Recién la música me hizo acordar a vos, tanto que me acordé también de que escribo, esa costumbre que termina siendo, pobrecita ella, mi última forma de sobrellevar la vida. Evadía tu desgracia que debería sentir mía, pero en vano porque de golpe alguien canta:
"-¿Dónde está la canción que me hiciste, cuando eras poeta?", "-Terminaba tan triste que nunca la pude empezar". Lo escuché recién y se me fue una risa agria, de esas que duelen en la garganta y que todavía no me explico. Oh querida, es que parecióse tanto a tu última torpeza, ¿aún te acordarás, allí donde estés? Me reclamaste un amor que yo ya no podía sentir, esa vez. Viniste empujada por el alcohol, eso no lo ignoro, pero pareciste tan espontánea… (claro, eso lo noto ahora, ahora). “Si vos me querías, Javier, ¿cómo podés ahora ser tan indiferente con vos mismo?”, recuerdo que reclamaste, estúpidamente lúcida así de golpe, vos que siempre nadabas en una inconsistencia tibia y viscosa ¡y de eso te jactabas, pero ahí lo reprochaste! No ignoro tu tendencia a la contradicción (de qué me enamoraba, sino) que llegué a entender deliberada, pero hubiese sido tonto (ah, pero tu deliberada tendencia a la tontería…) que ahí creyeras eso, que yo podría así como así volver a mi tímida ilusión, que el amor se podría reavivar tan sencillo como la leña apurada por el papel de diario. ¿Dónde estaba el amor que me dijiste, cuando eras poeta? No sabía, querida, algo que llaman orgullo lo habrá escondido pero de verdad te digo eh, mejor respuesta no tuve que no responderte. ¡Y yo que no ignoraba que ignorabas! Ahí pretendiste saber, te aferraste a una evidencia y pediste absolución. Te agarraste de las palabras que una vez insinué, como si tuvieran alguna garantía. Pobrecita culpable, yéndote al infierno nos lavaste de culpas a todos.
Releo mi texto (¿mi oda, mi elegía, mi diatriba?) y noto que tres veces repetí “no ignoro”. Y salta a la vista: se me hace difícil ignorar. Ayer justo pensaba lo feo que es ignorar, pero lo mucho más feo que es saber. Y yo sabía tanto de vos, anticipándome a cada una de tus acrobacias. (Es decir torpezas). Justificándolas, gil, me dirá un amigo que nunca te consintió. Releo mi texto y sonrío con el “todos” que va al final del párrafo uno. Todos te queríamos, y ahora sería fácil remitirme a los horribles celos que me daba verte con fulano o mengano, pero no ignoro, no, no, que en el fondo me alivia que exista un “todos”, y estoy seguro que el respiro-suspiro no me pasa a mí sólo sino a todos. Y al margen del golpe y su machucón, de algún modo tu final nos expurga. No por el hecho de no sentirnos solos, ¡no somos diez hermanos que lloramos a un mismo padre! Para nada, acá se trata de justificar nuestros odios hacia vos, las estúpidas veces que nos habremos sentido mejores que vos y ahora de repente tu desgracia que viene a darnos la razón. Si querida, somos capaces de pensar eso y tanto más, hasta somos capaces de sentirte nuestra mártir; tu gran desgracia es nuestra gran excusa para seguir en paz.
Algún conocido dirá, al leerme, que finjo el cinismo, que en realidad estoy hecho pomada. Y es verdad, pero lo otro también. Si me desnudo (y para eso escribo, cuando no doy más y mi piel siente ya el infierno) ventilo las dos cosas: queda ese anónimo profesorcito que jugó al romance con una loca aleatoria y así sucumbió, pero también se ve el desdén y la hipocresía, la sucia conciencia que se hace la tranquila, se piensa así de mala fe nomás eh, pero nomás se piensa así y eso repugna. ¿La verdad, querés? Te quise como loco, te soñé pesadilla, utopía, tonta, nimia, poética, alegre, sombría, común y corriente, desnuda, angelical. No es tanto un trámite que mueran las veces que pasé con vos, no es el recuerdo como la carne. Por eso cuando supe que te habías matado supe que se me vendría el caos, que inasible y parca como te mostrabas eras mi mal más necesario. ¿No te explicaba yo, que llorar es forjar recuerdos? Lloramos una equis cosa (linda o fea) y eso es como fijar en el alma la honda huella, el llanto es así el artífice de ese módico archivo de emociones que gestamos en una vida. Te lo sentenciaba así, con una arrogancia que te irritaba y hasta te daría lástima. Pero al final era cierto, no podrías refutarme tan sencillo si me vieras ahora más callado, leyendo al mundo con más indiferencia que antes. ¿Exorcisarme de vos, ergo? Ah vaya, nuevo cinismo, cruenta bajeza. Pero sincerémonos, hombre: para eso escribo y para eso la segunda persona del singular, entonces.
