Saturday, December 22, 2007

Nubes de frío II

Después de la nube, ¿qué otro individuo más singular, irrepetible, ligero, noble, soberbio, sobrio, decidido, firme, sobreabundante, incontenible, contorneado, tenaz, suficiente y andante?
¿Y qué otro individuo que, a la vez, sea más fugaz y pasajero?

Monday, December 17, 2007

superación

Una de las diferencias más notables entre el sueño y la vida conciente es que, cuando soñamos, creemos que todas las imagenes que se nos presentan existen realmente, cosa que no sucede durante la vigilia. En efecto, cuando estamos despiertos sabemos distinguir entre lo que está efectivamente pasando fuera de nosotros en ese momento y lo que sólo estamos recordando o imaginando. En tiempos de ocio, sentados en un sofá de nuestro living, sabemos que el león que viene corriendo hacia nosotros es, a fin de cuentas, una alucinación, y por eso no salimos disparados del sofá. Distinguimos percepción de todo lo demás y eso nos permite vivir y convivir. En el sueño, en cambio, todo fenómeno parece acontecer en serio: y eso a partir de que alguna parte de nuestro cerebro, la que ejerce dicha distinción, está temporariamente ausente. Sin embargo, tal vez, afinando nuestra sensibilidad, podríamos ejercitar la misma experiencia durante la vigilia, de manera que pluriformes ensoñaciones invadan nuestra conciencia. Si a este espectáculo, además, se le añadiera algo de la lucidez que es propia de la vigilia, ese mismo río de vívidas y descontroladas imágenes podría ser encausado con mano firme: la realidad de nuestra vida conciente podría enchastrarse con los sueños, y viceversa, convergiendo en algún tipo de supra-realidad, que reúna y correlacione los dos estados primitivos.

Friday, December 14, 2007

buscar lo que no está

hoy fui jovial y guirnalda, el centro de todo
pero ayer había sido una rata de esas herméticas; había condenado todo tipo de gentileza
anteayer (martes) fui el mayor de los descreídos: ningún cambio era posible
pero el lunes me había dejado llevar por cualquier voz mesiánica
y el domingo había sido un enamorado del sol
y el sábado, amante enfermizo de cualquier rincón oscuro
el viernes fui inmoral, maldije toda dureza o cielo puro
el jueves esbocé una tímida esperanza
el miércoles a la mañana había renegado del mundo todo, pero a la tarde, más lúcido, elegí renegar de mí mismo
y fue el martes anterior al de anteayer que había decidido buscar mi verdadero yo.

Sunday, December 09, 2007

La habitación estaba espesa y la recorría un aire gastado. El aire de la habitación era molesto, estaba de más. Pero pensándolo mejor, no: sólo puedo atribuir al aire la indiferencia de un pañuelo doblado y planchado. Humanizar el aire es hacer poesía; aquí me urgen temas menos ociosos.

El aire de la habitación estaba, como también estaban los estantes flacos, la botella de agua ya tibia y la mísera línea de sol entrante, señal de que afuera crecía, bastardo, un nuevo día sin paz. Y también estaban ellos, razón por la cual todo lo anterior cobra algún ser. Que plumas más vistosas narren, por caso, ese discreto amorío que forja el sol con la persiana sepulcral.

Fijate vigilia, intrusa implacable, alma de todos y de nadie a la vez, si cada uno no es como es en sí mismo sólo cuando duerme, antes de beberte no sin un asco aún inexplorado. Cuando cada uno está indefenso (todos niños, algunos hasta con bigotes o siliconas) pero a la vez protegido de tus ataques. Contigo, luego, los ex-durmientes se embarcan en papeles tan poco digeridos, tan de prepo, que no se dan cuenta, oh transeúntes, lo fácil que se malogran, aunque sigan atándose los zapatos o parando los colectivos.

