Interpretación y reformulación
Hemos recibido a lo largo del río de la humanidad un caudal de palabras y conceptos tan bonitos como manoseados. Pequeñas obras exquisitas como la belleza, la desmesura, el tobogán, el devenir, el océano, la eternidad, han llegado a nosotros con impulso soberbio y angustiado. De lo que se trata, ahora, es de heredar gallardamente ese aluvión de sutiles maravillas, pero redefiniéndolas y domesticándolas. La palabra soledad no es un universo cerrado; por su misma naturaleza, cada palabra forcejea con el casillero que el diccionario le asignó. En realidad con esa misma palabrita los humanos han tratado de designar, desde siempre, algo tan amplio como amorfo, pero precisamente en tal vaguedad está su riqueza. De todos modos, pocos hay capaces de desgajar ese universo bailarín y cenagoso: por lo general, las palabras nos configuran despóticamente, sin siquiera uno atinar al más mínimo movimiento de rechazo, o cuanto menos de zozobra o desconfianza. El panfleto, entonces, rezaría: que los conceptos no nos usen sino que nosotros tomemos el toro por las astas. Detrás de ellos, en tal universo bailarín, se avecina una eclipsada dimensión de haces yuxtapuestos. Sería bueno que nuestra alma, el alma de nuestra época, asuma su nobleza y su condición de ama y señora. Ya otras, a duras penas, han trazado un camino. No estamos ante una nobleza que haya que mendigar sino que, a la manera más esencialista, diríamos que toda alma predispuesta habrá de estar apta para el desafío. Y no se trata de plagar nuestras mentes de infinitas bifurcaciones, sino de hurgar en ese camino mismo y tomar nuevas herramientas, alucinaciones y seguridades. ¿De qué nos sirve, en efecto, conferenciar a propósito de la noción de culpabilidad en equis pensador si sólo vamos a funcionar como escrupulosos casettes repetitivos de pareceres ajenos? Más vale bucear, intrincarse en esa tupida palabra para que, de tanto husmear en su pozo, surjan preciosos significados que luego debemos hacer nuestros.
Esto parte, quizás, de una sobreestimación de las palabras a secas. Es la creencia de que las palabras son algo más que un objeto semántico que hace referencia a una cosa. No son instrumentos metidos en una caja. Por el contrario, si pensáramos al pensamiento humano como un desprolijo iceberg que flota en el océano del cosmos, las palabras estarían allí arriba, coronando la punta, es decir, la parte más visible. Pero no estarían ahí arriba por inútiles o porque queden lindas, sino debido a que son el corolario de una trabajosa indagación de siglos. No cerremos el trabajo. No son esos inofensivos bichitos que vemos domados y enlistados cuando abrimos el diccionario, sino sujetos a ser escudriñados. Las llamo sujetos porque, como se dijo, son activos: configuran nuestra mediación con el entorno. El ejemplo más pavo nos remite a la acción de nuestro primer amor, cuando - ya desde el vamos – tenemos una vaga noción de estar incursionando en ese milenario conjunto de impresiones que engloba esa palabrita que tanto se escucha: amor. Y, a partir de ese reconocimiento, actuamos. Yo amo, tú amas, él ama. Queremos, entonces, abandonar la gramática y tomar cada palabra como lo que es: un organismo vivo pasible de ser diseccionado y, posteriormente, puesto nuevamente en marcha.
Lejos de pretender un desenfrenado impulso de destrucción y enfado, las nuevas generaciones deberían aceptar en su seno, gustosas, una herencia para nada despreciable de siglos de pestañas y herejes quemados. Pero luego, alma rectora, nuestro ser debe generar más ser. La exploración de la realidad es un barco cuyo timón cada tanto renueva a su timonel. Es el natural desgaste, el ciclo. El barco está ahí, corajudo y macizo; sólo es necesario aprender sus enigmas para luego dirigirlo con renovada esperanza hacia su objetivo.
