Sunday, December 09, 2007

La habitación estaba espesa y la recorría un aire gastado. El aire de la habitación era molesto, estaba de más. Pero pensándolo mejor, no: sólo puedo atribuir al aire la indiferencia de un pañuelo doblado y planchado. Humanizar el aire es hacer poesía; aquí me urgen temas menos ociosos.

El aire de la habitación estaba, como también estaban los estantes flacos, la botella de agua ya tibia y la mísera línea de sol entrante, señal de que afuera crecía, bastardo, un nuevo día sin paz. Y también estaban ellos, razón por la cual todo lo anterior cobra algún ser. Que plumas más vistosas narren, por caso, ese discreto amorío que forja el sol con la persiana sepulcral.

Fijate vigilia, intrusa implacable, alma de todos y de nadie a la vez, si cada uno no es como es en sí mismo sólo cuando duerme, antes de beberte no sin un asco aún inexplorado. Cuando cada uno está indefenso (todos niños, algunos hasta con bigotes o siliconas) pero a la vez protegido de tus ataques. Contigo, luego, los ex-durmientes se embarcan en papeles tan poco digeridos, tan de prepo, que no se dan cuenta, oh transeúntes, lo fácil que se malogran, aunque sigan atándose los zapatos o parando los colectivos.

Entre la pareja tirada en la cama corría un río de confusión y pulsión. Algo así como una ternura procuraba hacer de inepto puente (¿Pues qué es todo puente, señor constructor, sino suplir, con fría helada técnica, la insólita impericia de no saber atravesar unos cuantos metros?). Eligieron las palabras por inercia, aunque, bien mirado, toda elección de palabras es antes que nada un síntoma de cobardía. ¿Pero para qué reprobarlos, habiendo tanto de álgido en esta historia?

La línea de sol, bellísima, no es más que la proyección de un espíritu absorto. Historias tenemos solamente los que miramos y esperamos. No te quedará más que mirar y mirar y mirar, ojo mío: ¡porque sos sin un fondo!

Hasta esa mañana habían malvivido el ideal, ese oasis berreta y fantasmal en que cae tan fácilmente el sufriente. Osea el amante, el peregrino que en su torpe búsqueda ha padecido el gran desvío, ese que lo aparta del barro común. Pensado con propiedad, ellos no se habían visto más que en sueños, aunque él era de la opinión de que todo suceso es más o menos un sueño. Pero entonces, ¿cómo discernir entre todos, a qué ilusión aferrarse? (Porque por algo hay que optar - pensaba él -, a algo conviene entregarse. Nadie pero nadie sabe vivir sólo de lucidez). Habrán mayores o menores coherencias, pero en definitiva todo hecho acaba siendo soñado por la imposibilidad de fijarle una sola realidad - una vez comprendidos sus diversísimos estratos.

A ver si te puedo cagar a cachetazos, cuerpo mío, que a veces te creés resuelto, en el camino seguro. Date cuenta, démonos cuenta de que desechamos muchas cosas porque las creemos sin una meta y si optamos por otras es porque creemos que nos conducirán al Bien. Ah, pero tal cosa como “la meta”, cuerpo mío, ¡no existía! antes de que se diseñara el Bien y se hiciera el camino, por lo que cualquier lugar puede ser una linda meta si se construye un camino que lleve hacia él. Pasamos a valorar cada camino según su meta, pero olvidamos que esa meta es hija de nuestra propia vanidad o instinto de sobrevivencia. Por eso, cuerpo mío, te me fuiste a la meta que te pareció más sagrada y que entonces dibujaste, pero convenientemente soslayando que el sendero que tomás es en el fondo tan bastardo como cualquier otro. Irreal, ajá.

Los sueños de ellos tenían olor a ese pecado original que es la esperanza. Cada uno veía en el otro un fin, un cielo apacible, una obra; y sabido es que toda quimera nace y renace del tedio, el desengaño o quizá de la fatiga. Aquí, toda lucha se libraba en el campo de la imaginación, lo cual hacía los esfuerzos estériles, como los de quien en un sueño quiere escapar corriendo.

¿Qué otro cauce, sino el desenlace más despabilado: el desengaño más sobriosórdido?...

...El sensato cruce de miradas que se dan por hechas, es decir, marchitas.

Las mañanas son frontales, de nariz fría y sapiente. (¿Por qué, por la noche, siempre te revolcás en un carbón ardoroso que te pierde? Nota: delegar a las mañanas el poder de la decisión)

Esa mañana sin nada cándido se tenían por primera vez despojados y graves. Eran dos pieles probándose en un contacto más acá de lo idílico, es decir, de este lado, el del aire insoportable. Por un momento parecíó que todo se realizaba impunemente y más de un dios hubiera atendido a tal vorágine y la hubiera codiciado. Pero había que recobrar la sana distancia. Todo mentía, todo infamia del instante sedicioso. Todo almíbar para paladar manco. Era o borrarse las bocas una a la otra y la otra a la una o confabular una charla más, uff, de esas que fumigan y frenan las aguas de la noche. (¿Pero qué fuerza te doblegará, inagotable marea? Por cortesía, librás con la roca una guerra que ya está ganada desde siempre)

Digámoslo: cuánto mejor las sábanas mudas a cualquier impúdica verdad de catálogo.

Como crudas linternas recelosas, los pensamientos pulverizaron toda chance de franco abismo.

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