Entre la pareja tirada en la cama corría un río de confusión y pulsión. Algo así como una ternura procuraba hacer de inepto puente (¿Pues qué es todo puente, señor constructor, sino suplir, con fría helada técnica, la insólita impericia de no saber atravesar unos cuantos metros?). Eligieron las palabras por inercia, aunque, bien mirado, toda elección de palabras es antes que nada un síntoma de cobardía. ¿Pero para qué reprobarlos, habiendo tanto de álgido en esta historia?

La línea de sol, bellísima, no es más que la proyección de un espíritu absorto. Historias tenemos solamente los que miramos y esperamos. No te quedará más que mirar y mirar y mirar, ojo mío: ¡porque sos sin un fondo!

Hasta esa mañana habían malvivido el ideal, ese oasis berreta y fantasmal en que cae tan fácilmente el sufriente. Osea el amante, el peregrino que en su torpe búsqueda ha padecido el gran desvío, ese que lo aparta del barro común. Pensado con propiedad, ellos no se habían visto más que en sueños, aunque él era de la opinión de que todo suceso es más o menos un sueño. Pero entonces, ¿cómo discernir entre todos, a qué ilusión aferrarse? (Porque por algo hay que optar - pensaba él -, a algo conviene entregarse. Nadie pero nadie sabe vivir sólo de lucidez). Habrán mayores o menores coherencias, pero en definitiva todo hecho acaba siendo soñado por la imposibilidad de fijarle una sola realidad - una vez comprendidos sus diversísimos estratos.

A ver si te puedo cagar a cachetazos, cuerpo mío, que a veces te creés resuelto, en el camino seguro. Date cuenta, démonos cuenta de que desechamos muchas cosas porque las creemos sin una meta y si optamos por otras es porque creemos que nos conducirán al Bien. Ah, pero tal cosa como “la meta”, cuerpo mío, ¡no existía! antes de que se diseñara el Bien y se hiciera el camino, por lo que cualquier lugar puede ser una linda meta si se construye un camino que lleve hacia él. Pasamos a valorar cada camino según su meta, pero olvidamos que esa meta es hija de nuestra propia vanidad o instinto de sobrevivencia. Por eso, cuerpo mío, te me fuiste a la meta que te pareció más sagrada y que entonces dibujaste, pero convenientemente soslayando que el sendero que tomás es en el fondo tan bastardo como cualquier otro. Irreal, ajá.

Los sueños de ellos tenían olor a ese pecado original que es la esperanza. Cada uno veía en el otro un fin, un cielo apacible, una obra; y sabido es que toda quimera nace y renace del tedio, el desengaño o quizá de la fatiga. Aquí, toda lucha se libraba en el campo de la imaginación, lo cual hacía los esfuerzos estériles, como los de quien en un sueño quiere escapar corriendo.

¿Qué otro cauce, sino el desenlace más despabilado: el desengaño más sobriosórdido?...

...El sensato cruce de miradas que se dan por hechas, es decir, marchitas.

Las mañanas son frontales, de nariz fría y sapiente. (¿Por qué, por la noche, siempre te revolcás en un carbón ardoroso que te pierde? Nota: delegar a las mañanas el poder de la decisión)

Esa mañana sin nada cándido se tenían por primera vez despojados y graves. Eran dos pieles probándose en un contacto más acá de lo idílico, es decir, de este lado, el del aire insoportable. Por un momento parecíó que todo se realizaba impunemente y más de un dios hubiera atendido a tal vorágine y la hubiera codiciado. Pero había que recobrar la sana distancia. Todo mentía, todo infamia del instante sedicioso. Todo almíbar para paladar manco. Era o borrarse las bocas una a la otra y la otra a la una o confabular una charla más, uff, de esas que fumigan y frenan las aguas de la noche. (¿Pero qué fuerza te doblegará, inagotable marea? Por cortesía, librás con la roca una guerra que ya está ganada desde siempre)

Digámoslo: cuánto mejor las sábanas mudas a cualquier impúdica verdad de catálogo.

Como crudas linternas recelosas, los pensamientos pulverizaron toda chance de franco abismo.

