prejuicio
El prejuicio no es, como se pretende, un error de apreciación o un producto de la ignorancia sobre el mundo. (Por lo menos no es nada más que eso). Opino que viene de un factor más profundo y más general, el temor a la verdad. En efecto, sucede que toda verdad no sólo implica revelar la naturaleza de las cosas, sino que, por añadidura o contraste, también conlleva, para el que observa, la revelación de la propia verdad personal. Al efectuar un juicio sobre un objeto (aquel señor, la televisión basura, el Papa) estamos distinguiendo sus valores y sus miserias, pero a la vez nosotros mismos nos estamos colocando en ese parámetro. (De ahí la valoración positiva o negativa que hacemos sobre algo, según creamos o no creamos que está a nuestra altura). Y he aquí el mecanismo de defensa: para no quedar mal parados frente a las cosas, para no sentirse porquería o simplemente menos, siempre es más conveniente interponer el famoso prejuicio entre ambas verdades, la propia y la del entorno, para que de esta manera quede a salvo la integridad de nuestro ego. La verdad de las cosas permanecerá oculta o cuanto menos maquillada para nuestra mayor paz. Sólo por miopía seremos mejores. La propia verdad, por lo tanto, seguirá siendo embrionaria, dentro de nuestra vulgaridad más cómoda.

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