Sunday, May 13, 2007

Nubes de frío

A veces esto de aferrarse a cada tecla es algo tan esencial como el aire. Nunca un aire mecánico o soso, de ése que se toma en una clase de inglés o en una película con pochoclos. Es indolente ese sustento bastardo, es como cruzar miradas con un león pero del otro lado de la reja. Usar palabras tenaces es más bien ese espeso aire que ocupa una tarde de otoño, cuando cunde la cordura de árboles despojados. Pintarse un austero refugio: escribir o caminar a la par del otoño y de la conciencia y las buenas intenciones. Por un momento creerse que uno constituye un universo flameante. Un respiro solemne: amor por lo sustentable y desdén ante lo mezquino y falsamente cálido que aúlla afuera.

No sé las otras, pero a esta época la siento hostil y a la vez heroica. Estamos definitivamente solos, caídos los padres, las banderas y los valores siempre tan abstractos. Bueno, uno puede asimilarlos y jugar su rol, aunque, de sólo degustarlos con fineza de espíritu, flaquean y dejan traslucir su disfraz apretado. Nunca hay talle para el espíritu, por lo tanto queda sólo una aridez y aquel vetusto bosquejo de camino con maleza. ¡Podarla! Alguna vez creímos en un entorno ameno y volcado hacia nosotros, pero ahora la epopeya queda dependiendo sólo de nuestra atenta y descansada mirada. Renovarse con hábito, porque ¿qué puede diferenciarnos del manantial? Otros no andarán por las letras intachables; elegirán otros pinceles, irán a la melodía perforadora y constante de alguna voz incisiva o una cuerda tensa, faro para buques que huyen de sus anclas: pero irán.

No es cuestión de ser flojos y ceder al delirio y la permanente anulación de la mente. Si no fabricamos duros puentes y levantamos terraplenes, el sabor de cualquier cosa será una fofa burbuja o una nube sin forma. Queremos nubes de frío, soberbias nubes blancas de verdad y que, impulsadas por vientos afilados, perforen locas narices que osen burlar la bufanda. Nubes de contorno decidido y fogoso, seguras de su muerte y por eso de nobleza galopante. La nariz fría ha vivido la mañana, ha sabido cómo huir de la persiana baja. Lo que sí que no vale fingir la frialdad porque eso es añorar la tibieza más piadosa de las miradas de turno. Y uno pasa a ser lo que otros miran. O lo que otros dictan: pero no es necesario leer a cientos de autoridades, tal vez la musa más tierna esté en un chicle. Pasa una cosa letal: la distracción sistemática nos corroe y amenaza con mitigar cualquier destello. Y chau belleza, porque ella, ah, es tan orgullosa: nunca pide o anhela ser notada.

Ese velero fulgurante y asceta es nuestra alma, plácida en el mar inquieto que bate cuando se pasea con suelta elegancia. Eso cada vez que pisamos fuerte, claro. ¡Oh! Es que el rumbo es no tenerlo. Pero fingimos tenerlo, fingimos una mesa con mantel y confites y después, ay, nos damos vuelta como una almendra en la boca de un glotón: somos vapuleados por lo ajeno a nuestro bien.

Es éste un día de cenizas y flores, la pericia estará en saber distinguirlas.

Solo puedo hablar en cuotas de párrafos, se me escapa una voz integral y total. Es que no quiero la totalidad, no creo en las hadas de diplomas y ceño fruncido; mis pasos son sólo coherentes con el hermoso y desprolijo brote de ramas: puedo hablar firme, pero sólo persuadido por ritmos discordes. Son densos, como esta oración.

No puedo hablar de temporadas y mucho menos de infiernos. Mi tacto sólo aprecia segundos concisos y bloques de tierra de los que no debería dudar jamás. (Aquí, nunca allá: sostienen mis pies). A no flaquear, a no dudar de ésta mi baldosa y ésta mi tarde inalienable, a no disertar, porque ya pensando (¿o sintiendo? ya no sé clasificar) estoy dotando de esqueleto a aquel vetusto bosquejo. Cuestión de unirme a mí mismo y recordar lo que dije una vez mirando unos patos: escribir es denunciar la carencia con sigilo, pero a la vez estampar la huella más honda, a fuerza de taladrar el aire monocorde.

Vos, mortal estúpido y engreído, no victimices tu existencia, eso es colocarla entre algodones inveterados y bonachones. ¡No seas cómodo, no cargues más con la cruz! Es tan fácil sentir la pena, quedarse del lado del oprimido y patalear con vanidoso ahínco. No habrá que dar cuenta de muchos errores si uno no ha sido más que feliz esclavo. La razón de la miseria del esclavo es siempre el amo celestial, o tal vez la humedad. Ah sí, entiendo esta sabiduría popular: qué culpa tiene la ballena que es cazada, ¡la ballena, ahí tranquilita, es una beata! No obstante, es una sutil cobardía eso de esperar y esperar. Es nutrirse de dibujadas manos ajenas que muuuuy cada tanto rozan tu frente tibia. Hasta ahora, si de algo estamos empapados es de crear dioses que dispongan de nosotros. Te aferrás a un látigo porque sospechás que, ahí afuera, los látigos del aire fresco son más pululantes y certeros, y entonces te quedás con la caldera del diablo, te quemás hasta las encías al amparo del infame carbón. ¡Bueno caramba! Es que, por lo menos, es tiempo de reírse de nuestras miserias, si no queremos oler a pis de gato. Pero te veo y me veo... y confirmo mi amarga intuición: siguen siendo más cómodos esos padres y esas nubes que nunca se deciden a ser. Pensamos que la verdad está en el pataleo y el chillido al Brazo hijo de puta, cuando ¡percíbanlo! no hay nada más encomiable que una sigilosa hoja del viento, que resiste – inigualable y secreta - los avatares de la corrupción.

Releyéndome, veo esto: tal vez te agobien tantas imágenes y me las deba guardar. También peco de vanidad y soy esquivo de mi fragilidad al contar con todos los chiches mis esporádicos triunfos sobre el absurdo derrotero de noches mudas. Esa misma oscuridad que, cuando soy tonto, confundo con una daga que me odia. Verás, no soy tan lúcido. Siendo verdaderamente humano, sólo debería sentarte a vos, a vos y a vos también... y contarles mi diminuto evangelio. Pero seguramente no pueda decir ¡nada! y, con un amor empalagoso y que deberéis rechazar (pero no te creas: yo agradeceré tanto que lo acojas, y como un simio herido voy a odiar tu rechazo), con un amor así te abrazaré con furia derrotada, con la mente fatigosa y jadeante pero limpia, como la de un borracho que ha corrido insólitamente un millón de años hasta una tumba innecesaria.

“Nacidos de los misterios de la mañana temprana, piensan qué es lo que puede dar al día, entre la décima y la duodécima campanadas del reloj, una faz tan pura, tan llena de luz y de claridad serena y transfiguradora: buscan la filosofía de la mañana.” (Nietzsche)

1 Comments:

At 9:29 PM, Anonymous Anonymous said...

amo el otoño. es mágico.

mañana lo leo bien, hoy tengo la cabeza llena de ideas vanguardistas, lo siento.

sigo desparramando besos rayados!

chauu

 

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