Fines de Julio
No sé, no puedo entender por qué empezó este silencio, este elástico de muerte que carcome nuestras miradas, de poco en poco. Somos una familia tipo, que como todas ha tenido sus glorias: las primeras tortas y sus velitas, la primera comunión a los nueve, la foto en mundo marino, etc. Sin embargo hoy es sábado a la noche y ya se respira lunes y pesadumbre.
Creo que todo empezó con Julio. No, no puede ser... se habla acá de un proceso bien decano, reducirlo a un turbulento puñadito de días es ingenuo. Pero sí, si es tan evidente, hasta Julio manteníamos la cordura y después de Julio (de su "después" forzado, deliberado, pero ya hablaré de eso) padecimos esa conquistadora mueca de agriedad que les llega a los que ya han caído, a los que se esconden de la luz. Y ahora nos pudrimos en nuestras camas, nuestras teles, nuestros trabajos, como ansiando un apocalipsis que se demora en aplastarnos de una vez.
Ha sido muy negro el principio de mi cuento, por lo que ahora le aplico - oh benévolo escritor -algo de contento. Sépase que Julio no era ni un mes ni un asesino serial ni un fatídico hombrezuelo de sobretodo gris: Julio fue nuestro gatito. Era, encima, un gatito lindo, de esosblancos como jabón y juguetón siempre. Debo confesar que a veces me ha hecho reír demasiado el tigrecito, tanto que se me olvidaba la cordura que manteníamos por entonces. De todos modos fue efímero eh, no más de tres días duró Julio entre nos.
Para nada curiosa la estadía gatuna si miramos hacia atrás: basta con rememorar a los peces difuntos, los hamsters hediondos y rompepelotas, la tortuga abandonada con la casa de mi infancia. Fácil ahora interpretar que eso era un signo que nos decía que nosotros con los animales éramos como la luna con el sol. (Respectivamente). Pero para ese tiempo ¡uno creía!¡uno se esperanzaba, mierda! Y me pareció que no estaba de más probar con una mascota de las grosas, animarse al bicho peludo, oloroso y defecante, de cuatro patas y mirada singular, llámese gato o perro.
A propósito de la antinomia, siempre me pareció tonto eso de que la gente ama a los perros y odia (teme) a los gatos. Me da asco la facilidad con que la humanidad ha etiquetado a sus coterráneos: perro=amigo, gato=traición, león=valentía, hiena=cobardía. Etc. Está bien que hay perritos tiernísimos, pero también pueden resultar ¡tan grotescos!, por no decir vulgares y por eso aburridos. En cambio lo veo al gato siempre tan en su armonía, danzando en su eternidad felina, con su sosegado andar por los pasillos y los tejados. "Dan miedo", se arguye por ahí. Y yo me y les pregunto, con provocación: ¿desde cuándo lo bello no da miedo, eh?
Pero más allá de mis teorías anti-éticas para el animal (bien natural que no haya ética paraellos...), Julio fue una picardía de adolescente, un desafío a una autoridad de mamá y papá ya por entonces vapuleada. Yo notaba que una incierta pero linda aura iba amainando puertas adentro. Repito: no era el festín lo que nos caracterizaba sino la cordura, pero no ha mucho que sonreíamos con más rutina, ¡y si nos visitaras ahora, abuelo! Lo cierto es que por entonces ya éramos bostezo y desdén. Por eso pensé en Julio (porque desde antes de tenerlo ya era Julio, como aquel escritor) como mesías o cuanto menos arlequín.
Una buena noche lo traje, pero su entrada fue intempestiva y de poca gracia. Mamá se puso a los gritos y no tardó en refugiarse en su tele y su aposento. Papá quedó a mitad de camino como siempre, no sabiendo si imitar la histeria de su mujer o ponerse a reír a lo loco con el nuevo huésped que ya corría danzarinamente por debajo de las mesas y las sillas, escudriñando cada centímetro de alfombra y esquivando patas de mesa y de personas, como si fuera un explorador que sortea bosques de troncos toscos y chabacanos.
Es evidente que la gente ama a los animales porque apaciguan la soledad, hacen las veces de novios/as o como mínimo interlocutores, colorean un poco el devenir del tiempo, inyectan la realidad con inocencia, paraíso e instinto. En mi caso no era nada de eso en particular o seguro sería todo eso junto, por lo que no tardé en enamorarme de la infame bola de pelos. ¿Cómo no encariñarse, si de verdad que cumplía su rol? Ya me imaginaba a mí metido en el tedio del estudio cuando de repente irrumpiría Julio con sus patitas inquietas y su mirada de yonofui.
Estaba perfecto que entre los alicaídos ojos que solían mirarme, de golpe lo encontrara a Julio y calmara bastante mis ganas de evadirme, que siempre eran muchas. Porque si bien es recién hoy sábado a la noche que la destrucción se ha consumado (las once menos cuarto y ya se huele la pesadilla, atrás quedó la sobremesa y la saciedad), de muy lejos nos viene siguiendo la tristeza. Que, ¿digo no?, por más que se estire día a día no pierde su gravedad, si se la siente.
