Monday, February 12, 2007

Es verdad, siempre anduvimos un poco descolocados. A veces se nos presentaba como hobbie, como sabroso deleite de sentarnos en una plaza a ver las viejas girando con precisión de reloj. Pero también es cierto que teníamos nuestras angustias, esas tardes empañadas en que una arena gigante separaba nuestros propios ritmos de los juegos de los demás. Vivir parecía, entonces, una carrera de obstáculos.

Desde chicos (cuando todavía no existíamos el uno para el otro y nos abandonábamos cada uno a su semáforo, aunque las piezas ya empezaran a moverse) se nos decía lo mismo, que en realidad nuestro rollo no era más que un deseo de desentonar, como una nube caprichosa y negra que no se banca un cielo empalagado de celeste. Sí, habría esa vanidad, pero luego, charlando, convenimos en que nos movía más bien una furia y de las nobles, algo entre energía y caos, un pie que deja el zapato y respira ligeramente en la pista de baile.

Eramos gruñones, nos ponía los pelos de punta tanto un helado derretido como la política exterior de Estados Unidos. Nos gustaba ser de izquierda aunque para mí no pasara de actitud moral (y por ende pasiva y por ende burguesa), una de mis tantas manías estéticas – y por eso inofensivas – de clasificar las cosas del mundo en bellas o vulgares. Ser zurdo, para ella, representaba estampida y rotas cadenas, un desoír el zumbido roedor de mamá; para mí consistía en saber despreciar algo nuevo a cada esquina. A tal punto yo despreciaba que una vez ella me frenó, sacando su sabiduría maternal que a mí tanto me gusta odiar. Me dijo que para criticar primero había que vivirla; es decir, aprender. Esa vez, naturalmente, quedé muy enamorado.

Hablé de su sabiduría; bueno, yo la juzgo ancestral y pura como un médano o un yuyo. No sé de donde le llega esa complicidad con el viento, es de esas almas que no precisan explicarse por qué suben los árboles o cómo es que las flores buscan luz. Tiene mirada de perro, su gesto es insolente y generoso. Siempre fue fuego: quemó pero cautivó. ¿Sabrá por qué suele morir tan seguido, cada vez que su colchón se hace un abismo? Para mí que muere de pura espontaneidad, es que descree de la rala conciencia y los moldes subyugantes de la personalidad. Deberías limitarte, bola de nieve, pero ¿para qué ceñirse a una sola apariencia, a nuestra siempre pavada del “yo” cuando llega un punto en que no podés evitar ser cangrejo o acuarela? Sin embargo, sufre esta muerte cotidiana. Por lo menos el lecho de un río se tiene a sí mismo mientras las corrientes sin nombre lo aplastan para después huir, pero en ella ¡ah! el vértigo la desmorona, quebrando sus dos tibias. No puede agarrarse a una hoja, su ser acaba estallando de tanta fidelidad a su voluntad con forma de pochoclo.

Lo paradójico es que conservarse es a la larga sinónimo de muerte segura y cristiana sepultura, mientras que la muerte crónica es la única que nos queda a los que queremos ser eternos. (Y ella lo siente eso, ella es como el ciprés estúpido y terco, no necesita husmear un ciclo que ella misma compone, no necesita permiso para extender sus ramas).

A cambio yo le aseguro que el sufrimiento es inevitable hasta para un poroto. Le comento, mientras me lloriquea, que no sé eso por Hegel sino que ya se lo notaba – en medio del raro asco que siempre me dio el devenir – a las germinaciones de poroto del primario. Entonces ella ríe mientras el tontito aplicado le apunta que de la destrucción sale vida. Voy desde la abstracción a ella misma, ¿es que sufrir no es ir hasta el fondo de cualquier cuestión de carne y hueso? Uno siempre puede optar por vivir como un toro, los ojos apuntando a cualquier estúpido adorno, llámese levantamiento de pesas o lectura, pero después no habrá modo de que a uno le transmitan el sentido de hundir la vista en el sol o de cerrar esos mismos ojos de toro en el subte furioso. Todo será una cuestión de ver más tonalidades y descubrir que este nuestro mundo es una pizca devaluada de las innumerables dimensiones que flotan. A veces callábamos y nos daba llanto que no hubiesen palabras para tantos matices que aún andan sin ser bautizados, del costado de la inocencia.

Pero como vengo diciendo, lo que en verdad nos une son esas ganas inmediatas de abrazar todo cuanto se nos presenta como enigma a experimentar; no consentimos en una vida aplacada y por eso rechazamos un café con leche o una película en caso de tormenta. Es difícil llegar a sentir la soga al cuello de los hábitos y las máscaras, pero cuántos hay que la sentimos e igual morimos. Como mucho la ignoro en algún rapto y pienso en un pájaro. Yo no sé ella, yo no sé su suerte mientras rueda, incandescente, por un campo mojado de luna, esparciéndose y brotando al son de la totalidad. Qué se yo.

1 Comments:

At 9:47 AM, Anonymous Anonymous said...

ale ale.. qué lindo lo que escribiste en tu oleada de antisociedad. notarás que me quedó muy marcada esa etapa tuya, porque fue justo cuando yo me estaba sintiendo igual.. acá alejada de la ciudad estoy tan bien, que sólo la perspectiva de regresar me da escalofríos. de volver a la masa de la gente, a las ideas precocinadas, a las falsedades. no sé, a mí no se me pasó como a vos. aunque seguís siendo reacio a esas cosas.
qué lindo leer eso y encontrarse en las frases, descubrirse de a poco en cada letra que te atraviesa las pupilas. intentás desentenderte de tus personajes, pero yo igual te veo ahí. y para una mujer no descubrirse en ella sería romper con el hechizo de lo escrito.. tanta magia giróndica que nada dando vueltas. es como leer rayuela y no querer ser la maga.
bueno nada más
te mando besos coloridos

 

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