Friday, March 28, 2008

Identifíquese, Señor.

Un día cualquiera finalmente murió Juan Pérez. Ascendió a los cielos y fue al encuentro de Dios.
- Qué tal, tome asiento - lo recibió Dios, con tono burocrático -¿Quién es usted?
- Yo soy el señor Pérez, ¿y usted?
- Yo soy el Señor - dijo Dios.
Y así fue que a Pérez de repente le vino una iluminación. Calló, esperó que el barbudo de enfrente terminase la frase.
-...
Frente a la impavidez de su nuevo huésped, repitió Dios: "Ejemm, yo soy el Señor"
- Sí, macanudo, ¿pero el señor cuál?
- ¡¿Cómo que el señor cuál?! Yo soy "el" Señor.
-Ah. Igual yo preguntaba otra cosa. Gracias igual.
Visiblemente ofuscado, Dios no quiso responder, o tal vez no pudo. El señor Pérez se paró y se fue a buscar otro lugar donde poder caerse muerto. Entre tanto, este buen hombrecito había burlado una trampa que llevaba ya varios milenios cumpliéndose a la perfección.

Monday, March 24, 2008

Las entrañas del coronel

Cada mes parece un año, escribe, cada mes, el coronel a su prometida de Buenos Aires. Aquí no hay animal ni hombre que huela bien. Hasta uno acaba haciéndose de ese hedor a estiércol que abarca toda la pampa. Y aún así, salvajes e inmundos nos dicen ellos a nosotros. La modesta hidalguía de una estancia levantada en el desierto no es digno asilo para un hombre de frac, habituado a pasearse por jardines ingleses y frescas galerías. El coronel lleva ya meses en la campaña, pero ahora no hay tiempo para la nostalgia y las buenas costumbres, ahora se guerrea y sólo debe cundir el ciego arrojo y la crueldad extrema. El rojo de la sangre se confunde con el color punzó de los sombreros caídos. El coronel, montado a caballo, se abre paso entre los cuerpos y la innumerable niebla de tierra y pólvora. Con la frialdad que ha aprendido de sus bestiales enemigos y no en las aulas europeas, aplica, con su espada, la última estocada a cada resto de soldado que aún respira. Pero aún se lucha; el innombrable líder de barba selvática y harapos inmorales no conoce la cobardía. Por entre la colosal humareda, y con intermitencias, el coronel llega a divisarlo. Ha visto cosas peores y, con fabuloso afán, su espíritu se mantiene impávido ante los diabólicos alaridos que rezuman de aquel jabalí nefasto. En eso estaba cuando, a unos metros de él, un incisivo movimiento de espada lo distrae y conmueve. Es una mujer eso que pelea a pie, como un infante más, llevando esa cresta en la cabeza. El coronel debe sentir aquello mismo que sintieron, allá por su juventud, sus ojos, por entonces febriles, en algún baile de salón, ante la silueta de alguna hija de señor reputado. Pero esta mujer no luce mantilla ni miriñaque sino que hasta sus pupilas están teñidas de rojo. Ambos se contemplan, y por una pausa tan sabrosa como el aire es como si los alaridos y las bayonetas hubieran cesado. El coronel baja de su caballo y se dirige hacia la intrépida guerrillera. Quiere tocar esas trenzas rústicas, jurarle que su corazón ha sido conmovido como nunca. Su mente no lo creerá del todo, pero ahora él quiere construirle una estancia y darle tantos hijos como pueda. De todos modos, más detalles no ha llegado a pensar el coronel, puesto que, al hacer el gesto de estirar su mano hacia una de las trenzas, la salvaje y conmovedora espada ya ha sido metida en sus entrañas.