Monday, December 03, 2007

Pensar el irracionalismo

Desde un plano meramente especulativo, el pensamiento irracionalista aparece como la perspectiva más austera y coherente consigo misma. Analicemos el caso de la destrucción del sujeto racional. Aquí es desmitificada la pretensión de un sujeto conocedor de sí mismo, dueño de sí mismo (a grandes rasgos, era ésta la línea de Sócrates o Descartes). Ahora, la conciencia no es más que un flujo de dispersas vivencias que nunca logran ser gobernadas de manera absoluta. A lo largo de un tiempo, un hombre carece de la identidad que sí tiene una mesa consigo misma. La unidad del yo, en todo caso, obedece a una imposición moral o social. El yo es funcional a una convivencia estructurada que premia y castiga. Aplicada esta observación, queda el hombre disminuido en sus pretensiones y privado de la libertad de su razón, para ser fervorosamente arrojado a la implacabilidad del devenir. Fresca y ambiciosa zambullida en el río del placer y el dolor. Para quien deteste en serio a la razón, el hombre no es más que un torbellino de pasiones tan fatales como inocentes. (¡Y cuán atinada cae esta novedad al meditador!). Adios al libre albedrío que nos habría dado algún dios o la supuesta conciencia impoluta... sin embargo, pregona el antirracionalismo, un giro de este calibre coloca al hombre en una libertad más plena, de una vez por todas a la par de la naturaleza, afín a los impulsos más terrestres y genuinos; ya no más una oveja o un burgués, sino un superhombre que acepta con alegría la fatalidad de la vida y la muerte, la muerte y la vida, la vida y la muerte; bailando, con liviandad y borrachera, al compás de este movimiento eterno.

Todo esto suena lindo, cuando no sensato: de hecho, la experiencia nos revela lo lejos que estamos del dictum socrático "conócete a ti mismo" o de la soberanía sobre nuestros deseos más miserables. Sin embargo, al margen de la incisiva y despiadada lucidez con que se destruye al sujeto-rey, el irracionalismo desdeñaría, en su cruzada teórica, la importancia de la cuestión práctica que hay detrás de toda decisión especulativa. Nunca un pensamiento es ajeno a la manera cómo se vive en la cotidianidad; nunca se elude una posición ética. Sucede que, escapando de la cárcel de la razón, creyendo en un sujeto ausente de sí mismo y por ende más fuerte y de vigorosa creación, nuevas molestias emergen para el pensador insatisfecho; astillas que, impunes, no se dejan pulir con ningún panfleto. Descuido de una intuición filosófica tan brillante como necesaria a la historia de la filosofía, pero tal vez imperfecta. Sucede lo siguiente: acorralada la subjetividad, ¿cómo se podría, entonces, hablar de responsabilidad y culpabilidad, cuando se ha quitado todo criterio racional que gobierne en la realidad? Demoliendo la causa y el efecto y, por ende, la acción humana y la conciencia de esa acción, ¿cómo justificar que no se vale todo en este mundo? La lógica del irracionalismo llevaría a una brutal y refulgente aceptación de todo lo que hay en la sangre de un hombre. Todo lo que hay, claro: aún sus locuras más desfachatadas.

Pensar en la ética es no renunciar a la libertad del hombre en tanto ser pensante y con capacidad de decisión. En este sentido, una filosofía que revalorice la subjetividad racional asomaría como más preocupada por este compartimento esencial del pensamiento. El ímpetu irracionalista olvidaría que, en última instancia, algún detalle nos sigue distanciando del ave de carroña o la serpiente. Si nos nivelamos con la naturaleza, la conclusión es que todo está bien; más precisamente: que todo está más allá del bien y el mal. (Por eso es que no es lícito decir que el tiburón sea malo, porque es un hecho sin conciencia, natural). Sin embargo, ¿cabe aplicar, sin más, el calificativo de "natural" a toda empresa humana, sin distinción alguna? Ateniéndonos a la práctica, no sería cosa deseable valorar del mismo modo a un artista que a un dictador; hombres que, superficialmente, de hecho obedecen a sus respectivos impulsos más viscerales, pero que, por otro lado, parecerían estar usando la razón de distinto modo.