Tuesday, September 11, 2007

Periplo

Mirá, no sé, ando notando la muy particular relación que llevamos con lo mágico a lo largo de nuestra ida por una biografía.

Eso, lo mágico, ese edén, esa cigarra que vemos a veces.

De hecho casi siempre nos pasa que todo lo vemos desde una perspectiva despintada, indiferenciada. De inducción, por así decirlo.

Esas veces que estamos hablando sobre cosas necesarias cuando, desdeñosos, bajamos los ojos y notamos al bicho meterse en su bosque inmenso, que es visto por nuestros manuales como si fuera ¡una planta! Su bosque que es un pedacito de juncos que enchastran un costado anónimo de ruta. Ese matorral que, si en tu viaje es burdo, ha de ser, para el bicho, lo visceral.

Pero veamos cómo funciona a lo largo de una biografía. (Si sueno cursi, perdón; esto que relato tiene y quiere tener intenciones de panfleto.) Supongo que al principio nos pasa a todos igual, al principio es un ir y venir de cosas asombrosas y desconcertantes. Donde el lenguaje dice un interruptor vos ves dos ojos de búho, y ni que hablar de las faldas y las manos de las abuelas, altares de devoción para cualquier chiquilín. Ah, la chicharra en enero, el olor a pasto cortado, la cortina de la bañera que detrás esconde la nada más aterradora... El majestuoso coche que descansa en el garage es para nosotros una ballena taciturna, y los árboles del fondo se quedan afónicos de tantas cosas que nos comentan con ese aire dejado y fijo.

Esa cigarra que recorre vastas superficies y saborea rincones absolutos, intangibles para nuestra presencia de hipopótamo absorto. Somos toscos de comprensión y no sabemos acariciar con los ojos. Y yo, penitente de a ratos, me tiraría a tomar sol sobre una hoja verde, como acostumbran las gotas.

Ese bicho indefenso y viscoso, pero que nunca teme y que es movido por vaya a saber uno qué energía primera.

Luego, puede ser, tenemos períodos de sequía y andamos huérfanos de candidez sensorial... son épocas de sombra, en que todo lo que era un pasa a ser un no. Pero como no quiero tener pasta de psicólogo, sigo con mi itinerario prefijado: después de esos baches, nos viene una edad en que lo mágico se nos impone como axioma. Lo demás, lo que luce cansado, es liso y llano mal gusto. Buscamos boquiabiertos, famélicos y asquerosos, con la lengua jadeante y llena de baba. Aborrecemos cualquier ceremonia que se parezca a una clase de inglés o a un zapato apretado. Renegamos de la inconciencia que implica el arrastrarse por las estructuras que nos prometen un seguro y plácido pasaje a la cristiana sepultura, Dios nos libre. Sentimos especial despecho cuando nos pronuncian palabras como reposera, abogacía, oficina, cardigan, ahorro, cuentagotas. En cambio, rendimos pleitesía a los cronopios, aunque no cacemos una; pero esa palabra, ay... tiene tanta sonoridad. Ah, con cuánto quijotismo vamos en búsqueda de la redención... somos estúpidos, de la nada sale una estúpida hormiga y parece develarnos ¡el Universo! junto con el archiremanido misterio que siempre ha desesperado a legiones de eruditos, y al pedo. Aletargados pobresudos que no advierten el éxtasis de sentir ¡este crayón! o ¡este plato de fideos! Y nosotros, hedonistas de cuarta, nos enlistamos contra la razón mala, la palabra mala, el dinero y sus secuaces malos malos malos. Faltos de agua fresca, vemos la saciedad hasta en un refulgente vaso de pis. A tal punto llega nuestra farsa, que creemos que la sobriedad - y no la mezquindad - es el peor enemigo del Hombre.

Esa misma energía que mueve tus decisiones y tus anhelos. ¿Dónde queda lugar para nuestra tan orgullosa como plástica “libertad”, en un mundo lleno de inconciencia, de renovación permanente que no se cansa nunca de querer, de cíclicas tormentas de arena indómita? La yoidad es risible, Babel de bípedo engreído que no aprendió las justas proporciones. Digámoslo, habría que tender al sol cada pestaña y después cada meticuloso pelo de pierna y luego arrancarse las uñas y con ellas todo recato, así hasta desgajarse por entero, en austera retirada.

No faltará quien llame a éste mi periplo una gran dialéctica de lo mágico. Es que seguido a eso se nos viene un período disímil, parecido a aquél de la sequía pero ya con una brutal experiencia de sensaciones a cuestas. (Y que no son gratis). Es entonces cuando nos hacemos los desentendidos y probamos hacernos cargo de la rutina: ese indigente y gravoso mundo que no tiene elefantes rosas. Exhibimos a los demás nuestro ceño fruncido como un nene que le muestra a su mamá lo rápido que nada. Como quien quiere borrar el recuerdo de una ex, las mismas cosas que antes nos producían eyaculaciones visuales ahora nos parecen una grasada del montón. Nos jactamos de un gusto selectivo; nosotros decidimos cuándo deleitarnos. Todo un aburguesamiento de las pupilas y las narices, pero que tienta; sabe a cuadro con firme firma de autor.

Hay algo de divino en eso de que las cosas se muevan y no tengan principio ni fin.

Sin embargo - y a esto quería llegar, porque es hasta lo que yo he llegado - lo fantástico siempre irrumpe. Mal que nos pese, por más ordinario que sea. Vamos en un colectivo y el flequillo de enfrente nos trastorna cada pestaña. Nos hundimos en esa exhuberancia y caemos en la cuenta de que con cada segundo que pasa nos estamos perdiendo de tal o cual matiz. ¡Vil horror para un ñoño contemplativo! Es la sensación más tonta y que creíamos vencida, pero igual nos corroe a nosotros los atónitos. Es ese axioma brabucón de nuevo, razonamos, por lo que pronto, uff, recuperamos las formas y seguimos viaje. Al bajar, no obstante, aquella visión mística nos deja un sabor a nostalgia, a cosa maravillosa-de-qué-color pero que al final no fue. Es que ese papel que el viento va violando, ¿por qué se clava tan hondo en la garganta? ¿Y cómo es que de repente ¡vemos! ese viento? (Y las palabras cada vez más toscas, son los tiempos míos que corren. Caeré en etiquetas minusválidas y no quiero, terminaré disertando sobre "mundos paralelos" o "realidades subsidiarias", si sigo así) Y lo mismo en cualquier lado, incluso en esos lados donde habíamos pretendido emplazar, de una vez por todas, nuestra cordura más peinada. Léase un aula o el ascensor de cada día. Irrefrenable, llovizna lo mágico. Nos percibimos así de ínfimos cuando el espíritu de un sueño arcaico - que creíamos ya sepultado - viene a jodernos de noche o cuando hacemos la tarea.

¿Qué hacer?

Podemos seguir en ese ascetismo de subte, impasibles... Ojos que no ven, cor... Y así morir y morir hasta morir del todo, arañándole al tiempo alguna contorsión esporádica. Sino, la otra es volver a "lo niño", abrir esa cortina del baño, zambullirse en la nada y comprender que, a fin de cuentas, no se va a estar en falta con nadie.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home