superación
Una de las diferencias más notables entre el sueño y la vida conciente es que, cuando soñamos, creemos que todas las imagenes que se nos presentan existen realmente, cosa que no sucede durante la vigilia. En efecto, cuando estamos despiertos sabemos distinguir entre lo que está efectivamente pasando fuera de nosotros en ese momento y lo que sólo estamos recordando o imaginando. En tiempos de ocio, sentados en un sofá de nuestro living, sabemos que el león que viene corriendo hacia nosotros es, a fin de cuentas, una alucinación, y por eso no salimos disparados del sofá. Distinguimos percepción de todo lo demás y eso nos permite vivir y convivir. En el sueño, en cambio, todo fenómeno parece acontecer en serio: y eso a partir de que alguna parte de nuestro cerebro, la que ejerce dicha distinción, está temporariamente ausente. Sin embargo, tal vez, afinando nuestra sensibilidad, podríamos ejercitar la misma experiencia durante la vigilia, de manera que pluriformes ensoñaciones invadan nuestra conciencia. Si a este espectáculo, además, se le añadiera algo de la lucidez que es propia de la vigilia, ese mismo río de vívidas y descontroladas imágenes podría ser encausado con mano firme: la realidad de nuestra vida conciente podría enchastrarse con los sueños, y viceversa, convergiendo en algún tipo de supra-realidad, que reúna y correlacione los dos estados primitivos.

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