¿por qué sonreírle a la vida? La siguiente postura parte de un cálculo bien simplón, abordémoslo: vivimos en un orbe en el cual la nada es la norma y el ser es la excepción. Es un disparate afirmarlo y tampoco es aspirar a la consistencia lógica. Por eso, despojados de academicismo, el manoseo de conceptos se torna casi que orgásmico.
¿qué entendemos por la nada?
lo más común: en cuanto a cantidad, la mayoría; en cuanto a calidad, lo peorcito de la Creación. La nada es, filosóficamente, el género de todo lo que no es. ¿Y qué es lo que no es? (¡wow!) Lo que no piensa, lo que existe pero que no sabe que existe. Un ladrillo, un tornado, un río, un can, el planeta Saturno. Eso que se sujeta al devenir sin chistar, el flujo y reflujo atónito de los ciclos cósmicos. Los clásicos habrían hablado de la diferencia específica de no ser racional. Prefiero esquivar ese convulsionado epíteto; vamos a hablar, simplemente, de lo que no elucubra sentimientos o pensamientos.
¿qué entendemos por el ser?
Sabemos que la nada tiene quórum. Ahora bien, ¿el ser, entonces, queda reducido al ser humano? Sí. Pero hete aquí que el ser humano no se reduce al ser, sino que hasta en él mismo es la nada aquello que predomina. Una vida de homo sapiens alcanza un promedio de setenta años. Ese periodo es el ser: lo que llora, juega a la pelota, poetiza, hace guerras y paces. Todo lo que estuvo antes para él es la nada y todo lo que vendrá después de su muerte será nuevamente la nada. Por lo tanto, en el hombre individual ocurre lo que en el universo: por mucho gana el vacío. Otro tanto ocurrirá con el hombre en tanto especie, puesto que el tiempo que ocupa en la historia universal de la eternidad es ínfimo, no más que un puñadito de milenios.
Entonces tenemos que la nada es patrona témporo-espacial de todo lo que existe. (Claro, la nada no es, pero sí que existe, ¿sino cómo acaricia la vieja a su caniche, qué malvones habrá de regar, con qué agua los regará? En la existencia está comprendido tanto el ser como la nada. Ah, tal como yo los uso, que no se tome en serio.)
¿por qué sonreírle a la vida, entonces? Porque de la vida, si se entendió lo anterior, sólo disfrutan los seres, nunca las nadas. ¡Seamos filosóficos! Dejemos de lado por un momento la poesía o la psicología o la religión trasmundana. Vayamos a esta ontología de cambalache: tenemos que somos los únicos que somos, cuanto mucho podría colarse algún marciano. Pero el privilegio es de quien escribe esto y de los que potencialmente podrían leerlo… y nada más. Una rama, un cangrejo, una bolsa de polietileno jamás podrán advertirlo.
