Wednesday, January 23, 2008

Literatura del buen cagar

Este es un mensaje para ser leído mientras se caga. Por eso, conserve la calma y aguarde a que le vengan las ganas de evacuar. ¿Ya llegaron? Bueno, como le decía, distinguido lector: abandone ya mismo las contratapas de los matutinos o los envases de shampoo; ya es tiempo de que una buena lectura le tiña el alma de celeste, mientras sus partes más fétidas, como de costumbre, también se regocijan.
¿A qué fin elegir un inodoro para usted y no, por caso, el sugestivo confort de una playa peinada por el viento? La razón, intuyo, radica en el contenido de este mensaje. Es grande en serio, por lo que mi voluntad no aspira a ser aspirada entre otros monumentos que la opaquen. Bájese los pantalones y solamente léame, compréndame. Lejos, lo más que se pueda, del bullicio de los niños y los árboles encantados.
¿Ya está bien apoltronado? Bien. Comencemos.
Como escritor, como artista que se es, uno siempre pugna porque su voz sea tenida en cuenta. Sincerémonos los de intelecto brutal y sentidos reclutados: uno no crea para sí mismo, al menos no en una primera instancia: la idea siempre es reunir impresiones y pareceres - volcánicos ingredientes - para cocinar con eso una perspectiva firme que lleve su firma. Luego ella invadirá, solita y autógena, el fango de todas las opiniones del mundo, para que, finalmente, sí, claro está, todo redunde en una eventual ovación o censura para el incisivo autor que está detrás de todo ese ruido. Ahí, cuando los ecos rebotan y retornan, es cuando el arte se vuelve puramente egoísta, pero mientras tanto le comento a usted, lector de mis trazos y cagador de los suyos, que todo esto no es egolatría sino un mero medio en que usted y mi mensaje convergen gloriosamente.
Sin embargo, usted juzgará - y con razón, dada esa especie de lucidez que otorga el defecar - que toda esta disquisición resulta insustancial: prescindible, como en el fondo lo es toda justificación del arte. Sin más aparatosidades, pasemos a lo bueno, entonces.
Todo hombre que piensa no hace más que ponerse por encima de los otros hombres, echando su ilustre mirada sobre los asuntos ajenos - que pasan a ser, entonces, también los propios. Mismo usted, pese a todo lo escatológico que hay en su actual postura corporal (si no me ha hecho trampa y se ha quedado en algún boludo silloncito), durante este mismo instante está haciendo las veces de juez, y se regocija de ello, tal como lo hace el pensador, que no es más que un artista que juzga. Así, usted, pese al indeseable olor que expelen sus nalgas, hace de su propio criterio un Olimpo desde el cual arroja sus rayos a los transeúntes que comparten la vereda con usted. Su inodoro pasa a convertirse en corte suprema. Usted y yo, brillantes sectarios, pactamos la gran conspiración. Usted y yo no nos conocemos, pero un anhelo afín nos gobierna: queremos agarrar un esto y un aquello creernos de veras que esto es un esto y aquello es un aquello. Es la selecta bendición de confundir las cosas con sus nombres, tarea que se me presenta, por ejemplo, cada vez que se me revuelven las tripas de tanto pánico.
¿Ya habrá empezado a excretar, eh lector? Porque es necesario estar bien limpio, a salvo de los que nos jode. He pensado mucho en usted, arribando a la razonable hipótesis de que junto a un sorete atravesado no es fácil ponerse a pensar seriamente la vida y pretender conservar, a la vez, la dignidad. A mí por lo pronto me resulta imposible. Ahora que usted está relajado y yo también, felizmente nos podremos entender.
