Paternidad de los instantes
Un instante será nuestro destino. Primero aclaro qué entiendo por destino: entiendo el cúmulo de cosas que suceden en una vida, pero jamás preestablecido y aburridamente a priori. Decir que sólo de un instante pende nuestra tragicomedia es exagerado, claro, entonces concederé que no sea uno sino un modesto puñadito de instantes-papás; la razón es que la vida siempre va a estar atada a esos segunditos anónimos y decisivos pero jamás a la totalidad de momentos, porque o estos son hijos de dicho puñado o sencillamente no sirven para nada.
Me acuerdo de un cuento de Borges, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, donde se dice: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Bueno, en mi caso también hay la idea de momentos cumbres, pero al revés. Borges habla de destino como fatalismo: ese momento insigne sería la fundamentación de todos los demás. Pero yo propongo (falto de maestría borgeana) a algún que otro momento como causa de los demás; cuanto menos su condición de posibilidad.
Así pasa que una decisión, en apariencia trivial, termina forjando nuestras felicidades y glorias. Que estarán escritas o no; eso nunca lo sabremos. Entonces elegís una carrera y conocés a ese amigo que conoce a esa que te va a enamorar. O más opaco todavía: elegís por error esa carrera que después vas a cambiar, pero en el intervalo conocés a ese amigo a partir del que, por una (aparente) insignificancia como una fiesta, conocés a esa misma del caso anterior. ¿Y qué importa si después es amor o no? Oscilará la calidad de instantes-hijos, pero no habrá modo de torcer esa repentina historia, por el simple hecho de que “lo hecho hecho está”. Y así nos vamos por un camino entre tantos otros, posibilidades innúmeras y huérfanas que andá a saber adónde irán a parar.
Esto, claro, si convenimos que hay personas irreemplazables, y que el llegar a un destino distinto no hubiera sido lo mismo. Porque sino el devenir del tiempo se hace anárquico y nuestra indiferencia no se la juega. ¡Cuidado eh! Ahora sabemos que los instantes-papás existen pero no sabemos cuáles son. Y se tarda en escrutarlos, quizás siglos; tal fue el caso del soldado romano que clavó las manos de Jesús: no tenía idea de cómo torcía la historia con cada insulso golpecito de martillo. Es inquietante: dichos instantes podrán pasar un año, diez o hasta siempre en el anonimato, del lado de la realidad al que el hombre aún no llegó.

1 Comments:
Acá estoy, fiel a la lectura.
Me he puesto a pensar en estas cosas del destino, pero nunca he alcanzado demasiadas conclusiones.
Supongo que a veces esos instantes padres se pagan caro. Y otras tantas, no se podrían mejorar. De cualquier manera lo único certero es eso: "lo hecho, hecho está"
y aquí vamos...
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