Al fin
A eso de los veinte ya tenés una buena edad como para saber que tenés que entrar ahi, al gran edificio de papeles y zapatos, de números y sellos, de piso con baldosas rojas y amarillas dispuestas en forma de tablero de damas. Es bien temprano, entrás, contigo se cuela una brisa mínima de mañana, una frescura que rápidamente es reducida por la sustancia inmóvil que allí hace las veces de aire. Oís que lloran dos o tres bebés. Un policía bonachón te advierte que hay que sacar número. Y que a esa hora, imposible sentarse, joven mozo. Por eso permanecés de pie; un papelito con tu número se aferra heroicamente a tu mano izquierda porque por nada del mundo querría perderte. Él es tu número aunque tú a la vez eres su joven. Tu número y vos irán juntos a partir de ahora, aunque en realidad no irán a ningún lado. El papelito aguardará que una voz sin cuerpo lo llame y que tu mano lo arrastre consigo. Al menos, eso es lo que te han dicho que sucederá. La espera, la voz, el mostrador. Allí - te han asegurado - será un breve intercambio de papeles, sobrarán las palabras. Luego al fin podrás irte por una puerta que quedará yendo para no sabés dónde - lógico, aún sos nuevo en la gran sala. Pero allí dentro te indicarán con precisión - te han tranquilizado.
De modo que será sólo un tramite: te lo respirás con filosofía. Así es como el tiempo y los números empiezan a pasar: pasa un rato, luego pasa otro, crecés, ciento ochenta y nueve, las rodillas empiezan a pesarte y dan su mejor chillido egoísta, de cuando en cuando caminás inquieto, aunque luego conjeturás que acabarás cansado y que es mejor estarse quieto; crecés más, ya no de cuerpo pero sí de ojos y de manos, doscientos veintidós, pero aún sos joven, de modo que es tu deber mantenerte erguido y vital: los lindos asientos que se van liberando apreciarán más otros traseros, los más arrugados, nunca el tuyo. No te lo mereces tú, hombre de gran genio, sería un desperdicio. Así es como te mantenés firme y heroico, sos todo un Aquiles de salón. El numerito yace húmedo en la palma de tu mano porque toda ella ha sudado un poco. Tu cuerpo de hombre ya maduro, también. Trescientos dos. Suspirás y hasta se te ocurre odiar aquel edificio, que es como una catedral pero sin dios. Sin embargo, luego te mantenés estático, como el aire de la gran sala, y no tarda tu piel en sentir frío por el viejo sudor que tu camisa porta. Tu vieja idea de sentarte se tranforma ya en obsesión: odiarías a cada uno de los sentados, si no hubieses comprobado que son todos una manga de pobres viejecillos. Y tú aún eres hombre, por eso aguantas y cargas con tu número. El mostrador no llega. Cuatrocientos cuarenta y cuatro. No parece cerquita. Sin embargo, para esa altura la misión ya está viciada y confusa: ¿a qué has venido? ¿es el mostrador o el asiento lo que en verdad deseás con más fuerzas? Te preguntás qué será eso del mostrador y para qué estará: concebís improbable la concreta existencia de algún algo que reemplace al sonido "mostrador". Lo que querés es un asiento, y considerás con buen tino que ya estás más grande, que ya bastante han soportado tus rodillas. Tu numerito no sabe cómo confesarte que hasta a él le gustaría sentarse. Cuatrocientos novent… Armado de canas y un ceño bien fruncido, mirás a un joven mozo que recién ha entrado al edificio y ya se ha sentado en el último asiento en ser desocupado. Un geniecillo, sin dudas. Pero de todos modos, un insolente. Y ni siquiera carga con su número, el muy pajarón. Lo mirás con odio y luego con ansia: él esquiva tu súplica, pero luego cae, al fin, en la de todos; ha ido a buscar su número, siéntese señor hágame el favor y disculpemé, quinientos cincuenta, oh gracias joven mozo; y al fin te sientas, eso sí, a dos o tres números de que te toque el tuyo, pero qué más da, el tiempo no ha sido en vano, has sido un buen soldado, al fin eres viejo, viejo tranquilo y perezoso, al fin eres viejo y puedes sentarte.

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