Se trata de acomodarse a lo que se nos impone o se nos sirve en bandeja (la modalidad de la recepción, si es forzada o dadivosa, es indiferente en este sentido, ya que la misma es inevitable, es un hecho y punto). Porque puede que uno deambule molesto por ese mejunje de ideas y concepciones, si es que al mismo tiempo se toma conciencia del fundamental silencio que agobia a la realidad que esas mismas concepciones intentan ceñir. Puede arribar el escepticismo más rencoroso, la tentativa de superar al lenguaje: sentir la nostalgia de la inocencia. (El lenguaje, en efecto, nos arranca de una supuesta relación edénica con las cosas del mundo, de un contacto pulcro e instintivo, sin categorías y por ende más pleno. Pero toda esa desesperanza fabulosa es casi religión.). La duda arrecia, es decir, ¿con qué fin semejante río caudaloso si al fin y al cabo el mundo en su esencia carece de coherencia humana? Quedarían dos alternativas: o internarse, efectivamente, en ese absurdo, o emprender la proeza de aprehenderlo en la medida de nuestras posibilidades, que son siempre finitas.
Pequeña digresión: vivir en el absurdo equivale, por ejemplo, a vivir en un ensueño permanente: un estado onírico que de a ratos vale la pena ya que nos quita la estrechez propia de la vida cotidiana. El mandato reza: acordate cada tanto de que no hay nada sólido que nos sostenga. Aún un Dios (que sostenga la realidad, es decir metafísico; y por ende lingüístico) nos produciría una sonrisa, cuando lo veamos (si es que es inteligente) debatir consigo mismo la razón por la que ha caído en el Ser. Ni siquiera la divinidad está justificada en un todo que misteriosamente ha optado por el Ser. No hay razón por la que haya algo y entonces no hay razón para buscar razón: ¿qué viene a darnos el lenguaje a todo esto, más que meras fórmulas para pedir un chicle en un kiosco o el boleto del bondi?
Entonces estamos ante la perpleja absurdidad: puede que tal estado de gelatina sea el más auténtico, pero convengamos que sólo de a pausadas dosis vale la pena: ¿a cuántos le gustaría pasarse la existencia en la confusión y la pesadilla continua?
Volviendo al método, habría que hacer hincapié en la segunda parte que corona la empresa, la de la creación, puesto que es allí donde el ser humano puede sentirse realizado. Comprobaría con cada hueso de su cuerpo que si bien ha llegado al mundo para contemplarlo, luego ha sido capaz de construir - únicamente sirviéndose de su propia pluma y tinta - una interpretación del mismo, a su antojo. Por lo tanto, la interpretación es una práctica sagrada, es la sutil habilidad de configurar mundos paralelos y nuevos jardines donde revolcarse con deleite intelectual y emocional. Constituye una pena enorme que un hombre no tome contacto con los libros a lo largo de su vida, pero más lamentable es el hecho de tragar, sin masticar, edificios de teorías y postulaciones que al final serán expulsados con su misma osamenta, impecable y sin proceso de asimilación. Cuántos hay a quienes las verdades les entran por un oído y les sale por el otro, impunes.
Sin embargo, aunque un discurso como el mío pueda sofocar algún espíritu y avivar alguna voluntad, es necesario ante todo tener conciencia de los límites. Ni yo mismo, jodido abanderado de la interpretación, suelo cumplir con mi prédica. Se hace imprescindible, primero, un fatigoso rumiar y un andar caviloso por los callejones más distintos. Tal es el estado de nuestra civilización, que ofrece obstáculos y joyas filosóficas en mismas cantidades. A futuro, imagina mi ocio una sociedad anárquica en la que sus individuos no sientan sus potencias mitigadas, precisamente, por el apabullante monstruo de la ceguera social. En efecto, también concibo, en alguna tarde de lucidez, a la sociedad actual como una gigantesca bola con un ojo parpadeante y miope en el centro, un cíclope pegajoso que no consigue desatarse de las penumbras del cosmos. Para terminar con esta tara milenaria, entonces, la función de la interpretación pasa a ser vital. De nada sirve la moral si va a pasarse tímidamente de generación en generación como envuelta en una caja que dice "frágil". De mucho sirve, por el contrario, si se toma a la vida con seriedad y que a partir de esta actitud se sepa configurar una moral austera, perseverante y que no pacte con los escolasticismos. Hasta el peor de los rebeldes luego pasa a ser doctrina, por esa cómoda y sumisa actitud humana de divinizar lo que alguna vez fue genial. La genialidad, sin embargo, se caracteriza por ser perfectible infinitamente. Su capacidad de ser transfigurada y coloreada no se agota en la persona que la gestó; no hay nada más penoso que darle a un libro la forma de fósil.