Sé que a esta altura usted ya empíeza a desconfiar, pero no me crea un infeliz: demoro mi mensaje de modo que usted termine lo que le toca. Sé muy bien que el momento más placentero de la vida consiste en ese gran ratito que se despliega una vez finiquitada la necesidad fisiológica en cuestión. No quiero que todo quede arruinado ahora que he llegado a la madurez y al fin puedo decir algo. ¡Fascinante! Mi nombre rodará por los pupitres y las cátedras, miles de adolescentes le encontrarán un sentido a la lectura: tantas serán las almas imberbes que se abrigarán con mi frazada. Este mensaje lo lee ahora usted, y luego lo leerá su amigo y luego el amigo de su amigo. Siempre haciéndome caso: todos leerán y harán caca a más no poder. El Universo quedará, al fin, partido en dos mitades: en una de ellas, como es lógico, desembocará la mierda; será un sitio irrespirable, pero ya innecesario, porque por encima de él se levantará una patria en donde pulularán textos como los míos, o tal vez únicamente éste mi texto, reproducido en millones de ejemplares y editado por todas las editoriales. Cierto es que será un paisaje cómico y costará acostumbrar al ojo a que vea baños públicos donde antes se erigían solemnes bibliotecas. Pero será para mejor porque el aire en esos lugares suele contagiar bostezos, mientras que las nuevas técnicas que propongo aquí aún no son usadas, al margen de algún que otro errante pedo.
Para la limpieza universal y esencial, la de los espíritus, se necesitará de éste mi texto.
Necesitaremos de plomeros y hasta de nutricionistas algo excéntricos, pero la piedra fundante estará en este mensaje y en pulidos lectores que, como usted, ya no anden desperdiciando sus diarreas. Al fin y al cabo ellas se irán, desterradas; y con ellas toda la confusión.
Por lo pronto estamos usted y yo, en una fusión tan rica como la que se da entre una abeja y su flor. Ojo, yo también he sabido descreer y ser el más cómico; también me ha parecido que el alegre aleteo de un gorrión no puede ser expresado en negra tinta. Pero ahora nótelo, lector voraz, repare en los gestos geológicos y haga de todos los ríos un gran estanque de pececitos naranjas. Y de todas las correntadas un living de echado terciopelo en donde se escuche, bajito, algún jazz dulzón. En ese gesto del pájaro que nos llega desde la eternidad, ese andar arrebatado que tanto recuerda al de un dinosaurio comeprójimos, y que consiste en un caminar largo y suspendido, como tratando de no hacer ruido, acompasado por un cabeceo incesante y que irrita tanto a nuestras pupilas... en ese andar se esconde un designio que dos mentes tranquilas, como las nuestras, tratarán de decir.
La otra noche caminaba por una playa. A decir verdad no caminaba sino que giraba en circuitos de trazos más bien borrachos: no yo, sino los trazos... (aunque acabaron siendo yo mismo). La inmensidad del aire y del ruido me aplastaban por entero, y esa sensación - en vez de sofocarme - causó en mí la más histérica de las risas. Probablemente usted no comprenderá ahora mismo cómo se da una situación así, pero déjeme que le cuente, mientras usted corona su magna tarea.
Como bien leyó, yo reía y mis brazos aleteaban sin razón, como un tren que mantuviese un decidido envión pese a haberse descarrilado horas atrás. ¿Qué hubo, qué carajo hubo allí? Lo que en ese momento creía inefable, ahora lo expreso: ¡bla, bla: dicha de hablar y hablar! En aquel momento dudé sobre si volver corriendo a este cuaderno o quedarme allí, testigo tonto-inútil de la verdad, pero elegí ceder al encanto de todo eso y dejar para más adelante la madurez de las palabras. Es algo que siempre trataré de no recordar sino vivir percibiendo.
Ah. Abeja-lector y polen-artista se cansan, lo sé. Quiere mi voluntad y la suya que este mensaje sea coronado y que las mentes finalmente copulen. Pero, ay, es que mi mano se cansa y ya las hemorroides empezarán a acecharlo a usted. Hasta aquí le he descripto lo que se ha dejado ver, eso que todos ven o creer saber ver cuando otro lo cuenta. Lo veo yo, vos, lo ve cada palabra del lenguaje y hasta la tinta de esta birome.
Sigo esperando, como vos, cierto destello que aparezca detrás del pasto. Mientras tanto, sé que lo pensás y sé que te da culpa, pero hacelo: mirá estas hojas con ojos que ya no lean; notá, con deliciosa frustración, que al lado tuyo no hay más papel higiénico, y ni lo dudes.