Wednesday, July 18, 2007

Chau (o hasta luego)

Cuando se está bajo el efecto de algo embriagante, se comprueba intuitivamente que, durante los días de la vida, sólo tenemos acceso a una realidad entre tantas, o tal vez a un módico puñadito.
Nosotros, como sujetos que conocen, armamos un mapa de acción y lo categorizamos. Enseguida pasamos a valorar qué cuenta y qué no; qué es el delirio y qué la buena praxis; aplicamos nociones tan sofisticadas al estilo de costos y beneficios, medios y fines, sustancias y accidentes. Sin embargo, basta un elemento que trastoque ese sistema para notar que todas esas nociones sólo tienen validez en un plano, el de la conciencia práctica y cotidiana. Alternadamente irrumpen otros, bastardos quizás, pero tan consistentes como el anterior. Sin embargo, no es que cambie la realidad cuando se está bajo ese efecto. El elemento trastocador no se aplica a las cosas sino al sujeto. (La mesa-cosa no está hastiada, ni nostálgica, ni dada vuelta. La "mesa"-cosa es inmune a lo que vos sientas o experimentes. No así la mesa-idea). Entonces, con asomarnos un poco verificamos que las visiones son múltiples y siempre relativas a uno mismo: a un yo en tanto individuo o tal vez un yo en tanto conciencia colectiva. Pero hete aquí que es un yo fantasmático que se ramifica. Sólo vemos la estela que va dejando.

Sucede que sí, en un momento presentimos La Mesa en toda su fastuosidad. Pero resulta que otro día observamos y es el marrón el que toma protagonismo: es el nuevo sujeto de la oración, el nuevo criterio gnoseológico, la nueva deidad. O también puede pasar con esa cuarta patita trasera, altanera de súbito: se nos impone la parte y al diablo con el todo. Así, la percepción desprejuiciada sabe burlarse de cualquier principio.

Entonces, si lo que cambia es la visión del sujeto y no la realidad (muda y sobria), sólo nos restan visiones leves y huérfanas de metafísica. Para cada sujeto no hay una objetividad, sino varias. Pero resulta que la noción de varias objetividades es el oxímoron más poético que puedo pensar. Ergo, adios al objeto-en-sí, adios al sujeto-en-sí.

El sujeto es más que un cimiento; es un autor que configura con mano firme y revolucionaria. Si un pintor paisajista dibuja un lago de una forma estando triste, y de otra forma estando contento, no es que el paisaje en sí mismo haya variado: las montañas permanecen impasibles en su bostezado devenir: lo que quedan son, solamente, dos pinturas distintas. Ahora bien, ¿con qué criterio podemos decir cuál es, en efecto, la pintura más verídica? No lo sabemos. Ambas lo son, o tal vez ninguna.

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