Tuesday, January 06, 2009

Lo que vale

Al fin de cuentas, ¿qué es lo que vale? Ser dos estrellas inmundas que repentinamente se ven y se reconocen formando una línea, eso es lo que vale; converger durante un delicado tiempo en una misma trayectoria de vientos y sueños y heridas y muerte. Si respetás las coordenadas de mi propio rumbo, podrás ser mi amigo; serás así, por una noche, o quizá varias, testigo de las mismas constelaciones que veo yo. Una vez que hayamos permanecido en esa misma sintonía, que hayamos accedido a una misma orientación y anhelo, será más fácil despedirte, ya no habrá más culpa en dejarte ir. Por momentos que ya ocuparán lugares fijos has sido parte esencial en mi respiración y en mis pasos extasiados, por eso es que no nos quedará ese sinsabor de aquellos que no han podido lograr conexión. No, nosotros no nos quedamos cada uno de su lado, fríos, blancos, mezquinos, temblorosos y resentidos: mordidas las uñas, mudos a falta de una voz que resuene más allá de lo hueco. Hemos sido buenos compañeros y por eso es que ahora aceptamos que las mareas necesariamente separen nuestros surcos indelegables. Hay una fatalidad mayor a nosotros mismos que lo vuelve todo ocasional y variable, pero no nos importa. Es que ahora hay una nueva canción que sólo ha existido cuando nuestras voces se han juntado. Hay una nueva huella que se ha hundido en arena fresca y que ya es como el oro del otoño para el alma de alguien que busca.

Incidentes

1) No pude hacer del viaje en micro algo especial porque durante una buena parte la pastilla contra el mareo me dejó planchado. Encima, desperté con ese gusto horrible en la boca que la siesta siempre deja. Al llegar, la ciudad estaba vacía, como era de esperar. Me pareció increíble que durante el año existieran esas calles, esos semáforos, esas vidrieras. Mientras es junio y uno se hace café, mira el noticiero o viaja en subte, todo aquello está y está, se manda un largo bostezo y calla. Que la pequeña ciudad duerme en invierno queda muy claro cuando uno no encuentra en ella una sola persiana abierta. Tampoco hay olor a comida hecha. Todo eso, que explota de ruido en el verano, todo eso estaba también ahora, aunque me hablaba con otro tono, como contándome una verdad inconfesable. ¿Sería eso lo más cierto, entonces, la ciudad vacía y mis ojos abarcándola de a poco?
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2) Me fui sintiendo más ligero mientras iba dejando las huellas en la arena. Y sabía que algún día ese viento fatal las borraría. Y quizá las huellas incluso no duraran más que el instante en que los pies se hundían en la arena antigua. Una vez la voz de un piano me señaló la existencia de campos sin explorar. Otra vez fue una florista borracha en el extremo de una calle. Yo busqué con todas las partes de mi cuerpo algún lugar en donde realizar mi obra. Y ningún signo, ningún color: sólo había el húmedo silencio creado por mí.
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3) Uno bien no sabe si lo que uno busca es por capricho, hambre seria o fatalidad. Lo cierto es que al fin sentí algún alivio al ver cómo, a esta edad, desembocaban mis años en esa perfecta burbuja de aire frío y doloroso. Todo se había encaminado para que yo diera aquellos profundos pasos por la arena hostil. Era inútil y ocioso pensar en cualquier otro escenario posible; así me lo aseguraba la contundencia del entorno. Todo eso no podía llegar a ser un logro, pero al menos era lo más justo; era un alivio que todo estuviese dispuesto de la manera en que estaba.
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4) Definitivamente, violé cada rincón secreto de la ciudad sin nombre; elegí no correr la suerte de un poste de luz o una vaca rumiante. Me rebelé ante cada vidriera muerta, ante cada letrero que me ponía cara de póker. Anduve suelto, pero también es cierto que añoré sonidos y voces ausentes. Sin embargo, concebí bastante en serio la idea de que todo no era más que un equilibrio de faltas y sobras, y que mis piernas trabajarían para que yo no me hundiese con éxito en esa pasta inestable. Porque esas voces en realidad habrían neutralizado la redonda y pequeña ciudad de tumbas agradables y ya no habría tal equilibrio, tal imparable ruido de olas que llegaba hasta la calle principal, hasta cada médano y hasta cada baño en que me metía.
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5) Hasta compré el diario y me divirtió que todos esos titulares vinieran de tan lejos y pareciesen tan irreales aquí, en este globo de aire impasible. Aire a veces en movimiento y sin ganas de que lo nombren con voz humana. Sin embargo, en el vacío hotel de enfrente y en el kiosco de mi cuadra había algo que ya empezaba a hacer juego con mis pasos grises y mi aliento a café instantáneo. Fui a caminar por los mismos lugares del sábado, es que a la mayoría los recordaba. Pasé por un puentecito y me divirtió la posibilidad de que ahí tuviese lugar un amor genial. Pero no era ésta una tierra de genios ni de grandes poetas. Sin embargo, ese puentecito sin amor estaba y estaba, firme y real. Y ese domingo sería yo quien lo pisara.
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6) Desde la terraza pude ver mejor que a la pequeña ciudad le daba igual que yo estuviese o no mirándola. Incluso parecía estorbarle porque llegaba hasta mí un viento que era un espanto. ¿Cómo seguir, cuando uno al fin ha comprendido que arrojarse desde una terraza no significa, para el mundo, más que un rápido y seco ruido sobre la vereda que está abajo? Me apoyé en la baranda y miré unos pájaros, mientras ponía especial atención en los ruidos. Una pala, luego un motor, luego otro motor, y del fondo venía la respiración de las olas. Cada elemento jugaba su propio duelo con el viento feroz: comprendí que nada de todo aquello podía servir a mis viejos propósitos. Nada era especialmente amargo o marrón, nada ocultaba ningún misterio. Desde allá arriba, la cantidad de terrazas se multiplicaban y a cualquiera podría yo haberme subido; sin embargo, era ésa la terraza que por algún claro designio iba a entrar en esta historia. A su vez, fue más fácil dejar que todo desfilara y se ordenara sólo, a su capricho. Fue natural que entonces todo acabara en una risa que se unió al resto de los pocos ruidos.