaremos en un tsunami de Formas y al diablo con aquella distinguida élite de universales: "Y así, cada una de las Formas ya no será una unidad, sino pluralidad ilimitada".

Este argumento reprocha más cosas y también hay más dardos dirigidos contra el platonismo desde cualquier rinconcito de la historia. Y el disenso es grandioso, pero jode que a veces se ponga tan chinchudo y retorcido. Platón fue un espirítu sensible como pocos o nadie en este mundo, y su tendencia esencialista es entendible por lo inherente a nuestra miserable condición de seres mortales. Por momentos su visión es tan aguda y crítica que logra contemplar constantes humanas (véase República) que no dejarán de darse por siempre, mal que les pese a los predicadores del relativismo más descarado. Reitero, no es mi intención enaltecer aquí a Platón o a Dios o a "lo absoluto" referido en el título en sí mismos, en el sentido de posicionarme partidario de tales criterios de verdad, pero es hora de que notemos que hay hechos que van en serio y valen la pena apreciar con menos desdén o frivolidad.

Para terminar, me acuerdo de eso que le criticaba Ernesto Sabato a su compinche Borges. Denunciaba ese deliberado jugueteo filosófico que aquel esteta de las palabras siempre ostentó en su literatura, con su correspondiente desentendimiento de la realidad humana y terrenal. Sabato escribe en El escritor y sus fantasmas: "Pero esa clase de lector que con pavor sagrado se arrodilla apenas lee una palabra como aporía, toma por inquietud profunda lo que en general es un sofisticado pasatiempo." Y luego añade, haciendo referencia a la misma estéril actitud que, quizás, aludía Camus en la cita del comienzo: "Lo atrae lo que la inteligencia posee de móvil, de bipolar, de ajedrecístico; juguetón, inteligente y curioso, le atraen las sofistiquerías..."

Concluyo que sí existe una filosofía cautivante, esa que, una anónima tarde o noche del indiferente tiempo, nace del clarividente espíritu de un loco y deja su huella eterna. ¡En este sentido sí que debe interesarnos y hasta deleitarnos pasiones tan encendidas como las de un terco absolutista! ¡Qué maravilla el pensamiento, cuando se codea con las enigmáticas miserias y fuerzas del corazón! ¿Cuánto importa que Dios no pueda crear una piedra que no puede levantar? ¿Qué hay si las esencias platónicas incurren en falacias insoslayables?

Nada por agregar. Quizás un último aterrador vislumbre: que la filosofía sí (después de todo, como el sentido común suele acusar) se parezca tantas veces a esa virgen estilizada y casta que gasta sus días allí arriba, en la torre de marfil más displicente y absurda.