Escribo desordenado según los recuerdos que se me vengan. Les souvenirs, voilá. Los inspecciono y les hago el catálogo, notarías si leyeras que detrás de cada oración hay un recuerdo agazapado. Entendé que si los dejo correr alegremente por el living esto es el acabose; nunca soporté ser anfitrión de tanto. Aún así bendigo tu pérdida, tanto me alivia ahora poder cambiarte por cualquier otra. Me acuerdo de los sábados. A las once llego, me decías, y yo que me negaba religiosamente a las demás, limitándolas a la cotidiana falta de pena y gloria que después de vos podría ofrecerles, dejadas para otra oportunidad. Pero te demorabas y a veces faltabas (pero sí Javier, me quedé por mamá, llora tanto desde que papá se las tomó…) y yo nunca te creía, o en todo caso me importaba un carajo la pensión de tu viejo. Era común ignorarte o fingirme superado, pero cuánto te he querido. Con violencia, con ternura, con asco, con prescindencia o fatiga o sed, rompiendo ladrillos, de la manera más cursi. Con vos sonreía más que de costumbre, sonreía a la par tuya aunque ¡no ignoro! que para todos tendrías esa facilidad. Con vos la felicidad no era más que un café o una sábana de flores, cuando llegaba la hora de los grandes planes mandabas todo a la mierda. Actuabas - mentías - tan puntillosa la torpeza, la niñez larga. Yo, empecinado feligrés del futuro y vos tan escéptica o juguetona. (Llegué a creerte filósofa, no te rías, aunque en el fondo sólo serían tus pocas ganas de trascender). Lo único que te gustaba de Borges era su desdén por el tiempo, y me lo citabas para eludir mis adultísimas chiquilinadas: que el hoy fugaz es tenue y eterno, que no espere ni otro Cielo ni otro Infierno. Todo muy lindo y hábil, pero para ese entonces yo aún esperaba, y paralelamente a tu desdén ingeniaba un futuro más fértil. Funcionaba así mi cerebro: te pensaba un día hartándote de todo y cobijándote en ese que, entre tantos, decía que te quería, sospechando que era el único que no te mentía. Te dará risa, pero a mí me servía para dormir tranquilo. ¿Pero por qué elegirme entre todos, si lo mío también sería miedo a la muerte crónica, a no llenar de sentido las horas, meros ojos gastados y de repente encandilados de color? Yo tejía con paciencia; te esperaba, sutil Ulises. Tejía la red infalible que daría con vos, caerías en mí como la araña cansada y mareada después del trajín de una vida. ¡Y la otra noche del bar, entonces…! Pero ahí me diste lástima, me sentí más persona y por eso callé. Te quedaste con mirada nerviosa, hubiera sido tan cómodo besarte entera como siempre, sino fuera porque esa vez demandabas más que una calidez, un mimo. Y no quise hablar, la cosa es que jamás podría con la canción que pedías y que alguna vez te balbuceé, caradura. Y aparte tu cara empapada, tu pelo remolino, tenías moco hasta en las orejas, cualquiera hubiera creído que eras poca mujer. Yo también. Digo, de metáfora en metáfora, que me enamoré de un maquillaje que yo mismo te puse, me enamoré de mí mismo en mis ganas de merecer una realidad que nunca serías.
