Identifíquese, Señor.
Un día cualquiera finalmente murió Juan Pérez. Ascendió a los cielos y fue al encuentro de Dios.
- Qué tal, tome asiento - lo recibió Dios, con tono burocrático -¿Quién es usted?
- Yo soy el señor Pérez, ¿y usted?
- Yo soy el Señor - dijo Dios.
Y así fue que a Pérez de repente le vino una iluminación. Calló, esperó que el barbudo de enfrente terminase la frase.
-...
Frente a la impavidez de su nuevo huésped, repitió Dios: "Ejemm, yo soy el Señor"
- Sí, macanudo, ¿pero el señor cuál?
- ¡¿Cómo que el señor cuál?! Yo soy "el" Señor.
-Ah. Igual yo preguntaba otra cosa. Gracias igual.
Visiblemente ofuscado, Dios no quiso responder, o tal vez no pudo. El señor Pérez se paró y se fue a buscar otro lugar donde poder caerse muerto. Entre tanto, este buen hombrecito había burlado una trampa que llevaba ya varios milenios cumpliéndose a la perfección.

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