El desvío
Discurso de un hombre ya esclarecido:
En un determinado momento de sus vidas, cierta raza de hombres poco sensatos incurre en un desvío. Este desvío consiste en abandonar el ámbito de lo real para así remontarse, de manera abrupta, a un ámbito nuevo y seductor, el de lo ideal. No es este último, como habitualmente se cree, un ámbito contradictorio con el primero, sino que hay un exacto punto del espacio-tiempo en que lo real acaricia a lo ideal; a ambos les es esencial una precisa convergencia que se da en el momento mismo en que el nuevo ámbito se gesta. Sin embargo, la escisión fundamental ya ha sido operada desde ese principio. El hombre que la padece bien podrá localizarla en su pecho asfixiado, y no precisamente porque ande escaso de oxígeno.
La imaginación, en sí misma, no puede ser algo peligroso o fatal. Como sucede con la ciencia, lo que la vuelve poco confiable es el uso perverso que le suelen dar los hombres. Ahora podemos precisar la naturaleza del desvío: la raza de los hombres imaginativos llega a creer en la existencia autónoma de las imágenes que crea, o que, en el mejor de los casos, "se le aparecen", pero que en verdad sólo están en ese novedoso ámbito de lo ideal. El problema no está en el desvío en sí mismo - inevitable y heroico, quizá - sino en lo que con él se hace. Sucede que se abre un período de búsqueda desgarradora e inútil de eso que se imagina. El hombre imaginativo es - parafraseando a algún poeta - el hechicero perfecto, pues es aquel que logra hechizarse a sí mismo. En otras palabras: no es que lo ideal no exista. Pensar es, en algún sentido, lo mismo que ser: pero sólo en algún sentido. Y esta fina distinción es lo que el corazón de un hombre imaginativo nunca entenderá o aceptará, aunque su razón logre, ocasionalmente, susurrárselo. El hombre imaginativo disuelve las partes (lo real y lo ideal) en el todo, tomándolas por lo mismo. Es claro que el todo sólo existe y puede ser entendido en base a sus partes; no se trata de negar ni una ni la otra. Sin embargo, nuestro buen hombre busca dentro de una de las partes aquello que, por esencia, sólo puede pertenecer a la otra. Entre ellas dos no hay contradicción sino todo lo contrario: una vez nacido lo ideal, ambas partes co-existen y la totalidad sólo es y puede ser concebida si cada una ocupa su lugar específico y distinguible. Sin embargo, no por eso dejarán de ser opuestas.
(Si todo esto resulta muy abstracto, échese una mirada al siguiente argumento, lleno de dramatismo, ya menos meditado y quizá algo machista: lo ideal no es otra cosa que el hijo bastardo de la imaginación y la realidad, padres divorciados - o, mejor aún, casuales - que jamás querrán reconocer su respectiva paternidad. La primera, que es la madre, soslaya su cuota de culpa, que es toda, y que consiste en haber abierto las piernas sin reparar en el hecho de que el padre, de mejor sabiduría, sólo estaba dispuesto a brindar unos cuantos minutos de placer)
