Thursday, December 28, 2006

Encanta ir andando sin meta. Hay un placer entre romántico y perverso en ese frenesí de pasos furtivos que es una caminata borracha. Borracho cada nervio del muslo, ávido de caminar y nada más. ¿Se dan cuenta? Dirigirse hacia algo por el mero deleite de atravesar, de sortear, de naufragar - si es preciso - a cada baldosa rota. Sabemos ahora que lo épico es no pretender un objetivo.

Es cuestión de saber (pero en el sentido de saborear). Chupar cada sinsentido hasta vaciarlo de pánico. Porque el absurdo, claro, a priori nos paraliza. Caro pariente del miedo es esa gris certeza de ser un granito en las arenas. Apremia no encontrar ruidoso escalafón que medie entre un alma y un ciprés. Entonces ubicarse una noche de martes, pasadas las doce, desplazado de un mundo ya emplazado por la tevé y algún que otro deber que siempre ajusta y cercena cualquier brote de luz. Plantarse, noctámbulo, exiliado del Hogar, paseándose por un barrio que de tanta oscuridad no dice ni mú. El aire sofoca de tan oscuro, pero por suerte una brisa persistente viene al auxilio. Es ese mismo frescor que mecía tu pelo las noches en la Costa, con la bermuda de papá – jefa y loor - y la malla entera de tu hermanita. (La palita amarilla, ¡ah!, qué justa proporción... pero todo eso ha caído). Ahora esa brisa de la retornante naturaleza también narcotiza; embelesa el trote. Reís como un neurótico cuando una oscura parte de tu ser anhela que la calle no termine nunca. En realidad vas con un fin, te espera una tipa que estás seguro no recordarás en un par de meses. De viejo la englobarás, campechano, entre una de las tantas cañitas voladas a un cielo de incertidumbre pajera, de color álbum. Le da asco a una parte tuya, la más severa, que la relación humana sea tan ligera y casual. Tan egoísta, no ocultará tu ojo cierto desdén cuando ella pida más de la cuenta.

Pronto comprendés que exigir es cosa bien necia y arreciás la marcha, ya extática. Tus muslos van galopantes y estallan de goce cada vez que no saben lo que pisan. La oscuridad cega partes del piso ajetreado y cada tanto tropezás con una raíz o un pozo repentino. Alto ahí: ¡Uno quiere amar, siempre! Que nadie tilde al espíritu absurdo de cemento o piel de reptil. Pasa que con los metros se pierde el candor, a veces de a migajas, a veces como en un alud que va ganando los campos de girasol. Y luego ya es un cinismo considerable, cierto; como una melancolía borroneada por un dedo. Entonces a simple vista un andante que jerarquiza y reduce su entorno a un desparramo de estrellas – por el solo hecho de ser constantes – y desecha al resto por verlo aparatoso...sí, puede parecer un reverendo mezquino. Sois inquisidor de cada hoja seca, ojo prepotente. ¿Pero cómo esquivar, por largo tiempo, la náusea de desnudar la coherencia, de concebir sólo a los propios movimientos como dignos de ser valorados? Ah, y el firmamento antes referido, como escapatoria casi divina, pero no debería pasar de mera admiración.

Quería igualmente describir de manera llana ciertos hechos. Primero ese susto de sentirse un descarriado pero también la posterior complacencia de saber que ninguna otra opción puede ser más auténtica y, a la vez, más afortunada. Saberse en una cama ya de por sí suena a cementerio; pensarse discutiendo y argumentando sobre un tema notable es lo mismo que darle de comer a las palomas o emborracharse en un boliche de zombies. No es que sea lo mismo sino que da lo mismo. Eso tranquiliza un poco y vigoriza más el andar, lo disfraza hasta de fructífero frente al juicio de la parte más severa de tu ser, que aún cuestiona y se ruboriza.

Importa señalar que no se trata aquí de pululantes manantiales de pajarillos y burbujas, o de praderas con ñandúes que llevan estandartes de emoción. Nada de eso: el paisaje es inhóspito; de suerte que una vía de tren se interpone y no sabés pa´ dónde rumbear: tu misión es seguir la Calle y sólo está la especulación (el deseo) de que más allá de la vía prosiga. Entonces ladeás la estructura de hierro y es una aventura sórdida por yuyos plateados de tanta luna. La sensación de ser un desahuciado abraza la conciencia principalmente a la hora de cruzar esa vía. Por un momento ha titubeado ese magistral paso de hombre socarrón y entendido; predomina el ridículo, por más que nadie observe, aparte de tu lado severo. Pero cuando se sortea la vía vuelve todo a la ¡normalidad! y proseguís contemplando los números pegados en las puertas y las ventanas anonadadas que parecen contener la respiración a tu paso. Nada habla, todo es adorno. Son maravillosas las casonas viejas que nunca has visto pero que siempre tu imaginación hospedó; tal vez todo venga de un cuento que no sin espasmos se ha podido leer, lejano. Curioso que la literatura se haga una fiesta con máscaras de ese tipo (las casonas, los patios con aljibe, el general desparramo de ladrillos y sonidos) y por eso sea una de las (escasas) cosas que valen para ensalzar los días. Luego llegás a la dirección que en un sentido precario era tu destino y es inverosímil que de súbito tomes contacto con tantos seres que te son tan indiferentes y que por eso tanto amarás: la madre, el caniche, la taza en la que tanto café se ha tomado. Porque al final es un sabor a travesura y ¿cómo no abrazar, con lujuria, las cosas que, aleatorias, fueron puestas en escena para que el vil actor hiciese de cuenta que? Todo es magnífico, hasta el posterior colectivo que, para los demás, claro, será inodoro y tan corriente como el pis. Pero tiene el significado exclusivo del pantano lúdico para el pasajero que hoy has sido.

En efecto, será una risa enormísima saberse un desplazado que, después de todo, oscuramente nota el torpe alambre que ata lo demás.

Thursday, December 07, 2006

de "la peste" (camus)

"En tales momentos de soledad nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo en su preocupación. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos, la respuesta que recibía le hería casi siempre. Entonces se daba cuenta deque él y su interlocutor hablaban cada uno de cosas distintas. Uno en efecto hablaba desde el fondo de largas horas pasadas rumiando el sufrimiento, y la imagen que quería comunicar estaba cocida al fuego lento de la espera y de la pasión. El otro, por el contrario, imaginaba una emoción convencional, uno de esos dolores baratos, una de esas melancolías de serie. Benévola u hostil, la respuesta resultaba siempre desafinada: había que renunciar. O al menos, aquellos para quienes el silencio resultaba insoportable, en vista de que los otros no comprendían el verdadero lenguaje del corazón, se decidían a emplear también la lengua que estaba en boga y a hablar ellos también el modo convencional de la simple relación, de los hechos diversos, de la crónica cotidiana, en cierto modo. En ese molde los dolores más verdaderos tomaban la costumbre de traducirse en las fórmulas triviales de la conversación. Sólo a este precio los prisioneros de la peste podían obtener la compasión de su portero o el interés de sus interlocutores."