El hábito
Todo ese barrio le encanta, pero su predilección más tierna es para esa cuadra. Se la puede ver haciendo tiempo, desparramada en el pasto del parque como una hoja seca más, hasta que se hace la hora y se pasea, sin excepción, por su cuadra de siempre. En abril el empedrado se viste del mejor amarillo en plaza, y sus pies, festivos, surcan los charcos de hojarasca a la manera de lanchas. El sauce de la mano de enfrente la entristece; por eso conviene que esté de la mano de enfrente. Y así se hace pleno el otoño y su paz. Pero el postre llega de noche: los adoquines de la calle trocan en una blanca opacidad que a ella le resulta lunar; lástima le da gastar tal belleza en unos cuantos pasos. Y nunca dar la vuelta manzana y pagar su boleto de nuevo: tal vez por inercia de boca de subte, tal vez por celoso afán de dosificar aquel tesoro. Puede ser muy infeliz durante las horas de clase pero a la vuelta de la esquina siempre llega la amnistía: la cuadra la espera vetusta y pacífica, con su sauce y sus enredaderas y neones. Es su magnánima reconciliación con el mundo.
Hasta que una tarde de esas vacías improvisó y cambió su cuadra por otras. Se topó con nuevos empedrados y árboles de troncos calcados y mudos. Los sintió indiferentes. Vivió el bochorno de verse en una ciudad brotada de manzanas y bellezas clonadas. Sufrió; sintieron el despojo sus pies peregrinos. Es que su cuadra ahora se fundía en una secuencia desatinada y terminaba por ceder. Y bueno, fue tal su desamparo que eligió un cordón de vereda cualquiera para frenarse y dejarse llorar. Porque: ¿tanta fortuna para ella sola? ¿Cómo podría retener ese otoño vespertino que la agredía y la mecía a la vez? Deseó mucho esa cordura que la invitó a cerrar los ojos y respirar, y fue entonces que, de golpe, un sol eterno cabalgó por sus párpados.
Perdida y urbana, cayó en el hábito de su felicidad más corriente.

1 Comments:
No podia faltar mi comentario acá, jaja...
interesante el manuescrito!
saludos
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