En fin, era claro que no éramos el uno para el otro, y lo sabíamos (¿lo sabías?) hasta en nuestros momentos-sábanas o momentos de la mano cuando ya se intuía el cortocircuito del después. Aunque era simple desligamiento, nada de mega-conflicto o drama mexicano. Te ibas con silencio, como hace una lenta hoja seca con su árbol. Desaparecía tu aura por semanas y yo volvía a mi rincón, enseñaba mis siete horas diarias y cada tanto te buscaba entre todos. Así nos conocimos, viniste todo un cuatrimestre a mi clase andá a saber si para recibirte de algo o para escucharme. En tu caso hasta podía tratarse de pendeja calentona. (¿Puedo insultarte?, si total no estás. Tan fácil que no estés). En realidad te quise porque con vos se daba algo único: me sentí un poco, de rato en rato, todos los hombres. Era solamente con vos porque con otras no pasa: a veces sos el tipo seguro, otras el que anda perdido, otras magno protector o nene moquiento, otras el intelectual pero otras el aprendiz, y así, según el espejo en que te mires. Y eso molesta, eso es elegir de antemano un camino cuando hay tanto a qué asomarse. Y por eso en nuestros momentos me creía dueño de todo pero tus ausencias se llevaban ese todo. ¿Y cómo no odiarte, maldecir al puto destino? Ahí se explica que tantas noches fuera yo el ausente, que me llamaras como loca y yo inventara lo mío. Si me reprocho algo es haber siempre pretendido más de la cuenta, porque el resto de mis culpas fueron siempre tan naturales: vos andabas con cuanto boludo se te aparecía, y yo trataba, de boludo nomás, de emparejar tus crónicas deserciones. A tanto llegué que mirá, tuve que casarme, tuve que mostrarme casado la vez de tu última torpeza. Terminaríamos cansados y a la intemperie y yo no iba a correr ese riesgo a esta altura de mis días, ¡mis únicos días después de todo!
Otras culpas que arrastro son quizá menores, casi inocentes. O de las más atroces eh, porque con vos resultó que nunca se me pasó nada por alto, y ser un incómodo inquisidor de todas las cosas puede ser algo poco perdonable. Digamos que ni bien di con vos, en mis juegos intelectuales comprendí que eras ese coqueto estereotipo de mina embrujada con que todo bostezado veinteañero sueña, ¿entonces cómo abrirme, después, a la novedad? ¿Para qué creer, después, que nos inventábamos una felicidad única? Pero no quiero entrar en ideas bribonas que más tarde se deshacían con tu llamado o tu beso. Acá importa el asombro que trato de no simular. Porque apenas pensándolo se hace obvio que elegirías unas pastillas como frutilla del melodrama. Y nosotros que nos agarraremos a nuestro lado, te lloraremos por convención o angustia hondísima y sintiendo mucho frío, pero las charlas en tu honor van a tener ese dejo de lástima que siempre es de plástico. Fue una pena pibe, era tan simpática, siempre tan de buen humor. Uf, si era pura bondad… Pero yo te conocía y en lo que vendrá sé que no seré tan magnánimo, porque sé que tus simpatías eran en el fondo anticuerpos, eran una colorida terapia de dejarse resbalar o un patinaje sobre el hielo del olvido. Igual eras para todos un resplandor esencial, pero al evocarte en las charlas (y tan asqueroso va a ser) vamos a fingir un pésame convencional. Ah, pero cómo no sabernos un poco más huérfanos.
Al final no sé qué significaste, por lo visto es algo interesante porque me hacés escribir cuando tengo una mujer durmiendo y que espera un hijo. Oh, en una de esas voy a ser un tipo contento. ¡Pero hasta qué punto el egoísmo…! Desconsiderado de mi parte, olvidé que estabas muerta. La termino, te dejo, no quiero serte más molestia. ¿Te quise por torpe y te rechacé por torpe? Sí. Pero te pusiste tan tonta, y yo tanto no pedía: toda tu vida tropezando con todo, recién pudiste figurarte la verdad cuando me viniste con tu planteo. Tan simple todo: tu vida a secas, es decir, tu alternativa de días sensatos y tibios, era al lado mío, querida, tu vida tenía que ser yo. Tarde amaneciste y tu último tropiezo, claro, fue contra mí. Te dejé al mismo tiempo que la vida, al chocar contra mí chocaste con tu ser miserable. Y me fui, y te fuiste. Ahora no sabremos cómo rehacernos una alegría, no habrá modo de renacer, vos tan muerta y yo tan muerte, tan esa vida que eligió soltarte.