Esa genialidad es la que gesta grandes conceptos como los que enumeraba al principio. Sin embargo, luego del absurdo, surge un nuevo cepo: ¿cómo congeniar con ella? ¿Cómo abrirnos paso por nuestras innumeras limitaciones y concebir los pensamientos tal como los concibió su autor? Lejos estamos de lograr una comunicación que sea comunión: si queremos hacer filosofía, la fusión de las almas hay que dejársela al misticismo. El pensador, en cambio, siente en carne propia el abismo que abre la palabra entre un ser y otro, pero a la vez es conciente del maravilloso - aunque precario - puente que se ha tendido. Las palabras, en su desesperado esfuerzo de dar unidad y coherencia, no hacen más que delatar la carencia que combaten. Pero entonces no nos queda otra que regenerar lo que se generó; es decir, interpretar. Igualmente pueril y pecaminosa es la aceptación absoluta y sumisa de lo que ya se ha pensado como su voluntario desprecio. Claro, prescindir del lenguaje es algo tan aparatoso como someterse a él por completo. No podemos caminar sobre el aire, pero un cansino andar por pavimentos de gris monótono tampoco debería constituir nuestra razón de ser.
Precisamente por esa imposibilidad de meterse en la mente del otro, la interpretación no es solamente atractiva: es inevitable. Cuando leemos un texto, el lector lúcido debe creer utópica la fantasía de fusionarse con el escritor. Entonces queda por cuestionar cuál es la gracia de la repetición escolar. La cosa es que, privado de la perfecta comprensión, para el lector resta la chance de redefinir lo que se lee según sus propios términos. El peligro, al leer, es caer en la indiferencia. La indiferencia mata, es del reino de lo que no es: cosa de las rocas y los cadáveres, para quienes el entorno da lo mismo. La indiferencia es el enemigo a vencer. Leer leemos casi todos, cualquier ciudadano sabe cotorrear oraciones en fila india. De lo que se trata es de reformular. Creer que repetir es respetar lo que el gran maestro dijo es creer en una pueril objetividad (entendida como convicción inamovible) que al mismo maestro le habrá durado no más que un par de horas. Luego todo buen pensamiento y toda palabra pasan a ser dinámicos.
La interpretación entendida como reformulación de la grandeza y la miseria humana, entonces, supone la verdadera esencia de la libertad. Asumir la carga, la roca en la espalda, y paralelamente nutrirse de tal responsabilidad. Aquel que niega toda construcción humana acaba hundiéndose en un precipicio que acaba desgastando sus facultades más propicias. Su cuerpo se disipa y su alma acaba siendo un aborto. Lástima, el absurdo ha podido con él. Y aquel que opta por ser servil portavoz de verdades pasadas se auto-ningunea: su ser no aspira a ninguna trascendencia y el mundo se perderá de su grito desgarrador. Porque en cada ser hay uno de esos gritos, la cuestión pasa por encontrar la manera de darlo a luz. Negar absolutamente y afirmar (repetir) absolutamente son dos maneras de perderse en la nada. Pero no pasa nada más que eso; hay una cosa que es verdad y debe bajar el tono a esta exaltación del pensamiento activo: ¡no habrá consecuencia!, no habrá moral o divinidad que castigue la negligencia humana a la hora de asumir la realidad como una arcilla a ser moldeada... queda únicamente la actitud propuesta para algún necesitado que ande por ahí. Sólo un espíritu rebelde siente la carga. Es conciente, por un lado, de la absurdidad esencial del universo, pero simultáneamente - y gracias a esa lucidez - ve surgir la conmovedora y única esperanza de dotarlo de un sentido.

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