Thursday, October 30, 2008

Estafa

A veces miro caras que parecen decir: "me estafaron, no era esto lo que me habían prometido". Son caras lánguidas que no parecen soportar la perversa movida del demonio que sabe vestirse de seda. Y en verdad, alguien que se siente estafado es alguien que ya no cree en Dios. No ve a nadie de su lado. Porque la estafa existe, y es ese abismo inmundo que de ahora en más esperará a la vuelta de cada esquina. Porque antes del naufragio, las vidrieras de la calle acogían la vista y de algún modo dictaban que había que ir de un acá para un allá. Las caras parpadeaban y eran felices sabiendo que cualquier precio podría llegar a estar, con algún esfuerzo, al alcance de la mano. El asunto es que ahora uno es colocado en un barrio de casonas viejas y calles limpias y desérticas, y por supuesto que el primer impulso consiste en caminar un poco. La noche aligera las piernas. Pero también es cierto que no se hace fácil la caminata cuando se ven todas las persianas bajas y el barrio ya no es aquella peatonal cuyas vidrieras se brindaban con toda su miel. Esas casonas mudas no quieren saber nada de invasores o clientes. Así es que las caras se paralizan, pero al día siguiente parecerían ya ni recordar aquella noche que las aplastó. Y sin embargo, nada vuelve a ser exactamente como antes. Ahora hay bronca, miedo, desesperación. La estafa sólo queda consumada, no cuando el maleante se sale con la suya, sino cuando la parte engañada se da cuenta que hubo una estafa. Y ocurre la siguiente paradoja: la mayoría de los estafados persiste en seguir con este juego macabro. La tontería es la más fácil y eficaz de las armas contra el miedo. Pero cuando uno sólo cree que cree, es porque ya no cree. ¡Cuántos amantes engañados hay, que fingen credulidad! Para ellos, la pequeña calle de comercios sigue siendo el único camino verosímil. Callejón luminoso y señalizado. Por lo demás, a veces noto ese fastidio y desdén que al final es la mayor sabiduría del hombre de callejón. Ayer, de noche, caíste en un barrio incierto cuyas únicas señales eran las persianas bajas. Y no supiste que ahí, y sólo ahí, yace un espacio negro y abierto, aquello que siempre está y que la estafa no pudo esconder.