Esa primera noche llevé a Julio conmigo y pernoctó en mi dormitorio. Creo que fue como un axilo para el bicho, y noté que él también lo entendía así porque lo primero que hizo fue esconderse bajo mi cama, como escapándose de un tirano impreciso pero total. Igual, a la horita ya estaba lo más pancho tirado sobre la colcha y yo acepté cortésmente que durmiera conmigo. Fue incómodo porque nunca había dormido con otro ser en mi cama. Entonces me despertaba cada tanto, volvía del sueño y me encontraba a Julio a veces impasible, otras despatarrado, otras acurrucado y otras observándome. (Claro que yo miraba primero y él correspondía luego). A todo esto era ya de mañana, y cómo no obnuvilarse con la bola infame mientras desayunaba sus cereales con inhumana inocencia. Ahí estaba la clave, su inhumanidad.
A las diez por lo general no hay nadie en casa excepto yo. Entonces solté a mi amiguito y correteó por el living, llenando de tierra y pelos cuanto sillón montaba. Yo lo observaba encandilado y creí formar una simbiosis mágica con Julio, la de los seres tan disímiles que sin embargo se juntan y se tocan y se atraen en ese infinito aluvión de contingencia que algunos llaman, aventuradamente, mundo. Hasta la llegada de mamá, cuando hubo que regresarlo al bastión nocturno, pasé con Julio los momentos más verdes, entre piruetas y confesiones y algún que otro rasguño. Cuando llegó la cena hubo que cenar con la familia, mientras Julio cenaba solito en su jaulita de siempre. Y ahí, en la mesa, soporté la desaprobación categórica: que tiene olor, que rompe todo, que sería más adecuado probar con un perrito. Pero yo no reparaba en sus excusas, que como siempre no pasaban de excusas. La familia rechazaba a Julio por razones de química, la incompatibilidad era básica y lapidaria. De todos modos yo no cantaba derrota, y cuando volví a nuestro bastión comuniqué a mi protegido que la resistencia apenas empezaba, que el correr de los días y el encanto que yo veía en Julio ablandarían esa robustez en los gestos de mamá y la asquerosa aquiescencia en papá.
Pasamos la segunda noche y el día dos me empezó con mocos y estornudos. Y esta vez no era una ventana abierta o un pie descalzo, sino alergia. Pobrecín Julio, con qué estupor me miraba escupir y estornudar mientras yo no podía evitar un ligero reproche. ¿Es que yo tampoco compatibilizaba, es que la bella simbiosis no era más que un cuento de hadas, una lontana utopía preadánica? Al carajo con la alegoría, seamos claros: yo podía maquillar el desajuste y seguirqueriendo a Julio, ¿pero cómo ocultárselo a la familia? ¡Ahh! Ya lo veía a papá sonriendotriunfante, todo ese semillero de pelambre al fin tendría su trágica razón de ser.
Y así fue nomás: "¡la gota que rebasó el vaso!", acusó mamá, mitad histérica mitad contenta, al enterarse. Y yo, que nunca lloro, lloré. Volví con Julio y lo abracé tanto tanto que me ligué sus arañazos y sus alergénicos. Pero después, ya calmado, entré en razón. ¿No era, acaso, motivo suficiente para deshacerme de Julio el que me propinara tanto moco y bacteria? ¿No era Julio también el culpable de la fea convivencia junto a mamá y papá? Pobre bicho, en su cristalina condición de animal era tonto (cosa de humanos) reprocharle tanta mierda, pero lo cierto eraque, a esa altura, su intromisión era más mala que buena. ¡Era malo che! No dije nada en casa y me fui a la facultad, llenando el tren y los subtes de reflexiones y estornudos. Si bien primero pensé en qué hacer con Julio, luego pasé a pensar qué hacerle a Julio.
Decidí lo más impulsivo y simple y a partir de lo que más tenía a mano. Volví tarde a casa y no fui a una farmacia porque era tarde; ir a un veterinario, en todo caso, hubiera sido ridículo. Cuando entré papá me preguntó qué pensaba hacer con el gato, pero yo no respondí y entré al cuarto. Se exhaltó Julio al verme llegar, gracias a esa increíble agudeza que los gatos tienen en las orejas. Igual ni me miró; siguió en la suya lamiéndose la panza. Ya anticipé que mi decisión era precaria: agarré la almohada, esa que de chico fue mi amiga, y la puse por encima de Julio. Fue fácil al principio pero segundos más tarde Julio se movía convulsionado y maullaba, lloraba, gruñía. Era esa absurda lucha que emprende todo ser cuando ve que va a dejar de ser. Lucha que está cantada que perderemos, pero no obstante Julio luchaba.
Hasta que calló y calló la casa. Al ir al living, con el hecho consumado, no noté sorpresa en la familia. ¿Sabrían, no? Yo creo que sí, que al final papá y mamá eran sabios y adivinaban (¿urdían?) el desenlace. Sabían que desde un principio éramos nosotros o él. Del resto tenía que encargarme yo, que bastante grandecito ya estaba como para no entender. No hablé (a buen entendedor..., ¡ja!) pero me senté junto a ellos, aliviado y ya con menos mocos, hasta que se hizo de noche y cenamos a hora prudente. Y ahora duermen mientras yo velo, mientras Julio el impertinente sigue encerrado y yo cuento su metida de pata, no sea cosa que usted, señora,también quiera intentarlo en su casa.
