Friday, July 20, 2007

Antes y después del ruido

No hay un mandato justo y sensato que nos lleve a vivir, necesariamente, con las luces siempre prendidas. A algunos se los ve rumiando desde la más oscuridad que nosotros negamos. No se comen ese cuento de nacer, revolotear, danzar, cubrir el andar de una estela brillantinosa para luego ir a perecer con bombos y platillos, bajo el pésame unánime y un tanto excesivo.
No está mal elegir la sombra, la radio portátil, el tango llorón y crepitante. "¡Levantaos, hombre de bien!", le habrá gritado algún entusiasta, o tal vez su propia conciencia en cualquier escaso día de candor. Pero nada de eso podría, a la larga, generarle gran cosa. Vivía en una humedad consentida y de nobleza mohosa. Había una alcurnia bien pulida en ese andar tranquilo, seguro de la muerte. Una dejadez estratégica, inmune a toda guirnalda. La arrogancia del que se esconde supera la de cualquier cisne. Nunca iba a entender a los que le reprochaban no ser feliz o la poca intención de andar pulcro. Quiénes son esa clase de bichos inquisidores que desean la dicha de todos. Ciegos y mequetrefes samaritanos, dotan de tejas lo que es bastardo.
Su gato, en cambio, parecía acompañarlo en esa hidalguía de cactus. Bastante con que uno ha tenido que nacer, como para andar buscando, encima, un sentido que disimule las tardes incisivas. Uno tras otro salían los soles, pero su sabiduría de rata estaba más cómoda en cualquiera de sus rincones, que serían siempre menos pretenciosos.
No sabía pensar, no precisaba de las razones cuando el hecho le violaba cada poro. En caso de pensar, hubiera pensado que, después de todo, una vida de hombre no es tan relevante dentro de un universo de polvo sin memoria. Estar de más: el desdén en expiar una culpa ni siquiera digna de ser castigada. Con estirar una mano hubiera tocado lo apacible, los asados largos y la saciedad del que ha dicho su libreto; pero no: el estarse quieto, aunque oliera a pis de gato, era siempre más acorde a la noche y su silencio de faroles blancos.
Nada más natural, entonces, que enjuagar su plato y, olvidando la radio encendida, ceder al sueño, recostarse en una de esas siestas más alargadas que las nuestras, un mecánico hundirse en la nada que es antes y después del ruido de los años.

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