ay, vocación de buzo
A mí no me vengan con tonterías porque yo no hago otra cosa que no sea profunda. Tal es mi desilusión cuando voy a una quinta y en su pileta hago siempre pie; ¡qué horror que no haya lo hondo! Lo mismo me sucede con los mates a la mañana, los hongos en los pies y ¡hasta con los humanos! De hecho, mis muelas rechinan cuando oigo de una chica alguna pelotudez, como por ejemplo que quiere ir al baño o que aún espera a su príncipe celestial. ¡Qué desagradables, los hoyos de golf, las huellitas en la playa, el pozo que cavó un nene de tres años! Es una pérdida de tiempo para mí ir al médico cuando tengo laringitis, sabiendo perfectamente que la medicina del alma aún no está descubierta. ¿Y en mis viajes? No soportaría un solo paisaje que no me enseñe, tal sería mi encono al subirme a una montaña rusa del ratón mickey.
¡Cómo me revienta que en una charla de ascensor no se saque el tema del olvido metafísico del Ser en Occidente; qué pena que en las camas se hable tan poco de lo ilusorio que es cruzar un puente y creerse del otro lado! ¡Gentes que se broncean! ¿No ven en eso una teología luminaria, la bendición de la razón divina?
Me caen mal Star Wars y las novelas policiales casi tanto como el nefasto hecho de que se miren más culos que almas. ¡Vocación de olímpico buzo, tal es mi suerte! Amo las chicas psicólogas porque eso indica que saben explicar la trama de cada noviecito que han tenido. A mí no me vengan con filitos posmodernos e insustanciosos, eh.
¡Ay, ay, ay, quién nos curará de lo ligero, de los diálogos con remiseros o con tíos esporádicos o hasta con peluqueros, esos beatos de la frivolidad! Mis cachetes se ruborizan con los jumpers de las chicas del polimodal, pero estallan de júbilo con un Picasso o con el crepúsculo de un acantilado en el sur o con Beatriz Sarlo. ¿Y los subtes, qué razón de ser tendrían si no viera en cada pasajera un amor de mi vida en potencia, acaramelado y apaciguado como un domingo? Desde que no miro tele río más poco, es cierto, pero mis minutos se cotizan en bolsa cuando los invierto en ser el sujeto cartesiano o el proletario que toma conciencia de clase. Debo de ser un meditabundo pez espada que se ofuscara tantísimo con los platos playos y los boleros de manzanero.
¡Y cuando percibo la ontológica limitación del Ser en una muzza de sólo cuatro porciones! Ilusos comensales, es en el paraíso de las pizzas - que, doy fe, he contemplado - donde debería vivir yo. De la gramática me he enamorado porque cree en los sustantivos abstractos, pero sobre todo por su modo de detectar adverbios de modo y sujetos tácitos. Ah, lo tácito, lo esdrújulo, sientan el placer estrambótico de pronunciar eso.
En fin, yo sostengo que donde no me caiga largamente no me es lícito indagar; donde no sienta el vértigo pedregoso de un aljibe mi corazón no tiene nada que hacer. Voy por la vida profundizando, para mi cerebro es cuento chino eso de las dos dimensiones de los egipcios. Mi alma ya es de atmósfera lunar, tan aparatosa erra ella por los pantanos insondabilísimos de cada jornada gregoriana. En esa profundidad ando y así mi caída es siempre y llorona; con los días me voy hundiendo en una gelatina sobria que no es más que la estupidez de un ojo petulante.
