¿Quién es quién, abuelo?
Antes éramos nosotros los que teníamos razón. Decíamos que fumar estaba mal y todos asentían, incluso los fumadores más orgullosos. Hoy ya no es así, hoy es todo lo contrario, hoy estoy solo: aquella tierna primera persona del plural sólo sirve para ejercitar mi nostalgia.
Se trató de un tiempo que yo no viví. Me lo contó mi abuelo. Fue obvio ¡claro! que el hábito del tabaco ¿es, era? nocivo para el cuerpo y el alma. Hasta tuvimos las leyes de nuestro lado. El Estado prohibía que se fumase en lugares públicos y el aire aún se podía respirar. Nuestro pecho se hinchaba de ideales y blancura. Fue un tiempo que yo no viví, claro, pero lo presiento en mis sueños despiertos: ¿no somos siempre cada uno de nosotros, acaso, una prolongación más o menos lograda del alma de nuestros grandes antepasados? Déjenme esa torpe ilusión. Un abuelo mío llenó mi niñez de sus viejas vivencias, libres del humo fatídico; mis padres ocuparon un tiempo histórico de transición y poco tuvieron para contarme; para mí, para los de la especie de mi abuelo, hoy todo ya está perdido.
¡La soledad turba mi buen criterio, abuelo! ¿Podrá un solitario tener la verdad y que todos los demás...? Lo único que hago es sentir mi propio malestar y de allí deduzco que mi anhelo de pulmones limpios está en lo cierto.
El viraje del tiempo fue lento pero seguro; hoy sólo respiramos sus últimas consecuencias. Un día, fumadores de toda cepa -ricos y pobres, cultos e incautos- se alzaron en bronca contra un gobierno que no supo a qué atenerse. Mi abuelo nunca pudo precisarme cuántos eran. "La plaza de llenó de chimeneas con sombrero" solía decir, con el mismo espanto de un chico que dice haber visto al cuco. Como solución o mecanismo de defensa, el gobierno fue lentamente aboliendo las leyes, los impuestos, los cartelitos en los bares. Para el tiempo en que nací, mi triste abuelo tuvo que presenciar cómo cualquiera fumaba en cualquier lado. Sólo él y unos pocos más aún mantenían la mirada pura y fija en alguna gran montaña. Más fácil era que la nicotina corriese por las infinitas venas de la ciudad y que todos fuesen ya como una gran bola espesa y olorosa.
Mi abuelo murió de tristeza y, bien mirado, tuvo suerte. Su espanto no tendría fin si presenciase que hoy la ley es al revés, que hoy el que no fuma no es, que hoy hasta en los subtes y los jardines maternales hay carteles que obligan a los hombres a fumar. ¿Habrá alguien allá afuera, ridículo, que aún resista? Uno acaba recluido en su casa, las ventanas cerradas, perdiendo todo contacto con los de su vieja y dorada especie. Defendimos la salud y la gracia de los músculos y la mente, creímos en la humanidad, pero ahora soy sólo un joven que escribe sobre el pasado. Para colmo, ellos también se declaran humanos y fuman. ¿Quién es quién, abuelo? En los museos o en esta casa la humanidad brilla por su ausencia. Y afuera, mal que nos pese, las toses y los gritos han ocupado todas las cátedras.

2 Comments:
qué ganas de fumar
Hermoso, me encantó!
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